12 de septiembre de 2010
Año XII
No. 710

Coahuila, cuna de la Revolución Mexicana

Publicado en web el 31 de Enero, 2010

29Comisión Editorial para el Bicentenario

Hace cien años, el Norte de México dejó de ser el territorio infinito, salvaje e inexplorado que había sido prácticamente durante todo el Virreinato y el primer siglo de vida independiente. Ya el paso de Hidalgo y de sus huestes, primero en escapada y luego en cautiverio, había mostrado los potenciales de aquellas lejanas tierras, que posteriormente, a lo largo del Siglo XIX, irían cambiando su fisonomía gracias al empeño de numerosos hombres de empresa, sobre todo en el campo de la agricultura.
Beneficiarios del capitalismo liberal en su primera edición, muchos de estos hacendados norteños entendieron muy pronto las ventajas del trabajo agrícola a gran escala. El latifundio era por entonces no un problema o una maldición, sino el camino a la prosperidad, tal y como, desde hace ya algunos años, se ha vuelto a visualizar bajo el esquema de que solamente la gran propiedad agrícola es apta para la industrialización del campo; tema, desde luego, bastante delicado, lo mismo ahora que entonces.
Desde luego que la riqueza agrícola del Norte mexicano no es universal; se confina en determinados territorios, respetados por los vastos desiertos que caracterizan a aquella zona, pero también es verdad que la prosperidad alcanzada por los hacendados, gracias a la protección del gobierno porfirista, generó no solamente riqueza, desde luego acaparada, sino además una clase social que pronto fue semillero de inquietudes políticas y sociales.
Baste como ejemplo el clan Madero, sin duda una de las más ricas familias de Coahuila, cuya capacidad material permitió dar a su parentela una educación de muy altos vuelos, particularmente a Francisco Ignacio, destinado por don Evaristo Madero a heredar el patrimonio familiar.
Era don Evaristo un hombre millonario, porfirista a carta cabal en cuanto beneficiario del sistema, protegido y a la vez protector del último Gobernador porfirista de Coahuila, Venustiano Carranza Garza, visionario en sus empresas, que no se ubicaban solamente en Coahuila sino aun en los Estados vecinos, y que, por lo mismo, había enviado a su hijo a formarse tanto en Estados Unidos como en Francia; de ahí que cuando éste regresa y se inclina por las cuestiones políticas de oposición, produjo la primera revolución, pero en el seno familiar.
Por ello, costó mucho trabajo a don Evaristo permitir a su heredero incursionar en ese sinuoso camino, y aun después de tolerarlo, se opondría vivamente a la publicación del libro que su vástago titulara “La sucesión Presidencial en 1910”. Finalmente lo admitió, y el libro acabó siendo todo un éxito, pues a partir de ahí corrió el reguero de pólvora, cuya chispa fue precisamente la sucesión presidencial.
En la campaña de aquel año, el mismo Francisco Madero se lanzó como candidato, pero fue apresado por el Gobierno dos meses antes de las Elecciones, mismas que ganó nuevamente Porfirio Díaz Mori y el repudiado de todos, Ramón Corral, a quién el propio Madero, en carta personal a don Porfirio, le había solicitado que fuese retirado de la fórmula. Comenzaba así la Revolución Mexicana en su versión más legítima y memorable.

Mariano Azuela

Considerado el mayor exponente de la Novela de la Revolución Mexicana, el escritor jalisciense de Lagos, Mariano Azuela González (1873-1952), amigo y admirador del presbítero y polígrafo Agustín Rivera y Sanromán, dejó su tierra natal para cursar los estudios humanísticos en la Escuela Preparatoria del Seminario Conciliar de Guadalajara, que todavía ocupaba el antiguo Claustro de Santa Mónica.
Como no aspiraba al estado eclesiástico, concluidos los estudios de Bachillerato cursó Medicina; sin embargo, la formación humanística que recibió en el Seminario despertaría en él al notable narrador, dramaturgo y ensayista, el primero y más importante de los literatos involucrados en describir el proceso que se vivió en México entre 1907, fecha en la que publicó ‘María Luisa’, y 1911, cuando dio a las prensas ‘Andrés Pérez, maderista’.
En sus novelas ‘Fracasados’ y ‘Mala Yerba’, de 1908 y 1909, respectivamente, del lastre del decadentismo literario costumbrista, lo salva el retrato fiel de la tensión social previa al estallido de la lucha armada; mas será en ‘Los de abajo’ donde aparezca la pluma y las principales virtudes literarias de Azuela: Claridad para exponer los hechos, amargura, ironía, denuncia social y oposición a la dictadura de Huerta.
El impacto de esta célebre obra será tal, que servirá de paradigma para un filón importante de la narrativa nacionalista.
Algo muy notable para la comprensión de los hechos transmitidos por Azuela en sus obras literarias, fue su participación como médico militar en las tropas del villista Julián Medina; experiencia de la cual escribiría luego en ‘Los de abajo’.
Azuela llegó a ser Jefe Político de Lagos y Director de Educación en Jalisco, y como escritor reconocido, recibiría en 1942 el Premio Nacional de Literatura de México. Al año siguiente, participó como miembro fundador de El Colegio Nacional, y en 1949 fue condecorado con el Premio Nacional de Artes y Ciencias.
Don Mariano ejerció un férreo magisterio entre los apologistas y glosadores literarios de la Revolución, bagaje que en los años treinta serviría para crear el estereotipo del México rural y urbano, perpetuado por la filmografía en famosas películas de los años treinta y cuarenta del siglo pasado.

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