5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

Intención de consagrarse en el sacerdocio, Nuevos candidatos admitidos al Estado Eclesiástico

Publicado en web el 20 de Diciembre, 2009

Rodolfo Rodríguez Leyva, 4º de Teología

23Fueron cincuenta y cuatro seminaristas quienes recibieron, el domingo 13 de diciembre, su admisión como candidatos a las Órdenes Sagradas; un número significativo, sin duda, de quienes perfilan ya sus pasos, de manera definitiva, a consagrarse al servicio de Dios y de la grey que a ellos sea encomendada.

Tales alumnos fueron: 29 de primero de Teología, 11 de segundo, cinco de tercero y seis de cuarto, así como dos religiosos y un candidato a Diácono Permanente.
Esta admisión significa también el firme compromiso de los ahora candidatos, a poner más empeño aún en esta última parte de su formación; y si bien el ser admitidos no constituye un Sacramento, sí reviste suma importancia, ya que ninguno podría acceder al diaconado o presbiterado sin antes haber sido admitido como candidato a las Órdenes Sagradas y ser instituido en los Ministerios de Lector y Acólito, tal como lo señala el Código de Derecho Canónico en los números 1016 y 1019.

Se piden dotes peculiares y edad
conveniente

Ahora bien, para ser admitido como candidato a las Órdenes Sagradas es necesario el testimonio de que el solicitante posee las dotes que lo hacen idóneo para el ministerio, y su compromiso de orar y trabajar, a fin de que el Señor se digne llevar a feliz término la obra buena en él comenzada.

Quien desea ser aceptado debe antes hacer petición escrita y firmada, que será presentada al Obispo, en el caso de los Seminarios Diocesanos, en tanto que los Religiosos deben dirigir dicha misiva a su Superior Mayor. Asimismo, es requisito contar con la edad conveniente y dotes peculiares, mismas que son determinadas por la Conferencia Episcopal.

Se entiende que debe existir la conciencia firme y necesaria de que se ha sido llamado por Dios y que se ha respondido a la vocación formándose íntegramente, adquiriendo madurez personal, discernimiento prudente de la voluntad, y confianza en Dios para mantenerse fiel; asimismo, de que ha venido conformándose la propia vida del espíritu, arraigando en él las virtudes de la fe, esperanza y caridad; todo ello impulsado por el amor a Cristo y fortalecido por la acción del Espíritu Santo.

Alegría y gratuidad

En la Homilía que pronunciara con este motivo el Señor Obispo Miguel Romano Gómez, Rector del Seminario, quien presidió la Eucaristía, animó a los nuevos candidatos al estado eclesiástico a estar alegres, como corresponde el coincidir su petición con el calendario litúrgico de la Iglesia, que marca el ánimo festivo de la cercanía de la Conmemoración de la Natividad del Salvador. Explicó el Prelado que lo recibido no es reconocimiento ni premio, sino gracia, don y favor divinos. De ahí la gratitud que debe haber hacia Aquél que tanto ama a sus escogidos para hacer de ellos, en su momento, dignos candidatos a la recepción de las Órdenes Sagradas.

Sanamente alegres: Cinco consejos

“Quien está alegre evangélicamente -puntualizó Monseñor Romano- no puede ser arrebatado de su alegría por el mundo, pues es concedida solamente por Dios y coronada con la limpieza de corazón.

“Pues bien, quiero darles cinco consejos, ahora que ustedes se entregan como ofrenda a Dios, a la espera de que, con el poder de la Iglesia, esta ofrenda pueda ser por Él bendecida y consagrada:

Sean vigilantes en lo que ven. Vean aquello que les ayude a pensar solamente en Cristo, y a pensar más y mejor en los demás. Cuiden sus ojos para que tengan la mirada de Cristo, vean como Dios ve y lo que Dios ve. Es una gracia y una tarea. Vigilen sus oídos. No quieran oír y enterarse de todo, para no ser presa de la curiosidad y la ansiedad, a fin de no perder la confianza en Dios y en ustedes mismos, ni tampoco llegar a que los demás pierdan la confianza en ustedes. Escuchen sólo lo que Dios sabe que es necesario. Vigilen lo que hablan. No falten a la verdad, hablen como Cristo y según Cristo si quieren ser ofrenda agradable a Dios. Prediquen a Cristo, para gloria de Cristo y en beneficio del prójimo. Edifiquen a los demás con la verdad, en este mundo plagado de mentiras y saturado de mediocridad.

Procuren no recordar lo que han hecho mal. Esto sólo se hará si lo recomienda el Padre Espiritual o el Confesor. Con ello, evitarán rencores, remordimientos u odios.
Cuiden su imaginación. Piensen sólo en Dios y en el prójimo; sólo así se puede estar disponible en la viña del Señor. Que su deseo sea Dios, que lo que deseen les conduzca a Dios. Así, podrán tener un corazón limpio y alegre. Siempre alegre”.

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