5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Cultural | Edición:

Al paso de la luz

Publicado en web el 28 de Febrero, 2009

Primero lucieron en la ladera, en la loma, a la bajada del río. Era como un juego de coronas reales, o como un campo de guerra erizado de puñales temblando en el aire.

Venían los vientos y se alejaban luego por no espinarse, por no lastimar su suavidad sedosa en los aguijones hirientes que levantaba con valentía la magueyera.

Pero la ufanía de aquellos días de sol y lluvia, aquella fiesta de nubes, aquel toque de colores al paso de las estaciones, se ha convertido en el hacinamiento de la estampa.

Ahora son como monstruos desollados sin forma ni figura, como el maderamen de un naufragio tirado en doloroso silencio, en la impotencia que ha vencido la arrogancia.

Pero este montón de agaves, luego de ser despojados de sus pencas, están dispuestos a mostrar su fuerza invencible, la tempestuosa savia que llevan en la entraña.

Ese jugo misterioso sabrá dar su vigor y fuerza, principio de una cierta bebida que en moderación y tino, constituye uno de los más grandes honores de nuestro pueblo.

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