Porción amada de la grey: Debemos orar siempre por los Sacerdotes
Publicado en web el 10 de Mayo, 2009
Por desgracia, nuestro tiempo es el primero en el cual el olvido de Dios se ha convertido, de hecho, en una convicción pacíficamente extendida y aceptada en la práctica por muchos, tanto jóvenes como adultos
Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
El número de los que afirman la no existencia de Dios no ha crecido mucho. Lo que sí crece constantemente es la cifra de católicos que viven como si Dios no existiera, sin sentirse bajo su mirada, sin la intención de conocer, respetar y cumplir su voluntad. Es lento el auge de la secularización, que espera, con urgencia, la evangelización nueva, que renueve la mente y el corazón de nuestra Sociedad, orientándola hacia Cristo, con credibilidad y ejemplaridad.
Tierra de misión
Es de conocer que son muchas las ocupaciones y preocupaciones que no permiten centrarse en Dios; pero también hay que advertir que la apatía y la negligencia frenan todo esfuerzo serio por anunciar a Cristo. En varios aspectos, Guadalajara es tierra de misión.
Con fraternal confianza les invito a escuchar, en el corazón de muchos, la bíblica expresión: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Por lo mismo, y atendiendo al reciente llamado del Papa Benedicto XVI, al anunciar un próximo Año Sacerdotal, les ruego no dejar de orar mucho, y siempre, por los sacerdotes.
Todo presbítero es fruto de la oración de Cristo y de cada bautizado, y se ve personal y pastoralmente robustecido con la oración del Pueblo Santo de Dios. Si oramos por los consagrados les ayudamos a ser maestros de oración y de vida evangélica. Si al eclesiástico le falta la oración, le falta todo. El sacerdote no debe ser privado de la oración, sea propia, sea de sus hermanos sacerdotes, sea del Pueblo de Dios. El presbítero debe orar si quiere ser santo; debe encomendar a sus hermanos en el ministerio, como un serio deber; el sacerdote debe ser sostenido por la oración de todos, porque él mismo está envuelto en debilidades y fragilidades.
Dirigiéndose a los sacerdotes, así hablaba el Papa de la sonrisa, Juan Pablo I: “Somos necesarios a los hombres, somos inmensamente necesarios, y no a medio servicio ni a medio tiempo, como si fuéramos sólo empleados. Somos necesarios como el que da testimonio, y despertamos en los otros la necesidad de dar testimonio. Y si alguna vez puede parecer que no somos necesarios, quiere decir que debemos comenzar a dar un testimonio más claro y convincente, y entonces nos percataremos de lo mucho que el mundo de hoy necesita de nuestro testimonio sacerdotal, de nuestro servicio, de nuestro sacerdocio” (9 de septiembre de 1978).
Honestos y veraces
Al orar por los sacerdotes, y al orar los sacerdotes por los sacerdotes, la comunión al interior de la Iglesia se ve robustecida. Así lo expresaba San Juan María Vianey: “Grande es la tristeza de la Iglesia cuando el sacerdote no ora ni se ora por los sacerdotes” (Santo Cura de Ars).
Con la oración alcanzamos de Cristo sacerdotes honestos y veraces, generosos en la entrega, alegres en el trato, disponibles a todo servicio, fuertes en las tentaciones, humildes en los logros, sinceros en sus flaquezas. De vida verdaderamente ejemplar y con un arraigado deseo de participar más de la santidad de Cristo, como lo escribió San Gregorio Magno. “Aquél que se acerque al sacerdote debe quedar condimentado con el sabor de la santidad, como la carne con el contacto con la sal”.
Los fieles, al orar por los sacerdotes, ruegan para que los ministros ordenados gocemos de una mayor intimidad con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Un buen sacerdote, hombre de virtud y de oración, es honrado y educado, limpio en sus sentimientos, recto en sus intenciones, compasivo, comprensivo y misericordioso.
Que no caigan en el olvido estas frases de San Pío de Pietrelcina: “Si todos los sacerdotes viviéramos conforme a la voluntad de Dios, el mundo sería muy distinto… Por desgracia, no faltan quienes, en vez de arrancar la cizaña, van acabando con el trigo”.
El Cardenal John Henry Newman no es menos contundente: “Escuchar y ver a un sacerdote habitualmente unido a Dios, es hoy el deseo de muchos fieles. Un sacerdote así, aportará el buen ejemplo, se alejará de toda ocasión de escándalo, se guardará de la excesiva familiaridad con algunas personas, hablará con prudencia y discreción. Su ejemplo, lleno de autenticidad, ayudará a muchos a elevar el alma a lo más puro, a lo más noble… a Dios” (3 de octubre de 1873).
