5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

Una Iglesia comprometida con la cuestión social

Publicado en web el 16 de Agosto, 2009

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Comisión Editorial para el Bicentenario

Hemos hablado recientemente de cómo la paz religiosa establecida por el Presidente Porfirio Díaz Mori era un camino indispensable para lograr la estabilidad y el crecimiento del país. Lejos de estar buscando pleitos o cultivando rencores, la Sociedad mexicana debía unirse en el logro de fines comunes, que incluían la modernización en todos los aspectos, el respeto internacional, la estabilidad económica, el desarrollo educativo, etcétera.
Sabemos que muchos de estos objetivos se lograron, pero que en la marcha se descuidaron asuntos fundamentales de la vida social que habrían luego de cobrar una pesada factura al sistema, como fue la igualdad de oportunidades para todos, un desarrollo social más equitativo, y desde luego, una democracia cada vez más genuina.
La indiferencia frente a estas realidades explica la expansión de la pobreza, y aun de la miseria, en capas cada vez mayores de la población; situación que en los primeros años del Porfiriato no era muy visible ni aun para la Iglesia, dedicada a su propia reconstrucción estructural. Pero, ya a fines del Siglo XIX, y a la luz del primer documento sobre Doctrina Social de la Iglesia, la “Rerum Novarum”, obispos, sacerdotes y laicos advierten el gran reto de los problemas sociales y se dan a la tarea de enfrentarlos, buscando caminos de solución que vayan más allá de la organización de bailes de caridad, distribución de despensas o reparto anual de cobijas.
El pensamiento social de la Iglesia en México se lanza al análisis de fondo y a las propuestas concretas que ayuden no a consolar sino a modificar las condiciones reales de obreros y campesinos. Particularmente las dos primeras décadas del Siglo XX ofrecen el escenario de una Iglesia comprometida con las grandes cuestiones sociales, que incluyen el sindicalismo, el periodismo social, las cooperativas obreras, las cajas de ahorro, a partir de la organización de congresos obreros y semanas agrícolas, en las que participan los principales exponentes del catolicismo social del momento.
Esta tarea venía siendo ya anticipada por el surgimiento de numerosas comunidades dedicadas al cuidado de las personas pobres o marginadas, tanto en el campo de la asistencia médica como en el de la educación o el asilo. Concretamente en lo que se refiere a la educación, debemos recordar el gran mérito y éxito que se apuntó la Arquidiócesis de Guadalajara con la creación de un sistema de escuelas parroquiales que produjo notables beneficios a la Sociedad, a la vez que surgían en el seno de la Iglesia personajes que habrían de significarse por su compromiso con las personas más necesitadas.

Sabio y benefactor

Con tan sencillo y completo epíteto se califica a uno de los jaliscienses cuya escultura en bronce bordea el Jardín de la Rotonda de Guadalajara, dedicada a los Hijos Esclarecidos de Jalisco. Se trata del Presbítero don Agustín de la Rosa, quien vivió tres cuartas partes del Siglo XIX y casi una década del XX.
Un visitante de la capital tapatía en el último tercio del Siglo XIX que observara el paso desgarbado del clérigo, tocado de sombrero hongo, y siempre, en calor y en frío, oculto bajo un lustroso manteo, nunca hubiera adivinado que tenía ante sí una de las mentes más luminosas del Siglo XIX en México.
Oriundo de Guadalajara, donde nació casi a la par de Jalisco, a fines de 1824, se doctoró en Teología en 1850, y ocupó desde su ordenación presbiteral el oficio de Catedrático de su cuna formativa, el Seminario de Señor San José. Políglota y nahuatlato, su actividad literaria y científica no tiene parangón, distinguiéndole la publicación del que, tal vez, sea el primer Tratado de Astrofísica a nivel mundial, las ‘Lecciones de Astronomía’, editadas en la Imprenta del Gobierno hace ciento cincuenta años. Fue Canónigo de la Catedral y Rector del Seminario.
Su erudición no conocía límite, y es fama de que su robusta salud no toleró quebrantos, sorprendiéndole la muerte en su escritorio mientras redactaba una de sus incontables colaboraciones periodísticas, la víspera del santo de su nombre, el 27 de agosto de 1907.
Uno de los rasgos que más se grabó en el pueblo, gira en torno a su labor humanitaria, pues en medio de sus muchas ocupaciones, se dio a la tarea de arropar a no pocos infantes desvalidos, a los que dio asilo y educación, según sus fuerzas.
Se ha estudiado la fecunda y respetuosa polémica que lo enfrentó con su homónimo laguense, el también sabio Presbítero Agustín Rivera Sanromán, con quien sostuvo un debate académico y fecundo para ambos, siempre en el plano dialéctico o, si se prefiere, escolástico, en el que los dos se formaron.
Para perpetuar su memoria, hace medio siglo el Gobernador Agustín Yánez Delgadillo dispuso que su escultura (única de un eclesiástico ahí) ornara, como ya se dijo, uno de los brazos de la Cruz de Plazas de la Perla de Occidente, y es el único monumento, por cierto, que incluye dos figuras, pues aparece junto a él un chiquillo, que representa a uno de tantos a los que les dio caritativa asistencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

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