5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Cultural | Edición:

Al paso de la luz

Publicado en web el 27 de Septiembre, 2009

24

Por Esegé

Llegó el silencio y apagó la vida de viejas haciendas en las que nuestros mayores vivieron efervescencias de vida, torrentes de alegría, motivos de dicha y prosperidad.
Aquellos individuos vivían como hermanos, y los patrones no fueron, en lo general, el verdugo despiadado que se empeña en pintarnos la propaganda tendenciosa; los hubo complacientes y generosos.
La tierra producía a carretas llenas, las trojes se llenaban de un año para otro, y a los peones no les faltaban los medios para una existencia tranquila, sin mayores sobresaltos.
La hacienda era una forma de propiedad de la tierra, garantizada por la Ley, y todas, a lo ancho de la geografía, fueron graneros abiertos para dar alimentos a nuestra Patria.
Hoy quedan, como testigos silenciosos de aquella vida y de aquel aliento vital, viejas fincas que dicen lo que fueron en su mejor tiempo estos centros de producción.
Tal es el caso de la Hacienda de La Sauceda con sus faroles, sus pasillos silenciosos, su enlosado, su escalera derruida y un aire de misterio que tiembla al aire de verano.

Puedes seguir las respuestas a esta entrada a través del feed RSS 2.0. Puedes responder o hacer un trackback desde tu sitio.

Responder

XHTML: Puedes utilizar estas etiquetas: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>


  • Artículos relacionados

  • Más en esta Sección

  • Todas las secciones

  • Números Anteriores

  • Enlaces


  • Publicidad












 
2012 Semanario – Órgano de formación e información Católica - | Entradas (RSS) | Comentarios (RSS)