En este mes de mayo, invoquemos la intercesión de María, Madre de los sacerdotes, por sus hijos predilectos: “El camino para llegar al Corazón de Jesús, es María Santísima” (Cardenal Newman).
El número de los que afirman la no existencia de Dios no ha crecido mucho. Lo que sí crece constantemente es la cifra de católicos que viven como si Dios no existiera, sin sentirse bajo su mirada, sin la intención de conocer, respetar y cumplir su voluntad. Es lento el auge de la secularización, que espera, con urgencia, la evangelización nueva, que renueve la mente y el corazón de nuestra Sociedad, orientándola hacia Cristo, con credibilidad y ejemplaridad.
Tierra de misión
Es de conocer que son muchas las ocupaciones y preocupaciones que no permiten centrarse en Dios; pero también hay que advertir que la apatía y la negligencia frenan todo esfuerzo serio por anunciar a Cristo. En varios aspectos, Guadalajara es tierra de misión.
Con fraternal confianza les invito a escuchar, en el corazón de muchos, la bíblica expresión: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Por lo mismo, y atendiendo al reciente llamado del Papa Benedicto XVI, al anunciar un próximo Año Sacerdotal, les ruego no dejar de orar mucho, y siempre, por los sacerdotes.
Todo presbítero es fruto de la oración de Cristo y de cada bautizado, y se ve personal y pastoralmente robustecido con la oración del Pueblo Santo de Dios. Si oramos por los consagrados les ayudamos a ser maestros de oración y de vida evangélica. Si al eclesiástico le falta la oración, le falta todo. El sacerdote no debe ser privado de la oración, sea propia, sea de sus hermanos sacerdotes, sea del Pueblo de Dios. El presbítero debe orar si quiere ser santo; debe encomendar a sus hermanos en el ministerio, como un serio deber; el sacerdote debe ser sostenido por la oración de todos, porque él mismo está envuelto en debilidades y fragilidades.
Dirigiéndose a los sacerdotes, así hablaba el Papa de la sonrisa, Juan Pablo I: “Somos necesarios a los hombres, somos inmensamente necesarios, y no a medio servicio ni a medio tiempo, como si fuéramos sólo empleados. Somos necesarios como el que da testimonio, y despertamos en los otros la necesidad de dar testimonio. Y si alguna vez puede parecer que no somos necesarios, quiere decir que debemos comenzar a dar un testimonio más claro y convincente, y entonces nos percataremos de lo mucho que el mundo de hoy necesita de nuestro testimonio sacerdotal, de nuestro servicio, de nuestro sacerdocio” (9 de septiembre de 1978).
Honestos y veraces
Al orar por los sacerdotes, y al orar los sacerdotes por los sacerdotes, la comunión al interior de la Iglesia se ve robustecida. Así lo expresaba San Juan María Vianey: “Grande es la tristeza de la Iglesia cuando el sacerdote no ora ni se ora por los sacerdotes” (Santo Cura de Ars).
Con la oración alcanzamos de Cristo sacerdotes honestos y veraces, generosos en la entrega, alegres en el trato, disponibles a todo servicio, fuertes en las tentaciones, humildes en los logros, sinceros en sus flaquezas. De vida verdaderamente ejemplar y con un arraigado deseo de participar más de la santidad de Cristo, como lo escribió San Gregorio Magno. “Aquél que se acerque al sacerdote debe quedar condimentado con el sabor de la santidad, como la carne con el contacto con la sal”.
Los fieles, al orar por los sacerdotes, ruegan para que los ministros ordenados gocemos de una mayor intimidad con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Un buen sacerdote, hombre de virtud y de oración, es honrado y educado, limpio en sus sentimientos, recto en sus intenciones, compasivo, comprensivo y misericordioso.
Que no caigan en el olvido estas frases de San Pío de Pietrelcina: “Si todos los sacerdotes viviéramos conforme a la voluntad de Dios, el mundo sería muy distinto… Por desgracia, no faltan quienes, en vez de arrancar la cizaña, van acabando con el trigo”.
El Cardenal John Henry Newman no es menos contundente: “Escuchar y ver a un sacerdote habitualmente unido a Dios, es hoy el deseo de muchos fieles. Un sacerdote así, aportará el buen ejemplo, se alejará de toda ocasión de escándalo, se guardará de la excesiva familiaridad con algunas personas, hablará con prudencia y discreción. Su ejemplo, lleno de autenticidad, ayudará a muchos a elevar el alma a lo más puro, a lo más noble… a Dios” (3 de octubre de 1873).
