Ojalá así fuera: ¡…Santos seminaristas!
Publicado en web el 8 de Noviembre, 2009
Jorge Armando Jiménez Ramírez, IV de Teología
En este mes, que se inicia conmemorando a Todos los Santos, debe resonar en el interior de los cristianos el sentido de su vocación a la santidad.
Hay expresiones que van y vienen, y hay quienes, atraídos por la espiritualidad que presupone la experiencia formativa de quienes estudiamos en el Seminario, se atreven, en ocasiones, a llamarnos “¡Santos seminaristas!”.
Nosotros, que nos preparamos para ser sacerdotes, vivimos ciertamente una relación cercana con Dios y por ello aceptamos ser llamados “seminaristas”; pero, en cuanto a lo de “santos”, eso está todavía por verse, aunque a ello nos abocamos, como debe ser la aspiración de todo fiel cristiano, que por el hecho de estar bautizado ha sido llamado a la perfección y a la santidad.
Hay fieles que se acercan a nosotros y nos piden una oración, diciendo que Dios nos escuchará porque estamos «más cerquita de Él». Eso es verdad, pues tenemos su presencia permanente en nuestra Capilla, que es el centro del Seminario, y todas nuestras actividades giran en torno a la Eucaristía. Mas esto también atañe a cualquier cristiano que quiera hacer de Cristo el centro de su existencia, ampliando con ello el camino de su santificación.
Nosotros en efecto, a través de la posibilidad de acercarnos diariamente al Sacramento de la Reconciliación, «según necesidades»; a la guía espiritual, a la meditación, la oración, los Sacramentos, las devociones particulares y, sobre todo, contando con la asistencia del Espíritu Santo, sí que se nos ofrecen mayores oportunidades para acceder a la santidad. Y esto sin contar la gran cantidad de oraciones que por esa intención tanta gente generosa eleva a Dios por nosotros.
Tarea que no pasa de moda
Sin embargo, hay que reconocer que hablar de santidad puede no resultar atractivo para una gran mayoría de las personas actualmente, puesto que vivimos en un mundo que exalta el materialismo exacerbado, el consumismo, el hedonismo y otras manifestaciones negativas que de ninguna manera se llevan con aquello que llamamos búsqueda de la santidad, algo que esa mayoría considera un asunto fuera de “onda”, pasado de moda, beatería, etcétera.
Y verdad es que la virtud, los valores éticos y la santificación carecen de interés no sólo entre las nuevas generaciones de jóvenes, sino también en los adultos, a quienes se les hace algo en realidad inalcanzable o el privilegio solamente de unos cuantos seres que han recibido alguna gracia especial de Dios, lo cual es completamente falso.
Hay que insistir en que la santidad es accesible a cualquier hombre o mujer decididos a actuar contra corriente, contra las tentaciones, los placeres o las adversidades de la vida; mas está, asimismo, en el descubrir, disfrutar y acoger con generosidad las gracias que Dios quiere compartir y que pone al alcance de cualquiera que tenga fe.

Santidad, ¿en el siglo XXI?
Y a todo esto… ¿cómo podría definirse la santidad en estos tiempos? Es imposible negar que ha habido cambios en las formas, ya que la santificación no se adquiere, como en siglos remotos, a través de retiros, oraciones continuas, azotes, ayunos y mil sacrificios y mortificaciones más.
Alcanzar ahora la santidad, como lo han demostrado tantos santos modernos y contemporáneos, no implica siempre tareas sobrehumanas ni extraordinarias; basta, en muchas ocasiones, con el fiel cumplimiento de los deberes ordinarios y cotidianos, mismos que han de ser ofrecidos a Dios para su mayor Gloria, lo cual quiere decir que si desempeñamos una labor, encomienda, oficio o profesión de manera correcta, ya estamos forjando nuestra santidad, y ¡claro!, el mismo espíritu nos pedirá cada vez mayor perfección, que es una señal de que nos acercamos al ideal de santidad, que es Cristo Nuestro Salvador.
Parece difícil de creer, pero así de fácil se puede obtener la santidad; pero esto es, a la vez, comprensible, cuando el mismo Jesús, Hijo de Dios, nos lo ha dicho con mucha claridad en el Evangelio de San Juan: Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y yo en él, dará mucho fruto, porque separados de Mí, nada podéis hacer (Jn 15, 5).
Yo invito, pues, a los estimados lectores, a que todos nos preocupemos por arribar a esa santidad, verdadera tabla de salvación para poseer la verdadera felicidad y la plenitud de la Vida Eterna.
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