Un modelo a seguir: Madre de los Discípulos y Misioneros
Publicado en web el 14 de Junio, 2009
La Iglesia nos presenta a la Virgen María como la más perfecta discípula del Señor… Primer miembro de la comunidad de los creyentes, mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo
Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
El Documento de Aparecida, redactado por los Obispos de América, dice que “la Virgen María ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como Madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre. Alcanzó, así, a estar al pie de la Cruz en una comunión profunda, para entrar plenamente en el Misterio de la Alianza” (n. 266).
En efecto, María Santísima no entra en el grupo de los doce apóstoles, en cuanto que su nombre no figura en la lista, y ni siquiera forma parte de los discípulos itinerantes que siguen a Jesús por doquier. María no se confunde entre la multitud, salvo en algunos casos, sino que emerge de ésta como quien desea escuchar y aprender, para seguir cumpliendo la voluntad de Dios.
La primera seguidora de Jesús
María es discípula y, sobre todo, modelo de todos los discípulos. Aunque no forma parte del reducido grupo de los doce, ni es seguro su carácter itinerante, María está presente desde el inicio del ministerio de su Hijo; luego, durante su predicación y, finalmente, a los pies de la Cruz.
Ella, la Santa Madre de Dios, en un acto responsable de fe y de evangélico abandono en Dios, pasa desde el Antiguo Testamento al Nuevo Testamento, transformándose en verdadera discípula de Jesús, su Hijo. Y, como tal, en la fe, recorre el camino de la Anunciación a Pentecostés.
Así como Juan Bautista supera a todos los profetas nacidos de mujer (Mt 11,11), del mismo modo María supera a los creyentes, ya que su fe va en aumento.
De éstos y otros datos bíblicos, intuimos y proclamamos a María, Madre de Dios, como madre y educadora de los cristianos católicos. Por ejemplo, para San Luís María de Montfort (+ 1716), de quien era muy devoto el Siervo de Dios Juan Pablo II, la tarea de la Virgen consiste en guiar hacia la transformación en Cristo, a permanecer en Él y a vivir anunciando y agrandando a Cristo, el Redentor.
Muy oportuna e interesante es la reflexión del reconocido teólogo Jean Galot: “La maternidad de María debe, por lo tanto, ser entendida en todo su alcance; no solamente un amor materno, que podría poner esta maternidad al nivel de los afectos, sino una obra de generación y de educación, que es la obra propia de la Madre”.
Educación es la obra con la que María suscita y sostiene nuestro compromiso de crecer en el amor a Dios y al prójimo; compromiso que, participando del ejemplo, con la fuerza de la gracia, pone en ejercicio las cualidades y las virtudes, haciendo del creyente un discípulo, y del testigo un entusiasta misionero.
Evangelizador mariano
Siguiendo el ejemplo de María, el evangelizador debe caracterizarse por su audacia para realizar la gran encomienda que Dios le ha confiado. A ejemplo de San Pablo, el que anuncia a Cristo se fía más de Dios que de sus posibilidades y capacidades; no conoce obstáculos para anunciar y llevar a Cristo a los demás. Los grandes evangelizadores, ante las dificultades, no se empequeñecen, abandonan la tarea, sino que se lanzan a ella, fiados únicamente en Dios.
“El discípulo es capaz de comprender, asumir y amar esta opción del bien que enfrenta al mal sin medir el tamaño o la potencia para enfrentarlo”, escribe el Cardenal hondureño Oscar Andrés Rodríguez, y prosigue: “El discípulo de Jesús opta por el bien, a pesar de la inmensidad aparente o real del mal”.
El discípulo misionero, inspirado en María, la Madre de Dios, sabe que el mejor ministerio es la búsqueda de la santidad personal. Es consciente de que no hay mejor camino para la evangelización que aquél que marca el Espíritu Santo. El evangelizador solamente se abre a la acción del Espíritu, quien busca, humildemente y personalmente, la santidad.
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