5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Cultural | Edición:

Al paso de la luz

Publicado en web el 19 de Abril, 2009

 

Por Esegé

 

De aquella montaña donde la vegetación entreteje matices que ponen a jugar en tono jubiloso todos los tonos del verde, con una salmodia que junta el suelo con el cielo…

De aquella montaña viene la luz; desde allá tiende la tarde rosicleres de oro y carmín, que vienen dando brincos en la luz que tiembla en las piedras de la calle.

Un atardecer que acaricia blandamente, que besa el jardín, se mete entre las rejas, burla el portón central de la vivienda, que pertenece sin duda a un señor importante.

¿Pero habrá quién sea más importante que la tarde? ¿Habrá alguien en verdad importante si no vive la emoción y el encanto de esta tarde con sus torrentes de luz?

El ser humano ama la luz, no puede vivir en sombras; no puede dejar pasar el embrujo de los caudales de luz que el sol está tendiendo arriba de este emparrado.

En la vida y en la muerte, todos los sentimientos del hombre buscan, quieren, suspiran por resplandores de luz. Dicen que Goethe, en su agonía, clamaba: luz, más luz.

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