Al paso de la luz
Publicado en web el 27 de Diciembre, 2009
Daniel León Cueva
¿Quién dijo que las canicas se juegan sobre una mesa? Uno estaba acostumbrado a “tirar” de uñita o de huesito o hasta de gaznuche para intentar ganar en la ruedita, en el “chiras-pelas” o en la “choyita”. Y gozosamente se empleaban las “agüitas”, los “ponchitos”, los “mosaicos”, las “florecitas” e incluso las “cacalotas” (en el peor de los casos, las de barro), pero siempre a ras de tierra, que era donde se dibujaban mejor los límites y saltaban o se deslizaban con mayor soltura esas codiciadas bolitas de vidrio, tesoro muy bien guardado debajo de la cama, en el armario o la petaquilla. Estos niños viven lejísimos de la ciudad, en los recovecos de la sierra y las barrancas, donde el cielo es azul y el sol alumbra más clarito. Donde todavía no llegan con fuerza las maquinitas y aparatitos que tienen absortos y alelados a tantísimos chiquillos de la ciudad. Para divertirse, no hay como la imaginación y creatividad de un chaval. Dígalo, si no, el que pretendía esconderse de la cámara, debajo de la mesa.
¿Qué les habrá traído el Niño Dios?… Basta la inocencia y no apurar el ritmo de la edad, que en la niñez marca compases de genuina felicidad.
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