26 de Mayo de 2013
Año XII
No. 851
| Cultural | Edición:

A propósito de las excomuniones: Miguel Hidalgo, su tercera etapa

Publicado en web el 4 de octubre, 2009

27Pbro. Armando González Escoto
Cronista Diocesano y Cronista de la Ciudad

No pudo Miguel Hidalgo escapar a la fascinación de un poder nunca imaginado y que de pronto se le vino en cascada. Verse líder, de la noche a la mañana, de varios miles de seguidores dispuestos a lo que fuera; advertir el temor que sembraba a su paso; la manera en que se le rendían gentes de todas las clases sociales, y la forma tan fácil en que de pronto se había adueñado de caudales, vidas, pueblos y ciudades, fueron factores de sorpresa, que vividos con suma intensidad, rapidez y con tan poco tiempo como para asimilarlos, adelantaron, en parte, la causa de su fracaso.

El poder cegó a don Miguel, pues ya no vio que esos fáciles triunfos no podían perdurar; tampoco midió el desastre inútil que estaba causando ni el tipo de gente que lo estaba tumultuosamente siguiendo. Y, lo peor de todo, ese poder también lo volvió sordo, pues muchos le hablaron al oído para advertirle, para abrirle los ojos, para frenar sus excesos; pero él permaneció sordo y ciego ante la realidad que enfrentaba.

Confusión interna
y grandeza de ánimo

Mientras fue sorprender pueblos tranquilos y pacíficas ciudades, todo fue fácil; mas cuando hubo que enfrentar ejércitos de línea y cuestionamientos objetivos y certeros de sus colaboradores, todo se le vino abajo, ya que ni admitió consejos ni advirtió la gran diferencia entre un ejército instruido en el arte de la guerra y una rebelión popular, carente de capacidad y sobrada de odios y ambiciones. Como quien despierta del sueño, de pronto se vio Hidalgo huyendo de la ominosa derrota del Puente de Calderón; ese despertar fue de pesadilla cuando hubo que calcular las enormes pérdidas y las bajas, pero solamente así pudo abrir los ojos y los oídos.

Al llegar a Pabellón renunció al mando y lo puso en manos de Allende, y casi se dio por preso de los insurgentes.

Con la ilusión de escapar o de recuperarse, huyendo coincidieron todos los líderes en los caminos del Norte, pero en Acatita fueron todos aprehendidos.

Es ahí donde resurge nuevamente impetuosa la figura de Hidalgo, pues en ninguna otra situación se pone tan a prueba el valor de un ser humano, como cuando debe enfrentar el fracaso y la derrota.

Desde la marcha larga y agobiante bajo el sol del Norte, llevando grilletes en los pies, hasta el momento de su muerte, Hidalgo será un sorprendente ejemplo de serenidad, equilibrio, lucidez y congruencia, sin que faltase el buen humor. Apresado el 21 de marzo y fusilado el 30 de julio, tuvo más de cuatro meses para cavilar sobre su vida y sus hechos, y esta reflexión se expresa durante el prolongado juicio e interrogatorio a que se vio sujeto. Responde siempre con claridad y honestidad; acepta, uno tras otro, sus diversos errores tanto personales como de liderazgo; no logra superar su enojo y fastidio con Allende, al cual señala culpable de varios delitos, pero sostiene y confirma con entereza sus ideales, tanto en materia de redención social como en el tema explícito de la Independencia, que procuró, entendiendo que era lo mejor para este territorio y su gente.

Murió lúcido y contrito

Enfrentado con sus jueces y el oprobio con que lo presionaban sus muchos enemigos, mantuvo un ánimo estable; siendo como fue un hombre inteligente, diferenció muy acertadamente el mundo de la política y el mundo de la fe religiosa. Por lo mismo, se confesó varias veces, afirmó su fe católica, pidió perdón a Dios por sus culpas, así como a todas las personas a las que afectó con sus acciones, siendo constantemente asistido por sacerdotes tanto seculares como religiosos, con algunos de los cuales trabó una franca amistad en esas horas finales de su existencia.

De acuerdo a las leyes del tiempo, el Estado español no podía aplicar la pena de muerte a un sacerdote, razón por la cual fue sometido a la ceremonia de degradación del estado sacerdotal, consistente en el despojo de las vestiduras eclesiásticas con que previamente era revestido el acusado, así como el raspado ritual de las manos, que no era desollamiento como algunos dicen, sino más bien un rito simbólico, lo cual explica que, acabada la ceremonia pudiera sentarse a comer, por mano propia, cenar y almorzar al día siguiente, sin mayor dificultad.

Desde luego que Miguel Hidalgo no murió excomulgado; por el contrario, feneció reconciliado con la Iglesia y bastante confortado en su fe católica, que profesó hasta el momento mismo de su acabamiento, pues sabía bastante bien que una cosa era la fe y otra las normas del tiempo. Por lo mismo, pudo ser sepultado en la Iglesia de San Francisco, de Chihuahua, y después de consumada la Independencia, pudieron sus restos ser depositados nada menos que en el Altar de los Reyes de la Catedral de México, luego de haber estado en la Capilla de San Felipe de Jesús, de ese mismo emblemático lugar. Posteriormente se reinhumarían en la Capilla de San José, hasta su final traslado, en 1926, a la Columna de la Independencia.

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