Preparen el camino del Señor
Publicado en web el 6 de Diciembre, 2009
Juan López Vergara
Nuestra Madre la Iglesia dispone sobre la mesa de la Eucaristía un pasaje del Santo Evangelio que manifiesta la firme certeza de que Cristo ya ha venido y, por tanto, esperamos su retorno, exhortándonos a prepararnos adecuadamente para tan anhelado encuentro (Lc 3, 1-6).
A reorientar la vida
Lucas, digno hijo de su tiempo, reseña el contexto geopolítico en que tuvo comienzo la misión del Bautista, mediante un sucinto esbozo de las coordenadas históricas en que confluyeron el mundo pagano y el pueblo de Israel (véanse vv. 1-2). El evangelista no quiere sólo informar, sino mostrar que la salvación de Dios, venida con Jesucristo, no es algo intemporal, sino que se insertó en una historia y una geografía concretas.
Lucas suele dar singular relevancia teológica a los lugares. La historia de Juan comenzó en el Templo de Jerusalén, indicando así que su vocación surgió del corazón mismo del Antiguo Testamento (compárese Lc 1, 5-25), lo cual significa que el mensaje del Precursor manifiesta la preparación del Evangelio de Jesús: el Cristo; y este mensaje del Bautista es contundentemente claro: quienes anhelen ver la salvación, tendrán que dedicarse a la tarea de enderezar los senderos de su vida (véanse vv. 3-6).
Un hombre de palabra
Para comprender estas palabras del Precursor, debemos constatar que su testimonio se caracterizó por la rectitud de su proceder ante Dios, ante sí mismo y ante los demás (véase Lc 3, 15-16). Esta virtud fue celebrada por el propio Jesús (compárese Lc Lc 7, 24).
El primer paso para crecer como persona radica en nuestra decisión de ser sinceros con nosotros mismos. Preguntémonos, entonces, justo en este tiempo de Adviento, por aquellas barreras que pudieran impedir el arribo de la Buena Nueva a nuestras vidas. Y para ello proponemos un esclarecedor relato: “Érase un joven que consideraba poseer ya la madurez para empezar a formar parte de los miembros adultos de su pueblo y asumir sus responsabilidades. Como prueba le pidieron que buscara durante un lapso que no excediera de tres días, a un león, a un rinoceronte y a un elefante. Debería interceptarlos, y después de observarlos y estar seguro de haber sido visto por ellos sin provocar su agresión, regresar y presentarse ante el Consejo. El aspirante se lanzó a la aventura. Cumplió con los dos primeros desafíos, pero al elefante por más que lo buscó no pudo encontrarlo. Volvió con los suyos y con absoluta honestidad les confesó su fracaso. Aquellos sabios le contaron que habían motivado intencionalmente la estampida de los elefantes, y por eso no los había localizado. Pero orgullosos lo declararon como un adulto, por haber superado la prueba más importante al haberse comportado rectamente sin ocultar la verdad”.
El Evangelio nos exhorta a preparar el camino del Señor, actuando con rectitud, así como predicó con su propia vida Juan, el mayor entre los nacidos de mujer, con la certeza de que “el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él” (Lc 7, 28).
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