No hay nada tan bello…
Publicado en web el 2 de agosto, 2009
Juan López Vergara
Nuestra Madre Iglesia celebra hoy un pasaje del Santo Evangelio de la primera parte del discurso del pan de vida, cuando Jesús se revela a sí mismo como el don de Dios, y la fe como respuesta esencial a esa revelación (Jn 6, 24-35).
La obra de Dios en Jesús
Después del milagro de los panes, Jesús se retiró (véanse vv. 14-15). La gente lo buscó (véase v. 25). Pero Jesús les reprochó, “ustedes no me andan buscando por haber visto signos, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse” (v. 26). Jesús quiere abrir los ojos a la multitud, que vio el milagro únicamente como un prodigio y no como un signo revelador de Él. En el terreno de la Revelación, los dones no pueden ser separados de su Dador. Jesús se identifica con el alimento que permanece: “No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre; porque a éste, el Padre Dios lo ha marcado con su sello” (v. 27). Cuando el sabio señala las estrellas, el ingenuo se queda viendo el índice. El milagro debemos comprenderlo como la Obra de Dios en Jesús.
La fe es obra de Dios
Le preguntaron, entonces, sobre aquello que debían de hacer para trabajar en “las obras de Dios” (v. 28). Este plural remite a las numerosas prescripciones exigidas por algunos judíos. Jesús respondió: “La Obra de Dios consiste en que crean en Aquél a quien Él ha enviado” (v. 29). La única obra que hemos de cumplir es creer en el enviado del Padre, ver en los actos de Jesús las obras escatológicas de Dios: “Y este es su Mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros según el Mandamiento que nos dio” (I Jn 3, 23). La fe es obra y don de Dios, pero somos nosotros quienes elegimos aceptar su regalo.
Enseguida pidieron credenciales a Jesús evocando el milagro del maná (véanse vv. 30-31). Jesús aclaró que no fue Moisés, sino su Padre, quien dio el maná (véanse vv. 33-34). La expresión: ‘bajó del Cielo’ aparece siete veces en el discurso (vv. 33; 38; 41; 42; 50; 51 y 58); y fue tomada para el Credo niceno (del Concilio de Nicea): ‘Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo’. Jesús concluyó: “Yo soy el pan de vida. El que viene a Mí no tendrá hambre, y el que cree en Mí nunca tendrá sed” (v. 35).
Dostoievski testimonia esta clase de fe: “No hay nada tan bello, tan profundo, tan simpático, tan razonable, tan valiente y perfecto como Cristo, y no sólo no hay nada, sino -lo digo con amor celoso- que no lo puede haber. Es más, si alguien me demostrara que Cristo está fuera de la verdad, y la verdad no estuviese realmente con Cristo, preferiría estar con Él más bien que con la verdad”.
Puedes seguir las respuestas a esta entrada a través del feed RSS 2.0.Puedes responder o hacer un trackback desde tu sitio.
