5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Iglesia en la Semana | Edición:

Navidad contra la desesperanza

Publicado en web el 27 de Diciembre, 2009

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Pbro. Alberto Ávila Rodríguez

Este encuentro con los amigos y compañeros de los Medios locales, alrededor de los días de Navidad, es esperado con gozo por todos los que formamos la Sección Diocesana de la Comunicación. Nuestro objetivo es reflexionar juntos en torno al Misterio de la Natividad del Señor Jesús, aun en estos tiempos difíciles, o tal vez con mayor razón…

Prisionero en los campos de concentración de la II Guerra Mundial, Jean Paul Sartre escribía:

“…Mi sabiduría me ha dicho que la vida es una derrota; nadie sale victorioso, todo el mundo resulta vencido; todo ha ocurrido siempre para el mal, y la mayor locura del mundo es la esperanza… tenemos que acostumbrar nuestras almas a la desesperanza… ¡Compañeros, cierren sus corazones sobre su pena, aprieten fuerte, aprieten duro porque la dignidad del hombre está en su desesperanza!”
(Jean Paul Sastre: “Barioná el hijo del trueno”. Pastorela navideña presentada recientemente en Guadalajara por la Sección Diocesana de la Pastoral de la Comunicación y el Seminario Diocesano).
Estos sentimientos pueden contagiarse como un virus mortal, sobre todo en tiempos difíciles, y más cuando seguimos la autoritaria democracia de las opiniones, o cuando el dolor por la ausencia de satisfactores de moda nos hace recular ante el primer asomo de sufrimiento.
Decía Gabriel Marcel que “la ley de la mayoría es una regla groseramente pragmática”. Y es glamorosamente más convincente, y nos envuelve, y con mayor facilidad cuando carecemos de una esperanza valedera.
Los criterios del mundo tecnológico, en un falso concepto de felicidad, nos someten a un envilecimiento constante y adormecedor. Por ellos, somos llevados a destruir el respeto que de nosotros mismos tenemos y nos colocan en la pendiente de nuestro propio aniquilamiento; así, no le queda a cada hombre sino desesperar, no sólo intelectualmente, sino vitalmente”.

Del conflicto individual al
comunitario

La crisis que está hoy atravesando el hombre a nivel global es una crisis metafísica. No se trata de hacer “algún” ajuste social para apaciguar la inquietud que procede de lo más hondo del ser. Es necesario hacer un balance humano, que nos permita ver por qué se han suscitado terribles acontecimientos que podrían, incluso, acabar con nuestro universo.
El hombre es siempre un caminante; en lenguaje cristiano le llamamos “peregrino”, y desde esa situación la esperanza sólo puede nacer desde una situación muy personal: yo espero; espero en Alguien, mucho más que en algo.
Los progresos de la técnica se han traducido en un determinado envilecimiento del ser espiritual. Esto no quiere decir que hay que remontar el curso de la historia o que haya que romper las máquinas, sino únicamente, como lo ha dicho Bergson, que “todo progreso técnico debe ser equilibrado por una especie de conquista interior, orientada hacia un control siempre mayor de sí mismo”.

A retomar raíces y fuentes

Pero, sobre todo, habrá que apoyarse en un Ser trascendente para que el hombre tome conciencia, ya que sólo Éste le puede llevar a salvar al mundo en crisis y otorgarle la esperanza de su dignidad de ser hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.
En un tiempo en que nos cuesta encontrar razones para esperar, aquéllos que depositan su confianza en el Dios de la Biblia tienen más que nunca el deber de justificar su esperanza delante de aquéllos otros que les piden cuentas (1 Pedro 3, 15).
Si por definición la esperanza apunta hacia el porvenir, para la Biblia, ella se arraiga en el hoy de Dios. «La fuente de la esperanza está en Dios, que sólo puede amar y que nos busca incansablemente.»
Si el mundo, tal y como lo vemos, está tan lejos de la justicia, de la paz, de la solidaridad y de la compasión, para los creyentes ésta no es una situación definitiva. En su fe en Dios, los creyentes empujan la espera de un mundo según la voluntad de Dios; o, dicho de otro modo, según su amor.
Este es el gran Misterio que esconde la Navidad: la cercanía de Dios que se ha hecho un amor próximo en cada uno. Esperar, es primeramente descubrir en las profundidades de nuestros días una Vida que continúa y que no puede parar. Acoger esta Vida, incluso con un sí de todo nuestro ser.
El Papa Benedicto nos recuerda en su Encíclica Spe Salvi: “Y, ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros?” (Cfr. Jn 1,14).
Queremos ser gente luchadora, llena de retos, colmados de una esperanza inquebrantable a pesar del mundo de dificultades propias y ajenas que nos cercan y que llegan a perturbar nuestra paz interior. Sepamos acoger las felicitaciones de Navidad con pensamientos esperanzadores. Felices Pascuas de Navidad para todos ustedes y sus familias.

Alocución dirigida a los Comunicadores durante el Convivio ofrecido por el Arzobispado en el Seminario Mayor, con ocasión de la Navidad.

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