Llama la atención, el Cardenal Juan Sandoval, sobre el grave problema de los indocumentados que intentan viajar subrepticiamente por tren
Publicado en web el 27 de Diciembre, 2009Navidad: Ayuda a los más precarios
Muy estimados lectores:
Acabo de pasar una semana en Alemania, invitado por Adveniat, que es una organización del Episcopado de ese país, fundada hace más de 40 años, a través de la cual se organiza, entre los católicos germanos, en tiempo de Navidad, una colecta a nivel nacional, y cuyos fondos recabados, que son abundantes, se destinan a apoyar obras de la Iglesia en América Latina, como Seminarios pobres, iglesias en construcción, Comunidades Religiosas que ejercen la caridad, y otras obras de asistencia social.
Me hicieron una invitación a que fuera, y cuando llegué allá me sorprendieron porque en esta ocasión habían organizado una semana dedicada a México, y querían que una voz de la Iglesia expusiera directamente sus problemas y necesidades.
En dicha semana cayeron las fiestas guadalupanas, y naturalmente se celebraron allá, tanto a San Juan Diego el día 9, como a Nuestra Señora de Guadalupe el día 12, en una iglesia parroquial muy amplia, con grande solemnidad, y además se organizó una alegre Noche Mexicana.
Entre los muchos problemas expuestos que sufre México, susceptibles de recibir ayuda, ellos escogieron uno: El de los migrantes.
Esa cadena silenciosa de jóvenes, ellos y ellas, que procedentes de Centro y Sudamérica, o desde los Estados del Sur de México, caminan constantemente en busca del “sueño americano”, transportándose como “trampas” en trenes cargueros, escondiéndose de la Policía de Migración mexicana que, dicho sea de paso, y según testimonios, suele tratar peor a estos migrantes que la temible “Migra” norteamericana: asaltándolos, golpeándolos, despojándolos del poco dinero que traen, violando a las mujeres y haciéndolos víctimas de otras vejaciones parecidas, como si no fueran personas con dignidad ni derechos qué respetar.
Es, pues, muy dolorosa la travesía de esos pobres migrantes desvalidos, que con grandes sufrimientos poco a poco van internándose en México y subiendo hacia la Frontera, a la que esperan llegar si no es que antes son asaltados, heridos, sufren algún accidente ferrroviario quedando mutilados de sus extremidades, o de plano son muertos en su doloroso trayecto.
La Comisión de Migración del Episcopado Mexicano, consciente de este lacerante problema, ha abierto algunos refugios a lo largo de esa ruta de los trenes, para que ahí puedan albergarse, recibir alimento, dormir y también asearse; por eso, de la ayuda que se está recogiendo en Alemania en estos días por Adveniat, una buena parte se destinará a esa Comisión de Obispos y a las Congregaciones Religiosas, como los Escalabrinianos, que han venido ocupándose de la Pastoral de los Migrantes.
A lo largo de la Frontera de México con EE UU, y puedo decirlo con conocimiento de causa porque ahí estuve laborando como Pastor durante seis años, existen, sobre todo en las grandes ciudades como Tijuana, Mexicali, Juárez, etc., refugios para los migrantes, que tanto de nuestro país como del extranjero llegan ilusionados de poder pasar la línea. A ellos se les auxilia durante dos o tres días, mientras los “pasan”; y también se ayuda a aquéllos que son deportados por las autoridades de Estados Unidos y que regresan totalmente derrotados.
Este es un drama tremendo que sufre nuestra juventud pobre, que a veces no lo sentimos, puesto que lo ignoramos, y es también una vergüenza para nuestro país, en el cual, si hubiese fuentes de trabajo, oportunidades de estudio, eficacia gubernamental y menos corrupción, los jóvenes no se verían obligados a emigrar y sufrir tantas vejaciones.
Aquí mismo en Guadalajara, a lo largo de la vía del tren que va hacia Nogales, puede verse a abundantes migrantes procedentes del Sur, que se quedan por algunos días y que son atendidos por generosas personas de distintas parroquias urbanas que ejercen la caridad y el apostolado, tratando de hacer su paso menos doloroso.
La migración es un derecho fundamental del hombre, sobre todo cuando está en peligro su vida, sobrevivencia o bienestar; es un derecho fundamental que debería de estar por encima de las leyes de los países y de sus fronteras.
A los migrantes nunca los llamamos en la Iglesia, ilegales, pues es una palabra ofensiva; los llamamos indocumentados, pues no son criminales, sino seres humanos que buscan fuera de su país, pero con justa razón, un medio de subsistencia o mejoría para ellos y para su familia, pese a no llevar documentos.
Sinceramente deseamos que haya pronto una legislación justa para los migrantes, a fin de que puedan viajar temporalmente a trabajar y volver a su Patria; para que no estén en Estados Unidos escondidos, no sean perseguidos ni criminalizados, ni tengan qué pasar tantas angustias, sufrimientos y humillaciones.
Por eso mi Mensaje de Navidad lleva este pensamiento: Agradecer a Dios los que estamos bien, los que no hemos tenido que padecer tanto como esos hermanos nuestros, y que por lo mismo nos sentimos obligados a ayudar, como humanos y cristianos, a quienes lo necesitan o se encuentran en esos trances. Deseo a todos una Feliz Navidad, un próspero Año Nuevo, y que Dios los bendiga.
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