5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Varios | Edición:

Aquellas Navidades

Publicado en web el 20 de Diciembre, 2009

26

Pbro. Adalberto González González.

Aquella mañana me subí al “trono” del bolero y, apenas había dado éste unos tres cepillazos, cuando le llegó un hijo a darle cien pesos. Y cuando el muchacho se alejó, me dijo el bolero con un dejo de tristeza: Con lo que gana, va y se emborracha, y agarra cualquier esperpento de mujer. Lo malo es que está casado. Fíjese, hace poco sacó fiada una recámara por 500 pesos cada semana. Empezó pagando puntualito, pero como yo respondí por él, a’lora del’ora se sentó con los abonos y ya hasta me andaban embargando. Yo lo saqué finalmente del embrollo, pero antes no me podía tanto pagar cien pesos al día, y ahorita, como está la situación, sí me puede…

(Me estoy ahora acordando de la vieja historia de “las rajas”. Verán: sucede que en una de aquellas Navidades, cuando yo estaba chiquilistrillo, el Niño Dios nos trajo una canasta mediana a mí, y una quiligua a mi hermano más chico. Y mi mamá nos advirtió: El Niño Dios les trajo esas canastas para que me acarrién “rajas” pa’la cocina cada tercer día, cuando salgan de la escuela; una para ti, que eres el más grande, y otra pa’ Victoriano, que está más chico…)

Y me siguió platicando el señor bolero:
-Ire, si mi muchacho me hubiera dicho a tiempo que se había atrasado tanto con los abonos, no hubiera yo pagado tanto. Figúrese usté, tuve que dar cuatro mil pesos más; y eso que me fue bien, pues el gerente me exigía ocho mil…

(Nuestro primer viaje por “rajas” lo hicimos al potrero más cercano. Pues bien, sucedió que andábamos muy entrados juntando las “rajas” más delgadas y secas para que la carga no se nos hiciera tan pesada, cuando ándale que en eso nos vido el dueño, y se deja venir con los chuchos por delante, y nos detiene:

-¡Quiubo, muchachos!, ¿quién les dio permiso de agarrar “rajas”, pues?

-Pos naiden, le dije yo, que era el más grande.

-¿Qué no saben que las tengo pa’bonar la labor?

-No, no sabíamos eso.

Y que me entra la rabia, porque por ahí alcancé a oír que se le salió un “rateros”, y entonces le vacié las “rajas” que traíamos en el asiento de las canastas y grité: Ahí’tán sus “rajas”, que más bien parecen tostadas. Pues, ¿qué no les da de tragar a sus vacas? Ire nomás, hacen puro chorrillo; es mierda aguada que se seca pronto, que hasta parda está ya por lo quemada.

-¡Ámonos!, le dije a mi hermano. Déjale sus “rajas” y mejor vayamos a lo de Silvano; él es más rico y le da al ganado puños de pasta de maíz y de rastrojo, y por eso las boñigas les salen más gordas.

Aunque recuerdo que a mi madre le gustaban de las dos: las delgaditas, que por secas, parecían como yesca para prender la lumbre, y las gruesas, porque le duraban más calentando el fogón. Yo le platiqué a mi madre lo que nos había sucedido, y ella se lo contó a un tío que teníamos, muy chacotero, y ahí empezó la carrilla, pues cada que me veía me decía: Oye, güero, ¿cómo’taban las “rajas” de don Faustino? Pos como tostadas; le respondía yo, sus vacas parecían bicicletas con una rueda encima…).

Sí, me siguió platicando el maistro bolero; fíjese, ya antes mi muchacho había sacado un refri y también le pasó lo mismo; tuve qué salirle al quite. Daba entradas de caballo fino, pero salidas de burro trasijado. Yo le decía: Hombre, por lo menos avisa que me pusiste de fiador; pa’ ayudarle, pues…

(Recuerdo que aquel año seguí hasta el final del curso en el colegio, y cómo, a los hijos de los riquillos, los forraban de bandas de todos colores al terminar los exámenes: Que por su aplicación, que por su aseo, su buena conducta, su generosidad y quién sabe cuántas otras chimistretas. También les colgaban medallas de honor por esto y aquello por todo el pecho. Yo, cuando mucho, alcancé un listoncito verde, que creo era el premio por “Asistencia”, porque eso sí, lloviera, tronara o estuviera yo buenisano o malo y quejándome de la calentura, mi apá me mandaba a la escuela: ¿Cuál calentura?, decía, esa es calentura de pollo; orita mesmo se me va a la escuela; si no, yo me lo llevo a punta de patadas. Así es que, por lo menos, listoncito verde de asistencia sí me saqué aquella vez.

Pero me acuerdo no sólo de la Navidad aquella de las canastas pa’recoger “rajas”, sino de otras felices navidades también de mi infancia; de aquéllas tan llenas de farolitos de colores, que se abrían como acordeones; aquéllas con olor a musgo y heno; las del portalito con los Peregrinos y Niño Dios, hecho con una caja de los zapatos domingueros; las de arbolito con esferas de colores y olor a pino recién cortado. Aquéllas en que me regalaban troquitas de hojalata, ruidosas con su carga de piedritas o arena; las del reparto de bolsitas con cacahuates, caramelos, cañas, naranjas y mandarinas. Las Posadas en las que íbamos disfrazados de pastores con báculo, pandero y güíjolas; las del canto de villancicos con el órgano nuevo de la iglesia, y donde iban las muchachas más hermosas del pueblo cargando a los Peregrinos: “En nombre del Cielo, buenos moradores, dad a unos viajeros posada esta noche…”

Son recuerdos de viejas Navidades que eran o me parecían como más luminosas, tumultuosas y arremolinadas, si quieren, pero más sentidas y cercanas al Misterio de la Venida de Jesús; más semejantes a la pobreza, austeridad y donación del Misterio de la Natividad, y tan ajenas y alejadas del escándalo y gritería de ahora, en que la Navidad es manejada por los Medios de Comunicación y el comercio con su insistencia machacona y desesperada del “Compre, compre… y compre”…En fin, aquéllos eran otros tiempos …).

¿Sabe? este muchacho así salió; yo no sé en qué fallamos su madre y yo. O a lo mejor sí aprendió la mala manera de su madre en eso de sacar cosas fiadas. Porque también a ésta se le ocurrió comprar una lavadora a plazos, que valía dizque cuatro mil pesos y acabó costando doce mil. Y ahí voy también con el de mero arriba de la tienda pa’legarle. Al principio, embarcan a la gente con el gancho de que tendrán que pagar cualquier cosa a la semana o un abonito al mes; pero luego salen cuentas en que la deuda se multiplica por diez o más. Pero así son, pues, oiga…

Bueno, ya está listo, patrón, me dijo el bolero, y yo me bajé del trono, le pagué y me fui caminando por la plaza, llena de adornos navideños, de bullicio de compradores y de chiquillos corriendo y gritando, a los cuales les sacaba yo la vuelta como a los escurrideros de la fuente para no empañar mis relucientes zapatos, y también para no atravesármele a las fotos de los turistas, que atareados oprimían el botón de sus cámaras, tomándole fotos a todo lo habido y por haber. Me fui caminando y rumiando el recuerdo de lo que me sucedió en otra de aquellas Navidades de mi infancia, y que algún día les contaré…

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