5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Año Sacerdotal | Edición:

Sacerdocio Mariano: Admirable evangelizador, fervoroso de María

Publicado en web el 6 de Diciembre, 2009

El reciente jueves 3 de este mes hemos recordado la Memoria Litúrgica de San Francisco Javier, Patrono Universal de las Misiones. A propósito de la Misión Continental, y en este Año Jubilar Sacerdotal, queremos aludir a su amor y devoción a la Santísima Virgen

32Pbro. Tiberio Munari Chiomento
Misionero Xaveriano

Escribía este Santo: “Me he encontrado con gente dura y rebelde al Evangelio siempre que he olvidado de mostrarle la imagen de María cerca de la Cruz del Salvador”. Y es que la Cruz y la Virgen ocuparon siempre un lugar particular en el corazón del llamado “Apóstol de las Indias y del Japón”.

De hecho, en la antigua Capilla del Castillo de Javier, donde nació este Francisco, muy cerca de Pamplona, en Navarra, España, todavía se veneran el Cristo, sonriente, y un cuadro de La Anunciación de Nuestra Señora; los amores más puros de Javier, enraizados en su corazón de niño, de estudiante y de misionero.

Devoción convencida y cultivada

Su amor a la Virgen María se consolidó durante sus estudios de Filosofía y Teología en la prestigiada Universidad de La Sorbona, en París, al lado de otro estudiante, no tan joven como él: Ignacio de Loyola, quien, en los Ejercicios Espirituales, le enseñó a amarla como Madre y Señora de su corazón. A Ella, Francisco, “juró”, con un grupo de compañeros y profesores de la Universidad, defender la Doctrina de la Inmaculada Concepción ¡hasta la sangre!

Terminados sus estudios, el 15 de agosto de 1534, Fiesta de la Virgen Asunta al Cielo, en la iglesia de Montmartre, por las manos de María hizo voto de entregarse a Dios, lo cual cumpliría plenamente, por mandato de la Compañía de Jesús (Orden Religiosa a la que pertenecía), fundando muchos lugares de misión encomendados a los Padres Jesuitas en tierras paganas.

“El Padre de la Corona al cuello”

Durante su largo viaje, a pie, de París a Roma, con sus cinco compañeros, tuvo que pasar por países recién pasados al protestantismo de Lucero. Sin embargo, Francisco jamás dudó de llevar consigo, visiblemente en su persona, la insignia de Nuestra Señora: el Santo Rosario. Al ver a estos animosos Caballeros de María, una mujer, conmovida, exclamaba: “¡Han mentido quienes dicen que el culto a María ha sido abolido!”

Tiempo después, ya en la Ciudad de Goa, en la India, Francisco Javier se haría famoso como “El Gran Padre con la Corona al cuello”. En efecto, portando el Rosario, mediaría en numerosos milagros, haría curación de enfermos, propiciaría la conversión de tantos paganos.

En Japón, nunca dejó de enseñar y de promover el rezo del Rosario. Fruto de ello fue que los cristianos nipones por él convertidos mantendrían esta práctica durante tres siglos como símbolo de su fe y de su ortodoxia católica.

De la India pasó a evangelizar Malaca y las Islas Malucas (el actual Archipiélago de Indonesia), y el 15 de agosto de 1549, en el navío del comerciante chino Aván “El Pirata”, desembrarcó en el Puerto de la Ciudad de Kagoshima, Japón, dando gracias a Dios y a la Virgen por haberlo librado de tantos peligros. “Ella -escribió- es quien continuamente nos encomienda a Dios Padre, de quien todo bien nace y procede, rogándole que siempre nos guarde”.

Cuando el apasionado apóstol se presentó al Duque Takahisa, cerca de Kagoshima, le ofreció en homenaje una pintura muy devota de la Virgen con el Niño Jesús, hermosa obra de un maestro flamenco. El dignatario oriental se mostró extraordinariamente complacido, veneró de rodillas y con gran respeto la imagen y ordenó que todos los presentes hicieran lo mismo, incluida su madre, quien admiró el cuadro. Fue éste el medio para que el Duque les diera permiso a sus súbditos, de hacerse cristianos.

Le faltó China

El “Divino Impaciente”, como le llamaría más tarde el poeta español Pemán, quiso conquistar a China para Cristo, pero murió en la Isla de San Chan, frente a la Costa de Cantón, en la tentativa de misionar en ese inmenso territorio. Dejó este mundo con la Corona del Rosario entre sus manos, murmurando en latín: “Mater Dei, memento mei”; es decir: “Madre de Dios, acuérdate de mí”.

Cuando el filósofo ateo francés Augusto Comte (1798-1857) creó el famoso calendario revolucionario en el que sustituía los nombres de los Santos -¡ya pasados de moda, según la Revolución Francesa!- con el nombre genérico de “Bienhechores de la Humanidad”, no se atrevió a cancelar el nombre de San Francisco Javier, recordando sus excepcionales méritos.

Tan sólo por provenir de un ateo, este reconocimiento dice mucho de la grandeza de vida y magnitud de la obra misionera de este distinguido Santo, quien supo ser un gran apóstol también porque fue un fiel devoto de la que es “Reina de los Apóstoles” de todos los tiempos.

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