“Lo encontré y lo saludé”: Otro albano consagrado, modelo de santidad
Publicado en web el 6 de Diciembre, 2009El año sacerdotal nos invita a seguir contemplando el afecto de Dios por su Pueblo, en la persona y ministerio de tantos sacerdotes, buenos y fieles, que nos invitan a contemplar al Sumo y Eterno Sacerdote, Cristo Jesús
Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
El Padre Antonio Luli nació en Albania, en 1910. Creció en el seno de una familia sencilla y piadosa. De joven, sintió el deseo de ser sacerdote e ingresó al Seminario en tiempos sumamente difíciles, pues transcurría la Segunda Guerra Mundial. Dios quiso que fuera ordenado sacerdote en 1946.
A los pocos meses de iniciar su ministerio fue arrestado, en 1947, y sometido a un proceso falso e injusto. Sentenciado a prisión, durante nueve meses fue confinado a una pequeña celda, tan estrecha, que para descansar tuvo que acostumbrarse a colocarse junto a los excrementos endurecidos.
En la Navidad de ese 1947 fue conducido a una habitación donde lo desnudaron y lo colgaron del techo, amarrándolo de las axilas; sus pies distaban varios centímetros del piso. La posición y el intenso frío le causaron tan enorme sufrimiento, que pensó que moriría. Fue entonces cuando los guardias lo soltaron y, tirado en el piso, lo patearon hasta hacerle perder el conocimiento.
Durante el tiempo siguiente, amarrando sus pies y brazos con alambres, lo tiraban en una habitación obscura, llena de ratas; igualmente, lo torturaban con descargas eléctricas, cuando durante los largos interrogatorios no aportaba datos que permitieran ubicar a otros sacerdotes, con el fin de aprehenderlos. En 1968 salió de la prisión con la expresa orden de no ejercer ministerio alguno. Sin embargo, toda oportunidad, por breve o pequeña que fuera, él la aprovechaba para evangelizar o administrar los Sacramentos. Estando vigilado, celebraba la Eucaristía de manera clandestina.
Santa entereza y mansedumbre
Pero volvió a trabajos forzados; esta vez, en los pantanos. El mucho trabajo, el poco alimento y las constantes enfermedades, estuvieron a punto de causar la muerte del Padre Antonio, quien sí vio fallecer a centenares de compañeros de prisión y de trabajo. Dios permitió que así viviera durante once años.
Enviado a la prisión de Sigurimi, llevando consigo sólo un reloj y el rosario, continuó su vía crucis. Fue definitivamente liberado en 1989.
En 1996 concedió, a un grupo de peregrinos, el siguiente testimonio: “Jamás he albergado en mi corazón sentimientos de odio. Después de la amnistía, un día me encontré con uno de mis torturadores; sentí el impulso interior de acercarme, y lo saludé… La formación que realicé en el Seminario me había acostumbrado a la idea de que la fidelidad al Señor es lo más importante en la vida, y que, a veces, hay que pagarla a un alto precio, incluso con la propia vida. Recuerdo las palabras del Apóstol San Pablo: ‘Estimo que los sufrimientos del mundo presente no son comparables con la gloria que ha de manifestarse en nosotros’ (Rom 8,18)… Esta es la verdadera enseñanza de mi vida: En todos los momentos de sufrimiento y de dificultad nosotros salimos vencedores, gracias a Aquél que nos amó” (Cfr. Rm 8,37).
El 10 de marzo de 1998 fue cosechado por el Señor; habiendo participado de la Pasión de Cristo, participó también de su Muerte y de su Gloria.
Ejemplar sacerdote en su humildad y fortaleza, en su paciencia y caridad, en su entrañable confianza en la Santísima Virgen María.
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