La formación en el Seminario – Reto: Moldear la figura de otro Cristo
Publicado en web el 12 de Abril, 2009
La formación de los seminaristas (futuros sacerdotes) tiene varios ámbitos, que convergen en cada uno de ellos; éstos son: Humano, espiritual y cultural
Rodolfo Rodríguez Leyva, Tercero de Teología
l ámbito humano. El seminarista o el sacerdote, por serlo, no renuncian a su condición de seres humanos, sino al contrario, deben de intensificar su humanismo en todos los aspectos, creando, entre otras cosas, fuertes vínculos de relación y amistad, en primer lugar con Cristo, y luego con el resto de sus semejantes. Deben ser hombres de Dios, en medio de los hombres.
De ahí, pues, la importancia de ir formándose en este aspecto; de sentir que el Seminario es como el hogar, donde se fomenten relaciones familiares, llenas de calidez humana, y que éstas queden marcadas como una manera plena de vivir la vocación.
La vida del espíritu
En lo que se refiere al ámbito de la espiritualidad, hay que tener en cuenta la necesidad de intensificar el compromiso adquirido en el llamado, mediante la oración. Y es que, por una parte, a través de la cercanía con Dios se puede conocer más fácilmente su voluntad y fortalecer la propia para someterla a aquéllo que el Señor tenga predeterminado en cada momento de la vida presente y futura.
Por otra parte, también mediante la oración, crece la confianza en un Dios que proporciona seguridad, que ofrece el amor y la tibieza del regazo paterno.
Amplios conocimientos
Y en cuanto al ámbito cultural, cabe señalar que tras el largo e imprescindible itinerario formativo del Seminario en aspectos intelectuales y de cultivo del espíritu, los nuevos sacerdotes serán enviados como agentes transformadores de la cultura, principalmente en lo referente a mostrar una ejemplar caridad cristiana, en aquellos lugares donde sean destinados a ejercer su labor como ministros de Cristo y de su Iglesia, para que así cada uno de ellos pueda ser visto por sus fieles como un auténtico “
Alter Christus” (otro Cristo).
Deberán entender y atender los signos de los tiempos, que exigen apertura e inteligencia para diversificar sus conocimientos y sintonizar mejor con sus ovejas, teniendo como premisa seguir el ejemplo del Buen Pastor.
La ruta segura
El seguimiento de Cristo es fácil; mas, al mismo tiempo, difícil. Su punto de partida es la vocación (del latín
vocare = llamar). Este llamado a seguir a Cristo, a estar con Él, a llevarlo a los demás, puede recibirlo cualquier ser humano, y consta de tres tiempos: 1.- La llamada. 2.- La respuesta. 3.- La misión.
La primera es propia de la voluntad de Dios. Él habla y llama a aquéllos que quieran compartir su labor redentora, difundir su mensaje y ser instrumentos de su Gracia mediante la administración de los Sacramentos.
La respuesta a esa llamada de Dios es diversa, pues el hombre, pese al llamado, no pierde su libre albedrío y puede responder mezquinamente negándose, o puede también con valentía decir: “¡Sí!” al Señor, aunque esta afirmación estará siempre supeditada, en último término, a la Voluntad de Dios.
En cuanto a la misión, parte culminante de la vocación, consiste en el envío para ir a pregonar la Palabra y la Caridad de Cristo a todos los hombres.
Oportunidad a la vista
Este Tiempo Pascual es ideal para recordar que todos hemos sido llamados: A la vida, a la propia santidad y a la santificación de los demás. Lo único que el Señor Resucitado pide, es entrega; una entrega que consiste, esencialmente, en vivir a plenitud y sin fingimientos.
Quedó dicho antes que seguir a Cristo es fácil, porque cuando Dios pide algo, da los medios necesarios para realizarlo. Es como el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, porque el hombre llamado acerca sus pobres recursos humanos y los pone en manos de Cristo, y Él, por vía del milagro de su Gracia, puede multiplicarlos para hacer partícipes a todos y alimentar a multitudes.
Pero, igualmente, la dificultad de seguir a Cristo estriba en que a lo largo del llamado existen momentos de indecisión, de tentación, en que parecerá que se están desperdiciando tiempo, juventud y talento; es entonces cuando debe elevarse la mirada y recordar que aceptar la vocación significa pertenecer absolutamente a Jesús, teniendo el convencimiento pleno de que nada ni nadie puede romper un vínculo de verdadero amor y entrega a Cristo.
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