La paz religiosa del Porfiriato
Publicado en web el 2 de agosto, 2009
Comisión Editorial para el Bicentenario
Seguramente a los intereses extranjeros les habría beneficiado ampliamente el que la nación mexicana prosiguiera, por años sin término, naufragando en la inestabilidad. Para ello estaba puesto con toda intención un escenario legal que, de continuar aplicándose, garantizaba esa indispensable turbulencia, inestimable para justificar nuevas intervenciones de otros países e injerencias de todo tipo, so pretexto de lo que hoy algunos llaman “Estado fallido”.
Desde luego, se trataba del marco jurídico en que había quedado la Iglesia, privada de todos sus bienes; bienes que eran patrimonio de todos, pues había sido la entera comunidad católica la que con sus aportaciones había ido creando esa riqueza a lo largo de los siglos virreinales. Iglesia limitada en su organización, pues se habían suprimido Cabildos y Seminarios, así como todas las obras de beneficencia que la Iglesia sostenía, a la vez que se suprimían las diversas Órdenes Religiosas, masculinas y femeninas, que tanto habían aportado a las obras sociales de México. Iglesia amordazada, ya que ni siquiera podía manifestarse en público, por la prohibición de las leyes.
Era claro que mantener vigente semejante legislación habría seguido provocando inestabilidad, inquietud y molestia en todas las poblaciones de la geografía nacional, distrayendo la atención y el esfuerzo de todos para afrontar este tipo de condiciones. Eso, seguramente, es lo que se esperaba de semejantes leyes, y eso es, justamente, lo que el Presidente Porfirio Díaz Mori advierte como uno de los mayores obstáculos para sacar al país del atraso y de la dependencia en que se hallaba. Por lo mismo, de manera discreta y prudente, fue dejando tales disposiciones como letra muerta, permitiendo no solamente que la Iglesia resurgiera, sino, sobre todo, que el país recuperara las condiciones necesarias para construir su futuro, empresa ésta en que la Iglesia, restaurada, contribuiría de manera preponderante.
El arte de morir a tiempo
Si morir a tiempo fuera una virtud, en Jalisco se le ha de reconocer al General Ramón Corona Madrigal y al Abogado Ignacio Luis Vallarta Ogazón, los próceres del Liberalismo del Siglo XIX involucrados con la administración porfirista, cuyos nombres siguen en el candelero del panteón patrio. Ya hemos hablado del primero. Ocupémonos del segundo.
Vallarta nació en Guadalajara el 25 de agosto de 1830 (veinte días antes que don Porfirio). Se desbrozó intelectualmente en el Seminario Conciliar tapatío; siguió su carrera en el Instituto de Ciencias de Jalisco, y obtuvo el título de Abogado por la Universidad de Guadalajara, en 1854. Un año después, era ya secretario particular del Gobernador Santos Degollado, y poco después tomó las armas.
Una zancadilla de José María Arteaga le impidió ser Gobernador de Jalisco a muy temprana edad, pero la suerte le hizo compañero de andanzas de Benito Juárez García durante el fugaz Imperio de Maximiliano I, de modo que al restaurarse la República, nada impidió el ascenso de Vallarta a la Primera Magistratura de la Entidad, deshaciéndose con radicalismo, durante su gestión, de sus oponentes.
Dejó el cargo en 1875 para embarcarse en la carrera política por la Presidencia de México, para la cual no tuvo ningún obstáculo curricular, pues fue Ministro de Gobernación, Ministro de Relaciones Exteriores y Presidente de la Suprema Corte de Justicia, siempre al lado de Díaz. Su único tropiezo fue la voluntad férrea e inquebrantable del caudillo oaxaqueño, decidido a perpetuarse en el Poder, y cuya sagacidad fue tal, que lejos de obstaculizar las pretensiones de su colaborador le permitió escalar hasta la cumbre, alcanzada la cual, lo lanzó al vacío.
Esto pasó en 1882, contando Vallarta 52 años de edad, fecha en la que se retiró a la privacidad, eclipsándose su vida, que mantuvo en los límites del decoro gracias a su brillante capacidad intelectual -fue gran tribuno y mejor jurista- y a la fe católica, que recobró tras episodios de ardoroso anticlericalismo, muriendo en 1893, con edificante piedad, en el seno de la Iglesia.
Al cumplirse veinticinco años de su deceso, se rebautizó con su nombre una aldea costera, otrora llamada Las Peñas de Santa María de Guadalupe, la cual, por esas volteretas que tiene la vida, se ha convertido en la segunda ciudad económicamente más redituable de Jalisco, el tercer puerto en importancia de México y un destino turístico internacional principalísimo: Puerto Vallarta.
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