5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Cultural | Edición:

Al paso de la luz

Publicado en web el 3 de Abril, 2009

Por: Esegé |

Espérenme, señores, déjenme sólo entresalir de estas lianas, librar este denso follaje esculpido en guías y rollizas hojas, labradas en noble cantera de color de rosa.
Estos artesanos soñadores, devotos hombres, escoplo y gubia, martillo y cincel, estuvieron rodeándome de este tan tupido follaje con que forjaron mi gran hornacina.
Mi libro en la mano y los versículos, las consideraciones, las enseñanzas que corresponden, como en mi caso, a todos los que fuimos llamados Padres de la Iglesia.
En la compuesta y maravillosa fachada de la Catedral de Zacatecas pusieron, palmo a palmo, un cortejo de Doctores, Confesores, hombres de letra y estudio en cuestiones de fe.
Yo tengo mi libro donde he ido anotando la Doctrina que salva, el celeste impulso con capacidad de hacer de cada hombre un ángel, un ser humano en visión de eternidad.
Quiero comunicar mis enseñanzas, pero estas guirnaldas de piedra, estos ramos en flor, me turban y me ponen, más bien, a contemplar la tarde desde este florido jardín.

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