5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Varios | Edición:

LAS CRISIS BÍBLICAS: Pueblo de Dios, llamado a sortear divisiones

Publicado en web el 19 de Abril, 2009

“Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se ha desviado del camino que yo les había señalado; se han hecho un becerro de metal, y se postran ante él” Éxodo, 32,7

 

Mtra. Patricia Rábling

Sección de Pastoral Bíblica

 

a constituido como Pueblo de Dios, y habiendo aceptado libremente serlo, llevando como pastor a Moisés, leemos en nuestro texto bíblico que entra en crisis, se aleja de la Alianza. Es, aproximadamente, el año 1250 antes de Cristo. Siglos más tarde, nace el Estado de Israel con el Rey David, a quien sucede Salomón su hijo, y al morir éste, surge otro gravísimo problema: el pueblo se divide en dos; el gran cisma, político y religioso, rasgó la unidad.

Al Norte, Israel; al Sur, Judá. Después, en el año 721, cae el Norte en manos del poderoso pueblo Asirio. Siguen la opresión, la miseria, el exilio hacia un lugar extraño; ya no existe la valiosa libertad. Luego Judá, en el Sur, cae en 597 y vienen la primera deportación, la segunda y la tercera en 582, cuando los israelitas fueron llevados a un nuevo imperio, el de Babilonia, con Nabucodonosor como Rey.

 

Persiste la sujeción y esclavitud

 

El resultado de la toma definitiva: 50 fortalezas destruidas, 985 pueblos en ruinas, 580,000 combatientes muertos. Crisis causadas por la infidelidad, por alejarse de la Ley, por desobediencia. El judaísmo nacional desaparece; El Pueblo Elegido se dispersó por todos los confines del mundo, por 1813 años, hasta que en 1948 nace nuevamente el Estado de Israel. ¡Qué historia de dolor, de desgracia y de pérdidas!

 

nuestras crisis de hoy

 

Se ha dicho mucho que estamos inmersos en una crisis global económica, que nadie pudo antes imaginarse; pero, en realidad, la peor de las crisis que vivimos hoy es “la pérdida de nuestra espiritualidad.” Ésa es la que nos ha llevado a esta tremenda catástrofe. Perder el espíritu es perder lo que nos hace ser personas, lo que nos humaniza. Al perder los valores y los principios que necesitamos que nos rijan, caemos en la desgracia.

Todos los grandes imperios a través de la Historia cayeron por lo mismo. La moral antigua ha quedado diluida entre las filosofías de la pos-modernidad.

Nos hemos alejado del Árbol de la Vida, del Amor puro y divino. Así, la identidad se diluye entre las tormentas del poder, del tener y de la vanidad. ¡Urge redescubrir el antiguo orden!

 

¿cómo podemos recuperarnos?

 

Hay que volver a leer las Sagradas Escrituras, vivirlas, cumplirlas. Ellas, como una antorcha brillante, serán las que pueden iluminar el pensamiento del hombre caído; ser solidaridad contra tanto individualismo; buscar la recuperación de la belleza de la diversidad del ser humano. Ver en el otro, mi alteridad. Vivir la espiritualidad de las virtudes, lo mismo las teologales que las cardinales, para que orienten nuestra vidas. Así, el Reino estará entre nosotros.

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