Los Cuicos… tapatíos de cepa
Publicado en web el 17 de Mayo, 2009
Luis Sandoval Godoy
asaba la gente y se quedaba viendo a aquel apuesto gendarme, a veces en turno de día, a veces en horas de la noche, siempre gallardo, firme e impávido, como si estuviera hecho de una pieza.
Eran los días quietos de esta capital, y el vecindario, que no tenía temas de conversación o atracciones que le dejaran descansar de las modorras del tiempo, empezó a hablar y a hacer ponderaciones en torno a aquel guardia de notable figura.
Las gentes lo veían y cuchicheaban comentarios, Él, ni veía ni oía, según la disciplina policial que observaba con rigor. Esto, y sus desplantes, le habían merecido la distinción de que fue objeto por parte de sus superiores para encomendarle precisamente aquella vigilancia nada menos que en la esquina del Palacio de Gobierno.
Se podría afirmar que había en su ánimo una disimulada ufanía por la encomienda con que era distinguido: y más altivo y más firme presentaba aquel porte; también en su quepís bien puesto, en los mostachos afilados, el capote terciado con elegancia haciendo lucir la cenefa de felpa carmesí; lustrados los tacos y botines que hacían resaltar el pantalón bombacho, de paño de lana gris.
Dizque los ojos color de agua verde
Imposible tener de él ningún dato personal, nombre, familia. Así como recibía la guardia, así la entregaba al siguiente e iba a perderse en el zaguán hondo de la Inspección General de Policía, a una cuadra de la sede del Gobierno.
Por imaginarlo un personaje de nobles linajes, por decir que había venido acaso en alguno de los navíos que de cuando en cuando zarpaban por la Barra de la Navidad o por San Blas, quienes alguna vez pudieron acercarse y observar su mirada casi oculta en la charolada visera, dijeron que tenía los ojos zarcos, o mejor dicho, de un color de agua que pasa reflejando los colores del día.
Sin duda la jornada era agobiante; sin duda las horas pesaban bajo aquella inmovilidad de hierro. Y luego las noches atenaceadas por la alerta de los serenos que se iban avisando uno al otro las peripecias que podían surgir en las calles envueltas de penumbra, aunque salteada a brincos por el parpadeo de los faroles de gas colocados en algunos cruceros. Podía escucharse acaso el nervioso y agudo silbato de algún compañero que advertía desde una lejanía indefinida la acción de algún maleante, un violador de casas y doncellas que se atrevía en un ilícito.
Como el centinela que atisba la aurora
El centinela del Palacio, ahí. Tal vez en la madrugada podía sentir la carga de la noche, inquietarse en el lejano canto de los gallos: una alegría explicable porque ello le decía que estaba a punto de concluir la jornada. Y ya ha dicho el salmo cuánta y cuál es la ansiedad del centinela que atisba las luces de la aurora.
Éste era un policía del lejano ayer, apenas comparable con la mole adiposa, la ajustada vestimenta de los ventrudos policías de nuestro tiempo. Éste que aquí se dibuja corresponde a finales del siglo antepasado; aquéllos que vio en sus mocedades el Padre Don José Trinidad Laris, tan dado a registrar los datos, los haceres y decires de tiempos antiguos. Entró el Cronista en temas de especial interés, descripciones, historias, consejas, relación de vecinos de casi todas las calles de Guadalajara y de sus moradores, en aquella ciudad perdida en el trastumbar de los siglos.
Así anduvo el Pbro. D. Trinidad Laris hurgando entre papeles viejos, en archivos públicos y privados, para describir las calles de nuestra ciudad, según la serie publicada en la Revista Labor, de los Congregantes de San José de Gracia, y entre muchos interesantes y curiosos hallazgos pudo dar cuenta de la nomenclatura de casi todas las calles de nuestra ciudad, sus nombres de entonces y la razón por la cual fueron llamadas así.
Curioso nombre de antiguas calles
En esta relación de nombres antiguos nos quedaríamos en ayunas si en los trabajos de este investigador no hubiera él mismo aclarado a cuál de estas calles, en la nomenclatura actual, corresponden aquellas que nuestros muy antepasados, denominaron, por ejemplo, calle de la Alhóndiga o de las Olas Altas o de la Borrasca o de las Huertas o del Alacrán o del Chocolate o de Los Placeres o del Carrizal, etc. etc. etc.
Pero no siempre fueron aceptadas las informaciones históricas del Padre Laris. Se decía que dejaba a puertas abiertas correr su imaginación; que lo que no sabía o no podía imaginar, lo sacaba de su fantasía. Así, se decía que no podía tenerse confianza en lo que decía, que no había solidez ni una base documental en sus afirmaciones.
Él no se preocupaba: no oía, no atendía a las impugnaciones que a cada paso, en cada artículo, solían presentarle los eruditos.
Con todo, se ha de reconocer la tenacidad de este sacerdote en la búsqueda de datos acerca de la Guadalajara colonial; y sobre todo, el profundo amor, el cariño tan grande que tuvo por nuestra ciudad, y en prenda de ese cariño y de ese amor, todo lo que escribió y publicó con títulos como el de “Las Cosas Neogallegas”, o como el de “Guadalajara de Indias”, aunque muchos lectores se decían ante cada nuevo libro del Padre J. Trinidad Laris, ¿T.Laris?, ah, ya… ¡telares enmarañados y vacíos!
Todo esto viene con nosotros hasta la peregrina ocurrencia con que este autor da origen a la palabra “cuico,” que se tiene por muy tapatía, aquí nacida y de aquí hecha correr por algunas otras ciudades.
“Si el Señor no guarda la ciudad…”
En la esquina noreste del Palacio de Gobierno, hay escrito sobre pétreo paño del contrafuerte, entre nobles molduras, un versículo en latín, que dice: “
Nisi Dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam“. Es decir, ni policía ni guardia ni cuico ni polizonte podrán nada en última instancia, si antes no se cuenta con auxilio divino. Así se las gastaban los hombres del Gobierno de aquella lejanía.
Ahora bien, dice el Padre Laris, en el ángulo preciso de la esquina sureste quedaron divididas dos palabras que parecen una sola: “
Qui-cus“… y como siempre estuvo ahí aquel apuesto guardia delineado al principio en su rígida gallardía, pasó algún trasnochado, algún estudiante de chispa, un guasón de barrio que leyendo la palabra “cuicus” se la aplicara al noble centinela de aquel tiempo y desde ahí a sus congéneres actuales, aunque éstos tanto difieran de aquellos.Así de sencilla la explicación acerca del nombre que damos a nuestros policías; el nombre que se pretende haya venido desde los días de aquel apuesto gendarme, erguido y firme en su desplante, que nuestros mayores vieron por mucho tiempo comisionado en la esquina del Palacio.
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