En este mes de mayo, invoquemos la intercesión de María, Madre de los sacerdotes, por sus hijos predilectos: “El camino para llegar al Corazón de Jesús, es María Santísima” (Cardenal Newman).
El número de los que afirman la no existencia de Dios no ha crecido mucho. Lo que sí crece constantemente es la cifra de católicos que viven como si Dios no existiera, sin sentirse bajo su mirada, sin la intención de conocer, respetar y cumplir su voluntad. Es lento el auge de la secularización, que espera, con urgencia, la evangelización nueva, que renueve la mente y el corazón de nuestra Sociedad, orientándola hacia Cristo, con credibilidad y ejemplaridad.
Tierra de misión
Es de conocer que son muchas las ocupaciones y preocupaciones que no permiten centrarse en Dios; pero también hay que advertir que la apatía y la negligencia frenan todo esfuerzo serio por anunciar a Cristo. En varios aspectos, Guadalajara es tierra de misión.
Con fraternal confianza les invito a escuchar, en el corazón de muchos, la bíblica expresión: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Por lo mismo, y atendiendo al reciente llamado del Papa Benedicto XVI, al anunciar un próximo Año Sacerdotal, les ruego no dejar de orar mucho, y siempre, por los sacerdotes.
Todo presbítero es fruto de la oración de Cristo y de cada bautizado, y se ve personal y pastoralmente robustecido con la oración del Pueblo Santo de Dios. Si oramos por los consagrados les ayudamos a ser maestros de oración y de vida evangélica. Si al eclesiástico le falta la oración, le falta todo. El sacerdote no debe ser privado de la oración, sea propia, sea de sus hermanos sacerdotes, sea del Pueblo de Dios. El presbítero debe orar si quiere ser santo; debe encomendar a sus hermanos en el ministerio, como un serio deber; el sacerdote debe ser sostenido por la oración de todos, porque él mismo está envuelto en debilidades y fragilidades.
Dirigiéndose a los sacerdotes, así hablaba el Papa de la sonrisa, Juan Pablo I: “Somos necesarios a los hombres, somos inmensamente necesarios, y no a medio servicio ni a medio tiempo, como si fuéramos sólo empleados. Somos necesarios como el que da testimonio, y despertamos en los otros la necesidad de dar testimonio. Y si alguna vez puede parecer que no somos necesarios, quiere decir que debemos comenzar a dar un testimonio más claro y convincente, y entonces nos percataremos de lo mucho que el mundo de hoy necesita de nuestro testimonio sacerdotal, de nuestro servicio, de nuestro sacerdocio” (9 de septiembre de 1978).
Honestos y veraces
Al orar por los sacerdotes, y al orar los sacerdotes por los sacerdotes, la comunión al interior de la Iglesia se ve robustecida. Así lo expresaba San Juan María Vianey: “Grande es la tristeza de la Iglesia cuando el sacerdote no ora ni se ora por los sacerdotes” (Santo Cura de Ars).
Con la oración alcanzamos de Cristo sacerdotes honestos y veraces, generosos en la entrega, alegres en el trato, disponibles a todo servicio, fuertes en las tentaciones, humildes en los logros, sinceros en sus flaquezas. De vida verdaderamente ejemplar y con un arraigado deseo de participar más de la santidad de Cristo, como lo escribió San Gregorio Magno. “Aquél que se acerque al sacerdote debe quedar condimentado con el sabor de la santidad, como la carne con el contacto con la sal”.
Los fieles, al orar por los sacerdotes, ruegan para que los ministros ordenados gocemos de una mayor intimidad con Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Un buen sacerdote, hombre de virtud y de oración, es honrado y educado, limpio en sus sentimientos, recto en sus intenciones, compasivo, comprensivo y misericordioso.
Que no caigan en el olvido estas frases de San Pío de Pietrelcina: “Si todos los sacerdotes viviéramos conforme a la voluntad de Dios, el mundo sería muy distinto… Por desgracia, no faltan quienes, en vez de arrancar la cizaña, van acabando con el trigo”.
El Cardenal John Henry Newman no es menos contundente: “Escuchar y ver a un sacerdote habitualmente unido a Dios, es hoy el deseo de muchos fieles. Un sacerdote así, aportará el buen ejemplo, se alejará de toda ocasión de escándalo, se guardará de la excesiva familiaridad con algunas personas, hablará con prudencia y discreción. Su ejemplo, lleno de autenticidad, ayudará a muchos a elevar el alma a lo más puro, a lo más noble… a Dios” (3 de octubre de 1873).
En este mes de mayo, invoquemos la intercesión de María, Madre de los sacerdotes, por sus hijos predilectos: “El camino para llegar al Corazón de Jesús, es María Santísima” (Cardenal Newman).
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