Del Sermón de la Montaña: Los impuros de corazón son los hipócritas
Publicado en web el 1 de Noviembre, 2009Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5,

Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
Para comprender mejor la riqueza y el compromiso que encierra esta Bienaventuranza es necesario clarificar un poco el concepto de pureza al que se refiere. Generalmente, al hablar de esta Bienaventuranza, se plantea en términos de la virtud de la pureza, parte de la templanza, como si se tratara de una expresión, en positivo, del Sexto Mandamiento. Sin embargo, la pureza a la cual se refiere, si incluye esa virtud, tiene un significado más amplio.
La limpieza produce alegría y es sensible
La pureza de corazón abarca todo aquello que encuentra eco en el corazón del hombre: emociones, sentimientos, deseos, pensamientos, etc. Un corazón sucio es aquel que piensa, siente, desea y recuerda cosas que son contrarias al Proyecto de Dios para cada uno de nosotros. Además, conviene recordar que no es lo que entra, sino lo que sale, lo que enturbia el corazón humano, tal como señala el Evangelio:
“Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: Fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7, 20-23).
Por el contrario, un corazón limpio es aquél que se deja purificar y sanar por Dios y vive en la alegría. Además, un corazón limpio no es un corazón vacío, sino un corazón lleno de Dios, y por ello, es un corazón compasivo, comprensivo, misericordioso, humilde, alegre y, sobre todo, caritativo, pues desea amar y servir a Dios y a los demás, de la mejor manera posible, hasta dar la vida por ellos.
La doblez mancha y es antitestimonio
Lo que es opuesto a la pureza de corazón no es la impureza, sino la hipocresía. Jesús no dudó en emplear la palabra “hipócrita” contra aquéllos que buscaban cultivar más la apariencia que su corazón, contra aquéllos que no tenían recta intención (Cf. Mt 23, 27-28). Es una palabra dura en los labios del Maestro y en cualquiera que la pronuncia, pero es un término que se emplea para manifestar el repudio de Dios ante esas actitudes que se disfrazan con otros nombres en lo oculto del corazón.
La hipocresía es una falta de fe, al igual que una falta a la verdad y a la caridad, pues el hipócrita, por querer engañar y tener admiradores, no reconoce la dignidad de la otra persona, sino que la ve sólo en función de la propia imagen. Además, el hipócrita siempre es infiel a Dios, a los demás o a sí mismo, pues pretende quedar bien con uno, traicionando a los otros. Es alguien que no sabe amar porque no vive en la verdad, y está dispuesto a todo, con tal de obtener lo que quiere.
Sin embargo, Cristo nos motiva y ayuda a tener el corazón limpio y libre de la hipocresía. Cuando el corazón se ensucia, debe ser purificado por la gracia, la cual obtenemos con la oración humilde, la Reconciliación sacramental y con nuestra entrega en el apostolado, pues el ministerio sacerdotal es fuente de santificación. Cuando el sacerdote trabaja, y trabaja por Dios y no por el aplauso de los hombres, Dios lo premia con un corazón sencillo y noble, limpiando toda la “basura” que pudiera encontrar en él.
Más condiciones para el Gran Premio
Por otro lado, la castidad es una condición indispensable para mantener limpio el corazón. Quien no vive alegremente su consagración a Cristo, con una vida de castidad, no puede decir que participa de esta Bienaventuranza y de la promesa que ella conlleva: ver a Dios. San Juan Crisóstomo, al referirse a la promesa de esta Bienaventuranza, señalaba:
“Limpios llama el Señor aquí a los que poseen la virtud en general y no tienen conciencia alguna de pecado, o a los que viven en castidad. Nada hay, efectivamente, más necesario para ver a Dios, que esta virtud de la castidad. De aquí que Pablo dijera: buscad la paz con todos y guardad la castidad, sin la cual nadie verá al Señor” .
El premio de esta Bienaventuranza es grande: ver a Dios. Vale la pena corresponder al amor de Dios que quiere purificar nuestro corazón, para que así podamos contemplarlo, ya desde esta vida, como en la futura. ¡Bienaventurado el sacerdote que posee un corazón limpio que le permite ver a Dios en su ministerio!
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