5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Varios | Edición:

“La debilidad es mi fuerza”: El Misterio Pascual en San Pablo

Publicado en web el 12 de Abril, 2009

 

 

Hna. Hermelinda Pérez Cruz

Hijas de San Pablo

Este tiempo Litúrgico que vivimos se ha prestado para meditar sobre el Misterio Pascual; primero sobre la Pasión y Muerte, y hoy sobre la Resurrección de Jesús, que a cada cristiano le significa tiempo para reflexionar, para meditar, para convertirse, para asimilar cuestiones inexplicables, ya sean de sufrimiento, de dolor, e incluso de alegrías de nuestra vida, puesto que cada acontecimiento tiene una razón de ser en nuestra existencia. De esta manera, cada persona vive su propia experiencia Pascual.

En los escritos de San Pablo vemos reflejados continuamente estos Misterios y la fuerza con que manifiesta la diferencia entre la impotencia humana y la fuerza divina.

Con palabras impetuosas hace ver que todo lo recibido ha sido por gratuidad de Dios, para no vanagloriarse y atribuirse lo que no corresponde al esfuerzo humano.

Pablo sabe que todo lo que tiene le ha venido de Aquél que lo llamó, y le responde con plena fidelidad; sabe que Él le sostiene y le da fuerza en los momentos de flaqueza.

También sabe que es estúpido el orgullo de los que se creen sabios, fuertes; que creen que merecen alabanza, y les dice: ¿Qué tienes que no hayas recibido? (1 Cor 4,7).

Parece ilógico, en cuanto que se complace en sus debilidades, manifestar las humillaciones por las que tiene que pasar a causa del Evangelio; es más, las enumera y se hace llamar, junto con los que como él dan su vida: “los últimos”, “los condenados a muerte”, “el espectáculo para el mundo”, “los locos”, “la basura del mundo”, “el desecho de todos”… (Cf. 1 Cor 4,9 – 13).

Mas, siempre su intención era hacer que aquellas comunidades primitivas entendieran que en la simplicidad de la vida radica la grandeza; que las ironías de la vida están sujetas al poder del mundo, mientras que la verdadera grandeza consiste siempre en la simplicidad de confiar plenamente en Dios, incluso cuando se cree perderlo todo. (Cf. 2 Cor 1,8-9).

 

La experiencia del fracaso

 

Al manifestar Pablo muchas de sus experiencias vividas, no se sujetó a puras razones elevadas; a demostrar cuánto Dios podía hacer en él; a enumerar sus viajes con presunción o a debatir con los de su tiempo para llamar la atención; no, eso no nos ha dejado San Pablo.

Él no duda en hablar de sus fracasos, y es admirable descubrir cómo hizo para continuar predicando aun con temor, dudoso y vacilante. Esto es muy claro cuando leemos los Hechos de los Apóstoles 17, 16 y siguientes.

Por eso nos dice: Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros. Nos acosan por todas partes, pero no estamos aplastados; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no estamos abandonados; nos derriban, pero no nos aniquilan. Y continúa afirmando: Por todas partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros, mientras vivimos, estamos siempre expuestos a la muerte, por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra naturaleza mortal. De modo que en nosotros actúa la muerte, y en ustedes, en cambio, la vida (2 Cor 4,7-12).

San Pablo nos hace ver que, así como Cristo en la Cruz nos revela la gloria y el poder de Dios, así nosotros, en nuestra pobre humanidad, nos unimos a la Cruz de Cristo y nos liberamos de lo que nos llega a atar, para dar sentido a nuestro ser exterior e interior. Es decir, que mientras exteriormente es posible que nuestro ser se arruine, interiormente demos vida al ser interior y le renovemos continuamente, aunque parezca ilógico (2 Cor 4,16).

 

“Te basta mi gracia”

 

Con todo, vemos cómo, a pesar de las tribulaciones, de las persecuciones, de la ingratitud y toda anomalía, aquellos hombres como San Pablo, y mujeres, (aunque no estén mencionadas) que a lo largo de la historia se han mostrado frágiles y débiles, han tenido gran éxito en su apostolado, han sido como ese incienso que se eleva a Dios Padre y vuelve a la tierra a esparcirse.

Por eso ahora, en nuestro tiempo, no podemos quedarnos atrás y debemos contemplar cómo, a nuestro alrededor, siguen vigentes las palabras aquellas: “Te basta mi gracia”. Y sin duda, el testimonio de hombres y mujeres que se esfuerzan por luchar, por dar esos pasos a lo que puede parecer encaminan a la muerte, sí, pero para caminar a una vida nueva, a la Resurrección.

 

 

 

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