Para meditar en la Cuaresma Nunca dejemos de confiar en el Buen Dios
Publicado en web el 28 de Febrero, 2009
El bautizado, enriquecido por la misericordia de Dios, se convierte en señal de esperanza para el mundo
Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
Puede, un hijo de Dios, en ocasiones tener una sensación de inseguridad por circunstancias personales, familiares, laborales… O escuchar tantas opiniones diferentes, que no sabe cómo disipar sus dudas. Puede experimentar, en cualquier momento, el síndrome de un cansancio motivado por tener que realizar un trabajo, del cual no se aprecian resultados rápidos y eficaces: “Toda la noche trabajamos, y nada hemos conseguido” (Lc 5,5).
Asimismo, al discípulo de Cristo le pueden doler las promesas incumplidas, la mentira hecha hábito, la permanente simulación. En fin, le falta la fortaleza interior que aporta la confianza en la presencia y en la acción del Espíritu Santo.
Oportunidad idónea
Hoy, al iniciarse el tiempo de Cuaresma, quienes profesamos la fe cristiana, recordemos que Cristo confía en nosotros y desea verse correspondido. La oración, el ayuno y la limosna serán la expresión de nuestra confianza en el Poder y en la Bondad de Cristo Jesús. ¿Acaso tendría sentido orar, ayunar y compartir si falta la confianza en Dios? “Si oramos, es porque confiamos; si ayunamos, es porque confiamos; si damos, es porque confiamos… Nunca dejemos de confiar en el Buen Dios” (Santo Cura de Ars).
La Cuaresma no tiene por qué ser tiempo de agobio o abatimiento, sino de confianza en la gracia de Dios que, tocándonos, nos mueva a convertirnos; a tener un vivo y dilatado encuentro con el Resucitado.
La conversión y la confianza en Dios, que van de la mano, nos ayudarán a permanecer en los principios y, sobre todo, fieles a la Persona del Redentor.
Pese a las adversidades…
Por otra parte, no debe empequeñecernos un ambiente, por momentos hostil a la vida cristiana. Bien sabemos, porque lo creemos, que el Bien se impondrá no obstante el duro ataque del Mal, que toca y hiere a tantas personas y comunidades. La esperanza nos asegura que Cristo vive y triunfa.
No vivamos sin confianza, desesperados, como si Dios no existiera. Podrán ser fuertes y graves las pruebas y tribulaciones, pero no hemos de sentirnos vencidos o derrotados. Hay que mantener el corazón muy unido al de Cristo. “Orar, ayunar y dar limosna es invocar la asistencia de Cristo, por intercesión de la Virgen María” (Beato Miguel Rúa).
De ninguna manera la Cuaresma debe ser invitación a la pasividad; más bien, siguiendo las enseñanzas del Papa Benedicto XVI, debe traducirse en esfuerzo personal y colectivo, en trabajo solidario en procura del bien común, en la consolidación de la familia y de tantas instituciones que fomentan el integral desarrollo de la persona y de la comunidad.
Que nunca nos venza la nostalgia, sino que nos anime y motive la alegría del Resucitado, a cuyo encuentro nos encaminaremos, sin duda, en esta Cuaresma: “Nuestros días también son tiempo de Dios” (Cardenal Carlos Amigo).
Introspección y gozo
Cuaresma es tiempo de silencio y reflexión, de diálogo y de oración, de acercarnos al hombre y a Dios. Cuaresma es volver sobre nosotros mismos a la espera del encuentro con Cristo glorioso. Nada mejor para gozar y aprovechar la Pascua, triunfo glorioso de Cristo, que el vivir piadosa y confiadamente la Cuaresma.
San Agustín afirma que la desesperanza es lo que más sumerge a los hombres en la costumbre de pecar: “Para que los hombres no viviesen peor por la desesperación, Dios prometió el puerto del perdón, nacido del más puro y santo amor”.
Así pues, advirtamos que el remedio para tantos males se encuentra en la humilde y sencilla confianza en Dios, don que alcanzaremos de lo Alto por la intercesión de María Virgen, San José y todos los Santos.
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