Revolución Mexicana; Proyección Latinoamericana: Principios genuinos del movimiento armado
Publicado en web el 19 de Noviembre, 2009“Atrevidamente, en un análisis descriptivo tan sólo, podríamos dividir así, en un Tríptico, el peregrinar histórico de México durante las primeras décadas del Siglo XX. La primera es la preparación revolucionaria: Efervescencia antirreeleccionista; de luchas sociales agrarias, ya con la participación de Emiliano Zapata Salazar y sus reivindicaciones justicieras y sociales en la línea de los obreros reprimidos en Río Blanco y en Cananea. Preludios de la Revolución armada en cuanto tal. “El Congreso de Zamora”, de inspiración católica, fue una denuncia social valiente que aglutinó el arranque de la lucha revolucionaria y los Principios más nobles del levantamiento. De 1910 a 1920, podríamos englobar el desarrollo de lo que se ha llamado complejamente,“la Revolución Mexicana”, desarrollo armado y violento. Movimiento de caudillos y de protagonismo muy diverso, de intereses sociales y de ambiciones bastardas; lucha social y litigio político radicalizados”. (Cfr. Kaleidoscopio de esta América Nuestra”. AGF. Pág. 182)
Dr. Alberto Gutiérrez T. Formoso
La Revolución Mexicana, como hito histórico y como gesta, es un momento axial (eje) en la Historia de nuestra América, máxime en su década de eclosión:1910-1920. Lo es por su importancia trascendente y por su proyección latinoamericana. Lo es, también, por la supervivencia de sus genuinos principios revolucionarios, que perfilaron lineamientos primordiales de lo que fue una Revolución política y social prototipo. Varios de sus eventos fundamentales marcaron rutas de acción y de reivindicación social definitivas.
Algunos de sus documentos y aconteceres centrales pautaron principios, insistimos, definitivos y definitorios en la vida del Siglo XX. De ahí que su CENTENARIO, como conmemoración y como celebración, pueden ser época de renovación también en este naciente siglo.
Principios de vida republicana
Escogemos cuatro Principios señeros para América Latina, no siempre cumplidos ni aprovechados por el transitar de países hermanos en el Continente. Sea el primero el Principio de NO REELECIÓN, postulado ya en el Programa del Partido Liberal Mexicano, de los hermanos Flores Magón, y ratificado en el famoso libro de la “Sucesión presidencial”, de Francisco Indalecio Madero González.
Principio que abrió y marcó el surco guía en la lucha revolucionaria mexicana. Principio regado con sangre de compromiso vital.
Resaltamos como segundo Principio el hondamente enraizado en la gleba misma mexicana de los más generosos de sus hijos: “La tierra es del que la trabaja”, en el lema de Zapata y sus seguidores. Principio del Agrarismo como una de las banderas más nobles de la Revolución Mexicana, fuente de inspiración de muchas luchas revolucionarias a través de toda América. Principio fecundador del Plan de Ayala, que obligó a definiciones y a entregas vitales. Bandera no siempre respetada en su nobleza de compromiso esencial, ni en el México del Siglo XX ni en nuestra América.
La Convención de Aguascalientes, 1914-1916, al sostener el Principio de la Unidad Revolucionaria a toda prueba, pudo haber sido, y bien, el momento clave, axial, de la Gesta Revolucionaria: Unidad de fidelidad militar, en lo más limpio y heroico de sus forjadores, como un General Felipe Ángeles. Unidad de Legalidad y honradez de las facciones más leales a sus propias Causas: la de México. Principio inspirador para Iberoamérica, y tampoco vivido con fecundidad.
Un cuarto Principio, más complejo y controvertido, pudo haber sido el Principio del Constitucionalismo, en su trasfondo jurídico. El Texto Constitucional de 1917 salvó lo rescatable de las “ambiciones carrancistas” y de las facciones. Puso fin a la absurda guerra civil sangrienta y fraterna, que tanto dolió y costó en la Revolución Mexicana.
Lecciones para nuestra América
México ha sabido reconocer a sus forjadores y a sus héroes; y supo, en su momento, castigar a traidores antipatriotas. Vivió, dolorosamente, asesinatos de sus propios prohombres. Honró sangre límpida como la de Belisario Domínguez y la de Francisco I. Madero. Lloró asesinatos a mansalva como los de Emiliano Zapata, Felipe Ángeles y el de Francisco Villa. Sufrió luchas intestinas y ambiciosas de los caudillos; muchos de ellos, “quien a sangre mata, a sangre muere…” Pero México ha sabido forjarse un siglo de presencia y de porvenir para su pueblo, Raza de Bronce por la que hablará el Espíritu, marcándole su derrotero en paz y en trabajo fraterno.
La consignación del CENTENARIO de la Revolución debe ser el REINICIO Y RENATALICIO del México de siempre, cuyo destino, “por el Dedo de Dios se escribió”.
Puedes seguir las respuestas a esta entrada a través del feed RSS 2.0. Puedes responder o hacer un trackback desde tu sitio.



