Desprendimiento o magnanimidad: Para evangelizar, es necesaria la generosidad
Publicado en web el 25 de Octubre, 2009Desde que hemos nacido, hemos observado que hay personas que actúan generosamente. Sabemos muy bien qué significa obrar con generosidad y hasta podríamos identificar, con relativa facilidad, un acto generoso

Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
Todos tenemos en la mente la imagen de una persona generosa, de un gesto gratuito; nosotros mismos sabemos muy bien cuándo hacemos algo por generosidad o simplemente por interés. Y lo que nos sucede con la generosidad nos ocurre con la paciencia, la humildad y la tolerancia.
Podríamos afirmar, empero, que una persona es generosa cuando en su relación con el mundo piensa prioritariamente en los demás. La generosidad es una virtud que vela fundamentalmente por el bien del otro, por su prosperidad y crecimiento.
No es autocomplaciente ni discrimina
Lo opuesto a la generosidad es el egoísmo, el amor propio. El egoísta vela por sus intereses, lucha por su promoción personal, asegurando primero lo que él requiere, y dejando en último término lo que necesitan los demás. Para el egoísta, los demás hombres no son nada más que instrumentos al servicio de su bienestar.
El humilde generoso, en cambio, está siempre atento a las necesidades del prójimo, particularmente del enfermo, del triste, del marginado, del anciano. Y no se limita a pensar en el otro y sus necesidades, sino que está dispuesto a servirlo según sus posibilidades.
La generosidad se relaciona con el servicio, pero con el servicio estrictamente gratuito. Un gesto es generoso cuando no se espera respuesta ni pago ni aplauso o reconocimiento social. Un servicio calculado, pagado o condicionado no es un servicio generoso. La generosidad es universal.
Ser generoso, servir al otro, no es privarlo de su libertad ni comprometerlo en devolver el favor recibido.
La generosidad humana siempre puede crecer más y más, e indispensables serán para ello la oración y el deseo de servir.
Se sale del yo y genera bienestar
No olvidemos que un gesto generoso alegra el corazón, ilumina la existencia y llena de valor y sentido la vida de los hombres. Una acción generosa muestra que no estamos condenados a una acción egoísta; la generosidad pone de manifiesto que podemos usar responsablemente de nuestra libertad en el servicio al prójimo.
El hombre generoso no se hace del rogar, sino que está atento a las necesidades de los demás y procura ayudar lo mejor posible y en cuanto le sea factible. La generosidad es abandono de la propia comodidad para acudir en ayuda de quienes viven en situaciones incómodas.
Un don divino, que trasciende
La Misión que hemos iniciado el pasado 31 de mayo, Solemnidad de Pentecostés, nos invita a pedir confiadamente al Señor Jesús el don de la generosidad. Llegar a todos, particularmente a los más alejados, y llevarles el anuncio del triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte, supone gran y habitual generosidad.
La empresa que se nos ha confiado y en la cual nos hemos comprometido no es fácil ni de rápidos resultados; pero, con San Pablo, creemos poder hacer mucho, gracias a Aquél que nos conforta, Cristo Jesús.
Uno de los grandes Pastores de la Iglesia nos enseña: “Es éste un distintivo del hombre justo: que aun en medio de sus dolores y tribulaciones, no deja de preocuparse por los demás; sufre con paciencia sus propias aflicciones…obrando como el médico magnánimo cuando él mismo está enfermo mientras sufre las desgarraduras de la propia herida, no deja de proveer a los otros el remedio saludable” (San Gregorio Magno).
INTERESÉMONOS por la unidad y armonía de las familias; no cesemos de orar por la fidelidad y santidad de los sacerdotes; acerquémonos a los que viven alejados de la oración y los Sacramentos; anunciemos el Evangelio a tantos que no acuden a las iglesias y no han sido instruidos en el espíritu de las Bienaventuranzas… Pero no olvidemos que la generosidad supone la alegría; no puede darse una sin la otra: “Un vaso de agua ofrecido con alegría y rapidez, agrada y aprovecha más que una garrafa de vino dada con poco agrado y a disgusto” (San Bernardino de Siena).
Invoquemos a la Santa Madre de Dios para que nos alcance la gracia de ser generosos, unos con otros, como Cristo lo es ciertamente con todos nosotros.
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