26 de Octubre de 2014
Año XII
No. 925
| Varios | Edición:

Tratado de Letrán: 1929-2009 Relaciones Iglesia-Estado en el devenir de México

Publicado en web el 28 de febrero, 2009

 

Todo hombre es libre para profesar la creencia religiosa que más le agrade (o convenza) y para practicar las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, siempre que no constituyan un delito o falta, penados por la Ley. El Congreso no puede dictar leyes que establezcan o prohíban religión alguna. Los actos religiosos de culto público se celebrarán ordinariamente en los Templos. Los que extraordinariamente se celebren fuera de éstos, se sujetarán a la Ley reglamentaria” Artículo 24° Constitucional.

 

 

 

 

 

 

 

Dr. Alberto Gutiérrez T. Formoso

 

Históricamente, en el devenir de México, las relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado han sido complejas y han dado origen a injerencias de ambas partes; así hay que concederlo. El reciente 11 de Febrero se conmemoraron los 80 años de la firma del Tratado de Letrán (o Pactos) entre el Reino de Italia (ya unificado en el Siglo XIX con las luchas libertarias de Garibaldi), y su Gobierno representado por Benito Mussolini en cuanto Primer Ministro (¡qué ironía para el Duce…!) y el Estado Vaticano (Santa Sede), representado por el Cardenal Gasparri en cuanto Secretario de Estado, durante el pontificado de Pío XI, Aquiles Ratti, de feliz memoria por muchas razones. Tal conmemoración nos da base para comentar, aunque brevemente, las relaciones Iglesia-Estado en México, en estos dos siglos de soberanía nacional.

 

El transitar histórico en el México libre y soberano

*Ya a partir de la Consumación de la Independencia (1821), las relaciones de la Santa Sede con México quedaron en suspenso, en tanto El Vaticano no reconociese formalmente la soberanía de la nueva Nación Mexicana.

Transcurrieron los pontificados de Pío VII, León XII y Pío VIII, quienes no reconocieron a México, por presiones de España. Más aún, León XII hasta publicó la Encíclica

“Etsi iam diu”  (“mientras tanto”…), en la cual hablaba de “fidelidad a Fernando VII…”(¡). No fue sino el Papa Gregorio XVI quien dio indicios de que “recibiría gustoso a cualquier comisionado mexicano…” y abrió así el cauce para un futuro reconocimiento.

Desde ese entonces se sucedieron varios “enviados extraordinarios y aun ministros plenipotenciarios” mexicanos en Roma. Hasta que por fin, el 5 de diciembre de 1836, se entregó la Nota Oficial del Reconocimiento de México, y se recibió diplomáticamente, el día 9, al señor Díez de Bonilla como representante oficial mexicano; aunque quedaban puntos muy importantes por precisar, como el urgente nombramiento de Obispos para las “sedes vacantes” o sin Pastor.

* México atravesaba, por aquellas décadas, tiempos bastante convulsos, y por ende fue hasta 1851 cuando el hoy Beato Papa Pío IX envió a Monseñor Clementi como su Primer Representante Pontificio, mismo al que pocos años después expulsaría de nuestro territorio el Presidente Benito Juárez García.

No volvió a plantearse ya la posibilidad de formalizar ningún “Concordato” o convenio diplomático entre las partes.

 

Las etapas ulteriores de México y el Vaticano

*Sobrevinieron décadas de muchos sobresaltos, tanto en México como en el Reino de Italia y en la misma Sede Apostólica. El Vaticano, como sabemos, había perdido definitivamente los Estados Pontificios en pro de la Unidad de Italia. Y desde el largo pontificado de Pío IX, a la mitad del Siglo XIX, él mismo y los Papas subsecuentes se autonombraron “prisioneros” dentro de los límites de la Basílica de San Pedro.

México, entretanto, viviría la Reforma, la Intervención Francesa, la República Restaurada, el Juarismo y el largo Porfiriato. Vendrían, además, ya en el Siglo XX, los tiempos sacudidos de la Revolución, el radicalismo de sus caudillos y hasta el intento de fundar una “iglesia mexicana” con su tristemente célebre “patriarca” Pérez. Como remate, estallaría la persecución callista y las expulsiones de muchos Obispos y del Representante del Vaticano, dando lugar a que se escribiese la Gesta de “La Cristiada” y su cauda de Santos Mártires y sus implicaciones políticas.

Obligada memoria de esos años, fueron, por supuesto, las nulas relaciones diplomáticas.

* Sin embargo, las aguas se calmaron después de los todavía discutidos “Acuerdos” de 1929 entre el Gobierno, el Delegado Apostólico y el Episcopado. Ya con Manuel Ávila Camacho en la Presidencia de la República (1940-46) hubo pláticas del Gobierno con el memorable Don Luis María Martínez, Arzobispo de México, de muchísimo tacto y cordialidad.

En esa tesitura, empezaron a presentarse, sucesivamente, Delegados papales como Monseñor Piani, de grande prudencia, y otros, cuyas gestiones fueron controversiales. Finalmente, durante el Gobierno de Gustavo Díaz Ordaz se enviaron a Roma,

“ad casum”, representantes personales ante el Papa Juan XXIII; uno de ellos fue el Doctor Ernesto, hermano del Presidente, hasta que se “restauraron” (eso dicen los historiadores que poco tratan estos sucesos, y menos los del final del Siglo XX) las relaciones diplomáticas con el Estado Vaticano en sí. Eran ya los tiempos de Salinas de Gortari.

A raíz de ello ( 1992-93), se modificaron los Artículos Constitucionales 3°, 5°,24°, 27° y el 130°, y se promulgó en el Diario Oficial la “Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público” el 15 de julio 1992, hoy vigente.

México nombró oficialmente a los primeros Embajadores ante la Santa Sede; algunos de ellos sin ningún “currículo” diplomático ni tampoco juicio eclesial.

Es evidente que las cinco visitas oficiales de S.S. Juan Pablo II a México y a la Morenita del Tepeyac, rompieron todo molde de “relaciones diplomáticas oficiales” y entraron al terreno del santo Pastor que vela por su grey; mas él se ganó todos los corazones…además de que supo limar asperezas y suspicacias ideológicas.

—-Hoy vivimos, (tal vez con voluntarismo histórico) un sano pluralismo religioso, de respeto y libertad. Ejemplo reciente fue la celebración del Encuentro Mundial de las Familias, durante el cual fue palpable la presencia y tacto diplomático del Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano, y sus inteligentes y respetuosas intervenciones. Subsisten, cierto, las tensiones que los casos particulares suscitan y las “tolvaneras” exageradas de añejos radicalismos. En el fondo, se respetan los principios cívicos constitucionales y también la libertad religiosa. Nos falta mucho por aprender de la Historia, y madurar; es cierto también.

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