5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

A propósito del Centenario: El camino a la Revolución

Publicado en web el 24 de Mayo, 2009

 

Comisión Editorial para el Bicentenario

 

¿Cuáles fueron las causas reales de la Revolución Mexicana? Este tipo de preguntas ya no pueden resolverse dando el nombre de un líder o las causas que éste o sus primeros seguidores expusieron.

Los actuales historiadores, herederos de los grandes avances que el estudio de la Historia tuvo en el pasado siglo, nos dicen que la explicación de los hechos históricos debe buscarse en muchas causas y en diversos momentos de la vida social; estos antecedentes son los que favorecen el que un determinado líder, en el momento propicio, pueda levantar un país en armas. Por lo mismo, las causas de la Revolución Mexicana no pueden explicarse reduciéndolas solamente a la actuación del personaje Francisco I. Madero González y al ideario por él propuesto.

En esta búsqueda amplia de los factores que van favoreciendo el que un determinado acontecimiento ocurra, hoy en día la mayor parte de los historiadores de la Revolución Mexicana afirma que este notable proceso puede explicarse tanto por la evolución misma de la Sociedad en todas sus formas y estructuras, como por las decisiones que en materia económica y política fue tomando el prolongado Gobierno de Porfirio Díaz Mori. Sin advertir o ignorando los efectos secundarios de tales decisiones, un tercer factor de permanente importancia ha sido la actuación de las potencias extranjeras.

Por lo mismo, para entender con más claridad la Revolución Mexicana, habría que analizar con mayor detenimiento la manera en que surge y se consolida el período inmediato anterior.

 

Del caos al orden forzado

 

Para entender qué significa vivir en el caos, se necesitaría tener más de cien años y muy buena memoria. Los ciudadanos del México actual, aunque hemos atravesado por diversas crisis, no sabemos lo que es estar encerrados en una ciudad sitiada por tropas cañoneando casas y edificios, ni hemos visto decenas de colgados en los árboles de un parque público, o gentes fusiladas, tiradas al pie de cualquier barda. Tampoco hemos visto caer a un Gobierno a punta de balazos ni cada veinte o cuarenta años, sino a cada rato. Ignoramos, asimismo, lo que es sufrir una hambruna general en que de pronto las tiendas y los mercados se quedan sin nada para ofrecer, y el poco alimento restante es arrebatado con violencia en motines populares. Escuelas y Universidades cerradas una y otra vez; jóvenes y adultos obligados a enrolarse en ejércitos de todo tipo y tendencia, en tanto que esposas y madres corrían angustiadas tras la tropa.

No debemos olvidar que ese fue el escenario cotidiano de México, con algunas breves treguas para que la Sociedad pudiese respirar, prácticamente desde la Consumación de la Independencia en 1821, y que solamente comenzó a equilibrarse la situación a partir de 1876; es decir, durante más de 55 años del Siglo XIX, México fue un permanente caos, del que salió a duras penas en la medida que se consolidó el gobierno de Porfirio Díaz, mismo que en sus orígenes era lo mejor que le podía pasar al país.

 

Los permanentes

intereses extranjeros

 

Podemos llamar “El tercer factor”, a la ingerencia que las potencias extranjeras han tenido en el desarrollo de todo país situado en desigualdad frente a esas naciones poderosas. Los países que por medio de cualquier recurso, honesto o deshonesto, se han convertido en potencias mundiales, siempre han buscado abusar de mil formas de quienes no lo han logrado; hasta puede decirse que buena parte de su bonanza se debe a la explotación que han ejercido o ejercen sobre los pueblos de menores recursos.

Cuando nacen las naciones iberoamericanas, independizándose de España, inmediatamente, tanto Estados Unidos como diversas potencias europeas comenzaron a desarrollar estrategias para beneficiarse de las grandes riquezas de los países emergentes, aprovechando su descontrol e inexperiencia de naciones apenas nacidas, y frecuentemente intervinieron decididos a mantenerlos en la inestabilidad para mejor servir a sus propios intereses. México no fue la excepción, sino incluso la primera víctima de estos manejos perversos.

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