Es un estilo de vida, Sacerdocio, amor y servicio
Publicado en web el 27 de Diciembre, 2009“Debemos aprovechar este Año Sacerdotal para obtener intensamente óptimos frutos. Es digno subrayar que, para ello, el sacerdote tiene un camino: la caridad y la conversión personal. El itinerario del sacerdote, en estos tiempos recios y maravillosos, supone querer conocer más de cerca a Cristo para unirse a Él incondicionalmente”

Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
Le es aconsejable e imprescindible, a todo presbítero, abandonar el egoísmo para entrar a la tierra prometida de la generosidad del Señor; alejarse definitivamente de viejos sentimientos afectivos para vivir la fidelidad y el gozo del celibato comprometido. Retirarse de la amargura de los supuestos agravios comparativos y marginaciones, para sentir el honor de estar siempre cerca de Jesús; huír de la autoflagelación y del victimismo, para vivir un auténtico testimonio martirial.
Como buen pastor, el sacerdote, lo primero que ha de pedir, es el amor, que fue lo que Cristo exigió a Pedro para entregarle el cuidado del rebaño. Después, la vigilancia, pues debe estar atento a las necesidades del pueblo a él confiado. Si quiere alimentar bien a los fieles, ha de disponer de una sólida doctrina. Y, todo ello, con santidad e integridad de vida. Este es el camino del sacerdote, la fuente de su caridad y el punto de partida de su conversión personal.
Comunidad que celebra los
Sacramentos
Para que la Parroquia crezca en la cohesión fraterna, son elementales la oración incesante, la escucha permanente de la Palabra de Dios y la participación ferviente en las Celebraciones Eucarísticas. “La parroquia es una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la Celebración del Sacrificio Eucarístico” (Benedicto XVI, 22 de septiembre de 2006).
San Juan María Vianney, a quien de modo especial recordamos desde mediados de este año que culmina, celebrando los 150 años de su nacimiento, comprendió que el bautizado y, particularmente el sacerdote, debe ser un hombre de penitencia y de profunda oración. Todos, en su tiempo, conocían las noches de adoración eucarística del Párroco de Ars, su dedicación a la amable atención de sus ovejas y su entrega al Sacramento de la Reconciliación: “El centro es la iglesia, y en la iglesia, el centro es el sagrario, y a su lado el confesionario; allí, el espíritu retorna a la vida de la gracia, y el espíritu enfermo recobra la salud” (Juan XXIII, Sacerdotii nostri primordia, n. 12).
La Eucaristía es la máxima y más perfecta expresión de la comunión eclesial. Los diversos carismas y ministerios, así, estarán, de manera activa y corresponsable, en la vida parroquial. Sin rivalidad alguna, sino en una cooperación mutua y cordial en las tareas apostólicas. Que implica un programa pastoral bajo la dirección del Párroco (Cfr. Benedicto XVI, 17 de noviembre de 2005).
A la caridad, por la Eucaristía
La parroquia tiene que suscitar y alimentar, entre todos los bautizados, arraigados sentimientos de comunión fraterna: no una simple unidad social, sino íntimamente unidos en Cristo. Y el sacerdote tiene que ser signo y ministro de esa comunión, manifestada maravillosamente en la Sagrada Eucaristía: “No es necesario hablar mucho para orar bien. Sabemos que el buen Dios está allí, en el tabernáculo; abrámosle el corazón, alegrémonos de su presencia, y así gustaremos de la mejor oración” (Santo Cura de Ars).
Es de notar lo que del Patrono de los Sacerdotes recordaba el hoy Beato Juan XXIII: “Para convencerse de su auténtica piedad, bastaba con verle celebrar la Santa Misa y ver cómo se arrodillaba cuando pasaba ante el sagrario”.
Es evidente que el sacerdote debe unir al ofrecimiento de la Misa la donación cotidiana de sí mismo: “Eucaristía y comunión sacramental son los dos actos más eficaces para conseguir la transformación de los corazones” (Benedicto XVI, 16 de marzo de 2009).
Celebrar la Misa era la gran alegría y el mejor alimento en la vida del Santo Cura de Ars; la celebraba con verdadera unción, y daba gracias en profunda adoración. El Magisterio de la Iglesia ha subrayado que una de las principales causas de la poca espiritualidad del sacerdote está en la pobre atención que dedica a preparar y celebrar la Eucaristía.
El Santo Cura de Ars no se contentó con cumplir exteriormente los gestos de la Redención; participó en ella en su mismo ser, en su amor a Cristo, en su oración constante, en el ofrecimiento de sus pruebas y mortificaciones voluntarias… sigue siendo verdad que todos los esfuerzos pastorales de los sacerdotes deben converger, como en el Cura de Ars, hacia el anuncio explícito de la fe, hacia el perdón, hacia la Eucaristía (Juan Pablo II, 6 de octubre de 1986).
El mismo Pontífice advertía a los sacerdotes que, aunque las actividades pastorales fueran muchas y distintas, la caridad pastoral es la fuerza unificadora:“De este modo, el sacerdote será capaz de sobreponerse, cada día, a toda tensión que dispersa y debilita, encontrando en el Sacrificio Eucarístico la energía espiritual para afrentar los diversos quehaceres pastorales. Cada jornada será, así, verdaderamente eucarística” (Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia n. 31).
Sin una cuidadosa Celebración de la Eucaristía, nuestra fe se reducirá a una moral, a una doctrina, a un recuerdo actualizado. El sacerdote, independientemente del cargo que tenga, debe pedir humilde y confiadamente la gracia de celebrar dignamente la Eucaristía: “Si el sacerdote no introduce en la Eucaristía al Misterio de Cristo a los fieles, no sabe lo que celebra” (San Juan de Rivera).
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