5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Varios | Edición:

“Que ya ninguna otra cosa te angustie”

Publicado en web el 20 de Diciembre, 2009

Con gran gozo celebramos, una vez más, el acontecimiento guadalupano. En el relato del mismo se da cuenta de cómo, en la tercera de sus cinco apariciones, la Virgen de Guadalupe curó al tío de Juan Diego

31Roberto O’Farrill Corona

Enseguida de esa intervención protectora de “la Madre del Cielo”, sobre el sobrino y su pariente, con infinita ternura, le dijo que quería que eso quedara muy grabado en su corazón; lo que es desde entonces su maternal deseo para todos sus hijos de México. Así es como se narra:

“A la mañana siguiente, lunes, cuando Juan Diego fue a llegar a su casa, a un tío suyo, de nombre Juan Bernardino, se le había asentado la enfermedad; estaba en las últimas, por lo que se pasó el día buscando médicos; todavía hizo cuanto pudo al respecto, pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave. Y al anochecer, le rogó su tío que, antes del alba, le hiciera el favor de ir a Tlatelolco a llamar a algún sacerdote para que viniera, para que se dignara confesarlo, se sirviera disponerlo porque estaba del todo seguro de que ya era el aquí para morir, que ya no habría de levantarse, que ya no sanaría. Y el martes, todavía en plena noche, de allá salió Juan Diego a llamar al sacerdote, allá en Tlatelolco.

Y cuando ya vino a llegar a la cercanía del cerrito Tepeyac, donde sale el camino, se dijo: -Si sigo de frente por el camino, no vaya a ser que me vea la noble Señora, porque, como antes, me hará el honor de detenerme para que lleve la señal al Jefe de los sacerdotes, conforme a lo que se dignó mandarme. Que por favor primero nos deje nuestra aflicción, que pueda yo ir rápido a llamar respetuosamente al sacerdote religioso. Mi venerable tío no hace sino estar aguardándolo-. Entonces, le dio la vuelta al monte por la falda, por un lado, para ir a llegar rápido a México, para que no lo demorara la Reina del Cielo. Se imaginaba que por dar allí la vuelta, de plano no iba a verlo Aquélla, cuyo amor hace que absolutamente y siempre nos esté mirando.

Pero la vio cómo hacia acá bajaba de lo alto del montecito, desde donde se había dignado estarlo observando, allá donde desde antes lo estuvo mirando atentamente. Le vino a salir al encuentro del lado del monte, vino a cerrarle el paso, se dignó decirle: -¿Qué hay, hijo mío, el más pequeño? ¿A dónde vas? ¿A dónde vas a ver?-.

Y él, acaso un poco por eso se apenó, tal vez se avergonzó. En su presencia se postró; con gran respeto la saludó, tuvo el honor de decirle: -Mi Virgencita, Hija mía, la más amada, mi Reina, ojalá estés contenta; ¿cómo amaneciste?, ¿estás bien de salud, Señora mía, mi Niñita adorada? Causaré pena a tu venerado rostro, a tu amado corazón. Por favor, toma en cuenta, Virgencita mía, que está gravísimo un criadito tuyo, tío mío. Una gran enfermedad en él se ha asentado, por lo que no tardará en morir. Así que ahora tengo que ir urgentemente a tu casita de México, a llamar a alguno de nuestros sacerdotes, para que tenga la bondad de confesarlo, de prepararlo.

Puesto que en verdad para esto hemos nacido: vinimos a esperar el tributo de nuestra muerte. Pero, aunque voy a ejecutar esto, apenas termine, de inmediato regresaré aquí para ir a llevar tu venerable aliento, tu amada palabra, Señora, Virgencita mía. Por favor, ten la bondad de perdonarme, de tenerme toda paciencia. De ninguna manera en esto te engaño, Hija mía la más pequeña, mi adorada Princesita, porque lo primero que haré mañana será venir a toda prisa-.

Y tan pronto como hubo escuchado la palabra de Juan Diego, tuvo la gentileza de responderle la venerable y piadosísima Virgen: – Por favor, presta atención a esto, ojalá que quede muy grabado en tu corazón, Hijo mío el más querido: No es nada lo que te espante, te aflija, que no se altere tu rostro, tu corazón. Por favor, no temas esta enfermedad, ni en ningún modo a enfermedad otra alguna o dolor entristecedor. ¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo? ¿Acaso no soy yo la fuente de tu alegría? ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos? ¿Por ventura, aún tienes necesidad de cosa otra alguna? Por favor, que ya ninguna otra cosa te angustie, te perturbe, ojalá que no te angustie la enfermedad de tu honorable tío, de ninguna manera morirá ahora por ella. Te doy la plena seguridad de que ya sanó-”.

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