Modelo de entrega: El hermano Basilio Rueda Guzman
Publicado en web el 18 de Abril, 2009
Un verdadero ejemplo de vida consagrada y de servicio incondicional al prójimo, lo constituye este Religioso, que todavía recientemente vivió entre nosotros. Y, pese a su sabiduría y a los elevados cargos que ocupó en su Comunidad, descolló más bien por su sencillez y humildad. Su Causa de Canonización corre los primeros trámites en la instancia diocesana de Guadalajara, pero va muy avanzada
José Flores García, FMS
Hermanos Maristas de la Enseñanza
n un mundo dominado por el materialismo, el individualismo, el hedonismo y la falta de solidaridad, donde los valores de la Iglesia Católica se ponen en tela de juicio, necesitamos modelos de santidad cercanos a nosotros, que manifiesten, con su vida, que es posible ser santo a pesar del ambiente adverso a todo lo espiritual. Debemos proclamar con nuestra conducta que Jesucristo es, hoy y siempre, el centro de nuestra vida, capaz de colmar plenamente las aspiraciones de cualquier ser humano de buena voluntad.
El Hermano Basilio Rueda Guzmán fue una alabanza viva a Dios y un himno constante a la obra de sus manos. Su unión con Dios rompió los moldes del activismo desbordante que nos invade, y se proyectó al servicio de sus semejantes, a pesar del egoísmo reinante. Su vida espiritual fue un itinerario de progresiva entrega al Padre Dios y a sus hijos, en los difíciles momentos que siguieron al Concilio Vaticano II.
El germen de la vocación
Un día ya lejano, el joven Basilio Rueda sintió el llamado a ser Hermano Marista y decidió poner manos a la obra para lograrlo; eso, a pesar de las dificultades que sorteó para obtener el permiso de su padre, lo cual le costaría lágrimas y largos momentos de oración e insistencia ante la Santísima Virgen, a quien, desde su primera infancia, profesaba una singular devoción.
Lograda la venia de su papá, su vida tomó el rumbo de la santidad, a fin de lograr el ideal de San Marcelino Champagnat: “Hacerse Hermano es comprometerse a ser santo.” Así pues, Basilio tomó muy en serio este consejo y se esforzaría a lo largo de toda su vida para hacerlo realidad. Para ello, Dios le concedió la gracia de encontrar, desde sus primeros años de vida religiosa, a un excelente Director Espiritual en uno de los Capellanes de la Casa de Formación en la Ciudad de Querétaro, en donde iniciara su formación profesional.
Su gran amor a Jesucristo
El Hermano Basilio, de acuerdo con su Director Espiritual, llevaba escritas en una libretita sus promesas de superarse en el camino de la santidad.
En esos apuntes pueden leerse, por ejemplo, sus anhelos de santificación, como el siguiente: “Quiero que mi vida sea un grito de amor hacia Ti, Señor, que eres mi Todo. Que mi ser entero te diga: Señor, quiero vivir para Ti porque te amo, porque eres infinitamente amable, porque eres inmensamente digno de amor. Haz que comprenda plenamente ese amor, para amarte más y más. Jesús, llévame hasta donde fueron tus santos, aunque ello signifique inmolación, humillación y pobreza; en una palabra: dolor y cruz. Aduéñate de mí, enciéndeme en tu amor.”
En una entrevista que le hicieron para una revista de Vida Religiosa, el Hermano Basilio expresó: “Un día descubrí que Dios nos hizo palpable su amor en la Persona de su Hijo, y que Jesucristo es el ósculo de amor y de ternura que nos da el Padre… ese día sentí que Jesús se dirigía a mí de modo particular, al hacerme experimentar las excelencias del Evangelio.”
Testimonios
y vivencias
Cuando trabajaba en “El Movimiento por un Mundo Mejor”, en la Ciudad de Quito, Ecuador, algunas de las Hermanas de la Congregación del Buen Pastor que atendían al equipo coordinador, recuerdan que “antes del amanecer, ya estaba el Hermano Basilio en la capilla, donde permanecía horas rezando ante Jesús y María. La presencia de Dios en su vida era su mayor riqueza, y se percibía en el trato con las personas, sin importar su credo ni posición social. Fue un hombre de Dios, discípulo total de Jesucristo, enamorado del Evangelio”. Un día, a un grupo de jóvenes les dijo: “Vale la pena vivir para un ideal, y no hay ideal más apasionante que Jesucristo.”
En un Retiro Espiritual de su Año Sabático, después de haber sido Superior General de los Hermanos Maristas durante 18 años, escribía en su libreta de apuntes: “El Señor me regala con una de las meditaciones más bellas de mi vida. Es una gracia inefable. Raudales no sólo de afecto y amor brotan de cada versículo, sino de luz; de luz como nunca había recibido en mi vida. Capto la llamada como un acto de ternura de Cristo. Pero no para acapararme para sí, sino para enviarme al corazón de los hombres y a los rincones del mundo. Capto ahora el sentido exigente de mi consagración y de vivir el precio de manera recíproca con el Señor.”
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