Adoro, luego existo
Publicado en web el 2 de Enero, 2010
Juan López Vergara
Hoy celebramos la Fiesta de la Epifanía del Señor, y el Evangelio que nuestra Madre Iglesia ofrece es un relato exclusivo de Mateo, que explaya una serie de simbólicos temas: la inefable dialéctica de la vocación; las variadas respuestas ante el Misterio del niño-Dios, y el ofrecimiento de la vida como el más grande regalo (Mt 2, 1-12).
La iniciativa
corresponde a Dios
Unos apasionados personajes, paganos sabios y piadosos, denominados “magos”, vieron emerger la estrella del Rey de los Judíos y decidieron seguirla para adorarle. La tradición judía anunciaba al Mesías como la estrella que surge de Jacob (véase Nm 24, 17), y conforme a las profecías, los pueblos paganos habrían de rendir homenaje al Mesías (véase Is 49, 23; 60, 6; Sal 72, 10-15). La estrella protagoniza la búsqueda (vv. 2.7.9.10), configurándose en la guía, que los acompañará hasta Belén (vv. 1.5.6.7). Se enfatiza, así, que la verdad se ha manifestado en el movimiento histórico de una persona concreta: Jesús, a quien precede toda una historia anterior ordenada a Él (compárese Miq 5, 1.3; II Sm 5, 2), y de quien emana un movimiento e historia nuevos, que tienen, en Él mismo, su punto de arranque y su punto de mira para continuar adelante (compárese Mt 28, 20).
Diferentes reacciones
Ante la noticia del surgimiento de la estrella, apreciamos tres reacciones: la de Herodes, a partir del poder, que respondió con inaudita crueldad; la de los sumos sacerdotes y escribas, quienes, a pesar de conocer la verdad, permanecieron instalados en una erudición descomprometida e infecunda; y la de los peregrinos, representativa de lo más genuino de toda vida, al ejemplificar esa extraña y misteriosa suma de pasión y acción, resultado de un venir del Otro hacia nosotros y de un salir nuestro hacia el encuentro de Él. Aquellos sabios encontraron al Rey por haberse puesto en camino (véase v. 9), si bien toda búsqueda auténtica está precedida por un encuentro, pues fue hasta que la estrella se detuvo, cuando “se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron” (v. 11).
El mayor regalo
Los obsequios ofrecidos por los Magos simbolizan su reconocimiento hacia Jesús, al significar: el oro, su realeza; el incienso, su divinidad; y la mirra, su naturaleza humana. Pero el mayor regalo consistió en la entrega de su vida, testificada por su búsqueda, que ilustramos con este relato:
“Cuando los Magos decidieron seguir la estrella, entre ellos había uno que no tenía ningún obsequio, y por eso se negó a acompañarlos. Sus colegas le dijeron: “Ánimo, lo importante es visitarlo a Él”. El sabio pobre, reconvino: “No, me sentiría muy mal de llegar con mis manos vacías”. Pero el entusiasmo de sus hermanos acabó por convencerle. Cuando todos entregaban a María sus ofrendas, Ella se vio imposibilitada de continuar abrazando a su Hijo; por tal razón, lo colocó gustosa en los brazos del sabio pobre, quien, conmovido, adoró tiernamente al niño-Dios”.
Puedes seguir las respuestas a esta entrada a través del feed RSS 2.0. Puedes responder o hacer un trackback desde tu sitio.



