Signo inconfundible del apóstol: Alegres y vigorosos en el seguimiento de Cristo
Publicado en web el 24 de Mayo, 2009
Nadie desconoce que la evangelización trae consigo superar muchos obstáculos y pasar por diversas pruebas, más en este cambio de época que nos ofrece múltiples retos que, con el favor de Dios, pueden llegar a ser grandes oportunidades para llegar a los más alejados
Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
La Iglesia siempre ha contado con hombres que han superado los diversos obstáculos, apoyados sólo en la gracia de Dios. Recordemos a los primeros Apóstoles, como san Pablo, que superaron numerosos obstáculos, apoyados y confiados, no en la fuerza y la sabiduría humana, sino en la fuerza de Dios y en la sabiduría de la Cruz. Así, todo evangelizador debe encontrar, al igual que los Apóstoles, toda su fortaleza en Jesucristo, el León de la Tribu de Judá, el Fuerte de Dios (Cfr. Ap. 5,5).
Fortaleza en las adversidades
El evangelizador, para resistir las pruebas y no encogerse ante los retos, debe ser un hombre de una profunda fe que, frente a los obstáculos, le otorgue confianza y serenidad. Sin fe, el evangelizador fácilmente sucumbiría ante las adversidades y cedería ante la tentación de querer presentar un cristianismo parcial, mutilado y adaptado al gusto de los demás.
La fe, por tanto, debe pedirse con humildad y perseverancia en la oración, como verdadera prioridad personal y eclesial, pues “la fe en Dios nos da no sólo la vida eterna, sino también el sentido de la vida terrena, la fuerza para afrontar las dificultades de la condición humana, la esperanza cierta mientras nos encaminamos hacia el umbral de la eternidad”.
El discípulo misionero que vive con fortaleza, no se intimida ni se encoge ni se deja desanimar. Ante los contratiempos, adversidades, rechazos y persecuciones, no da marcha atrás, sino que continúa en el compromiso evangelizador. En una época en que se buscan resultados a muy corto plazo, el evangelizador debe mantenerse con esperanza ante los aparentes fracasos que pueda llegar a afrontar.
Igualmente, busca animar y animarse, pues al tener una mirada de fe y gozo de la fuerza del Espíritu, sabe motivar, encontrar palabras positivas y de estímulo. ¡Cuánta falta nos hacen las palabras positivas y de estímulo en la evangelización! Si en lugar de criticar, se fuera propositivo y solidario con los demás, la evangelización sería mucho más eficaz.
Igualmente, el discípulo debe tener paciencia y aprender a perseverar, principalmente en su camino de santificación. Frente a los errores, personales y ajenos, no debe desalentarse, pues todo lo puede lograr si se apoya en Dios.
Desconfianza en el compromiso
El Cardenal hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga dice que “ser discípulo implica perseverar. Se trata de perseverar con Jesús en sus tribulaciones (Cfr. Lc 22, 28). El discípulo debe estar preparado para la prueba, para enfrentar al enemigo. Pero no estoy pensando tanto en enemigo de fuera, sino me refiero al enemigo que yo soy para mí mismo. Y el peligro es que uno se acostumbra a todo, hasta a uno mismo… me acostumbro a mí mismo, a esta persona que no ha terminado de ser discípulo de Cristo, a este yo egoísta, que busca el primer puesto, que quiere estar siempre al frente. Éste es el enemigo contra el que lucha el discípulo”.
Por otra parte, en este cambio de época, advertimos como una de sus características la desconfianza. En muchas personas hay la sensación de fracaso, desilusión y desconfianza. La duda se extiende, la confusión crece y la corrupción aumenta. ¿Qué puede hacer el evangelizador para suscitar la confianza en los demás y, sobre todo, en Dios? Ante todo, la oración, que nos ayuda a descubrir en la Escritura y la Tradición, cómo Dios nos ama y confía en el hombre, pese a sus múltiples flaquezas e infidelidades. Si Dios confía en el hombre, y particularmente en el sacerdote, a quien se le encomienda el pastoreo de su pueblo y la administración de los Sacramentos, esto nos debe llevar a responderle depositando toda nuestra confianza en Él, al igual que en la Iglesia y en los demás hombres.
La confianza se relaciona con la vida de fe y el seguimiento del Señor. También nosotros, en estos momentos recios y duros, debemos aprender a amar sin cálculo ni medida, a dejar las propias seguridades y lanzar las redes mar adentro, a quienes viven paralizados por la desconfianza (Cfr. Lc. 5, 4).
Así concluye el mismo purpurado: “Ser discípulo es adquirir un modo de razonar que difiere del ‘mundo’; que no busca la gloria humana; que asume la realidad divina a pesar de la cruz… Ser discípulo es sentirse contento de darlo todo por Cristo. Es entregarse por completo a esta locura de amor. Porque, cuando se ama, se hacen locuras; si no, nunca amaste”.
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