5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

La insurgencia de José María Morelos

Publicado en web el 20 de Diciembre, 2009

Comisión Editorial para el Bicentenario

29Ya hemos visto que cuando Miguel Hidalgo se dirigía a Valladolid tuvo un encuentro con José María Morelos y Pavón en Charo, Michoacán, y ahí le dio poder para que levantara tropas que lucharan por la Independencia en el Sur de la República. Ni duda cabe que el mencionado caudillo observaba minuciosamente los acontecimientos sucedidos a los iniciadores de esta lucha, y el aprendizaje fundamental fue la gran diferencia del ejército manejado por Hidalgo y por Allende.

Nada de multitudes; pocas tropas, pero debidamente instruidas y disciplinadas; no existía comparación entre lo que valía cada combatiente de Morelos con los que lo habían hecho bajo las órdenes de Hidalgo, que más que ayudar, estorbaban. Así que en Zacatula, desde principios de noviembre de 1810, Morelos inicia la acumulación de pertrechos de guerra, contando con tres cañones, uno de los cuales se hizo famoso con el nombre de “El Niño”; caballos, alimentos, y lo principal: 700 hombres. Sin embargo, el Caudillo del Sur pensaba que tanto vale un soldado peleando, como el que da de comer, así que dejaba gente trabajando en el campo.

En Petatlán (también hoy del Estado de Michoacán, junto al Lago de Chapala) se hallaba una compañía de milicias; sacó de ahí cincuenta fusiles y otras tantas lanzas, y se le unieron 103 soldados.

El primer lugar tomado fue Tecpan, que había sido abandonado por el comandante realista para retirarse hacia Acapulco, al acercarse los insurgentes. Ese mismo fue fortificado y, con proclamas, aumentó su ejército; ahí se le unió, el 7 de noviembre, Hermenegildo Galeana y llegó a conjuntar un ejército de dos mil hombres. En esa fecha fue la derrota insurgente en Aculco. Sintiéndose capaz, ordenó a Valdovinos y a Cortés, con setecientos hombres, la Toma del Cerro del Veladero, desde donde se domina Acapulco y gran extensión tierra adentro.

El Gobernador de la Fortaleza de San Diego envió, para atacarles, a Luis Calatayud con cuatrocientos hombres; el combate estaba sumamente reñido y, después de intensos tiroteos, unos y otros se dispersaron confusa y desordenadamente hasta que un insurgente, muchacho tambor, quien para ocultarse mejor se había subido a un árbol, al notar desde lo alto que el enemigo se dispersaba, de inmediato informó a los suyos para que volvieran al campo, en donde recogieron su propio armamento y el que los realistas habían abandonado. Este pequeño detalle convirtió la retirada en victoria, que dio muchos ánimos a las tropas de Morelos el 8 de noviembre de 1810.
(General Cléver Alfonso Chávez, Presidente de la Academia Internacional de Historia Militar).

Fray Bernardo Conde, OFM

De nada sirvieron los diligentes oficios del Obispo de Durango para evitar el fusilamiento del Religioso y Presbítero Fray Bernardo Conde. El escenario del último capítulo de su vida fue la Hacienda de San Juan de Dios; la fecha, el 17 de julio de 1812, y su sangre, una de tantas que debió hidratar el deseo legítimo de un pueblo por sacudirse un yugo que al paso de los siglos se volvió insoportable.

Oriundo de Santiago de Querétaro, formó parte de la Provincia Franciscana de Michoacán; predicador afamado, llegó a ser Definidor de su Orden de Frailes Menores. Residiendo en la Ciudad de Guanajuato, abrazó la Causa de Hidalgo de inmediato, y en calidad de Tribuno, apoyó la defensa de esa capital, sitiada por Félix María Calleja, a mediados de noviembre de 1810, usando argumentos tan fuertes como éstos: que los ‘gachupines’ eran enemigos de los nacidos en Hispanoamérica desde hacía 300 años, y que quien no tomara las armas para defender Guanajuato, recibiría la maldición del Espíritu Santo.

Esta fue su aportación a la Causa y también su ruina. No tomó las armas, pero enardeció los ánimos desde el púlpito en contra de estos ‘gachupines’; esto es, los españoles partidarios del usurpador de la Corona, José Bonaparte: “Señor: justicia te pido contra los gachupines”, dijo alguna vez, en el clímax de uno de sus sermones, mirando al crucifijo que sostenía con una de sus manos.

La derrota de Puente de Calderón no amilanó a Fray Bernardo, que en marzo de 1811, al lado de Mariano Jiménez, dio a éste y a Allende, desde la tribuna sagrada, el título de ‘Príncipes de América’.

En las deposiciones de su proceso, Miguel Hidalgo menciona “que han predicado algunos, como el Doctor Maldonado en Guadalajara y el Religioso Fray Gregorio (sic) Conde en Guanajuato, lo que les ha tolerado desentendiéndose de ello por su propia conveniencia, y consecuencia del empeño en que estaba metido”.

Al sobrevenir la ruina total de los conjurados en la primera fase de la lucha libertaria, en Acatita de Baján, el 21 de marzo de 1811, el fraile fue procesado por infidencia. Se le acusaba de haber instigado a la sedición: “Dijo que no se debía obedecer a Fernando VII”, declara un testigo en su contra.

Junto con otros religiosos, fue remitido a Durango, donde hizo la ofrenda de su vida, razón sobrada por la cual la posteridad debería recordar su nombre y no como hasta la fecha sucede, mantenerlo en el total olvido.

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