Cofrades en el ministerio sacerdotal , Estrellas fugaces
Publicado en web el 24 de Enero, 2010“Al brillar un relámpago nacemos.
Y aún dura su fulgor cuando morimos…”
Gustavo Adolfo Bécker

Pbro. Óscar Maldonado Villalpando
Porque la vida es así, el día 2 de enero, estrenando la década, se despidió de nosotros Isaura Morales Hernández; fue llamada a la Casa del Padre. Ella fue muy conocida en esta zona de la ciudad, de la Colonia Independencia; persona muy estimada y una buena cristiana.
Fue por el rumbo del Estadio Jalisco donde se estableció una vez que falleciera su hermano, el Padre Bernardino Reinaga Hernández. Él fue un sacerdote bueno y sencillo, de ameritada trayectoria. Mas el sacerdote no es solo, no se hace solo, no trabaja solo; por lo tanto, tuvo mucho qué ver Isaura, quien no se casó y optó por dedicar su vida a acompañar al eclesiástico.
De los altos de Jalisco
El Padre Bernardino nació en El Triunfo de Milpillas, Jalisco, pórtico de Tepatitlán de Morelos. Esto sucedió el 21 de mayo de 1914. Sus padres fueron Gabriel Reinaga y Felícitas Hernández; sus abuelos paternos: Agapito Reinaga y María Wenceslada Fernández; maternos: José Ignacio Hernández y María Isidra Ruvalcaba.
Murió don Gabriel, el papá, y doña Felícitas contrajo nuevas nupcias. Bernardino, por su parte, ingresó al Seminario Diocesano de Guadalajara, distinguiéndose por ser un muchacho piadoso, con el típico perfil de la gente alteña. La nueva familia estaba en situación económica muy precaria y pasaba hambre. Ante ello, el joven Bernardino, en sus vacaciones, salía a trabajar para allegar recursos al hogar; incluso llegó a suspender sus estudios para dedicarse a ayudar por entero a su casa.
Vocación perseverante y fiel
Con todo, logró llegar al sacerdocio el 24 de abril de 1943. Fue un grupo de ordenados muy bendecido, del cual aún hay pocos pero muy valiosos sobrevivientes. De ahí saldrían tres Obispos: don Carlos Quintero Arce, oriundo de Etzatlán, hoy Emérito Arzobispo de Hermosillo, y por largo tiempo pieza esencial en el cuadro clásico de formadores del Seminario en los años cincuentas, junto al Rector, don José Salazar López, y acompañantes, además de que fue Prefecto de Estudios.
También, de aquella generación, don Adolfo Hernández Hurtado, oriundo de Arandas, primer Obispo de Tapachula y don Antonio Sahagún López, Obispo de Linares y luego (ambos) Auxiliares de Guadalajara. Asimismo sobreviven aquí en Guadalajara, los Padres Avelino Sánchez Ruiz, José Guadalupe Pineda Velázquez y Raúl Navarro Ramos, así como el Padre Juan Pérez Gallegos, edificador del Templo de San José, de Arandas, y “padre” de la emblemática campana monumental.
Ellos experimentaron, de niños, el tiempo aciago de La Cristera, y les tocó vivir con fervor incomparable su sacerdocio, a la manera de su época.
Fue, pues, la fúlgida mañana de ese Sábado de Gloria, 24 de abril, cuando un grupo numeroso de ordenandos era cubierto por la gracia sacerdotal de manos episcopales de don José Garibi Rivera, el sexto Arzobispo Metropolitano, en la Catedral de Guadalajara.
Generosa compañía
en todas partes
El Padre Bernardino fue Capellán de Huitzila, en Zacatecas, en 1946; luego Vicario Cooperador de San Cristóbal de la Barranca; Vicario Coadjutor de El Teúl, en 1956; Vicario Fijo de Santiaguito de Velásquez; Párroco de Juanacatlán, donde apoyó la construcción del nuevo templo, en 1958; asimismo, Capellán de San José Obrero, de Zapopan, en 1977, y Capellán Auxiliar del Templo Expiatorio, en 1981. Párroco de San Juan Bautista de Mexicaltzingo hasta el 27 de febrero de 1986. Adscrito en el Corazón Eucarístico de Jesús, en octubre de 1986, donde falleció el 21 de diciembre de 1989.
Doña Isaura, desde los 14 años, acompañó a su hermano en todos los destinos y circunstancias de su ministerio sacerdotal, siendo una mujer muy estimada en las distintas comunidades. Y cuando faltó su hermano, ella permaneció en su casa de la zona antes mencionada, hasta que quedó imposibilitada y tuvo que ser atendida por sus sobrinos.
Con todo, aun en el lecho de enferma, vivía la alegría, la sed de Eucaristía, fortalecida con los años de servicio en la viña del Señor al lado de su hermano consagrado, hasta que su vida se apagó, como una estrella fugaz, al despuntar de este año, en que fue llamada a recibir el premio por su apoyo al servicio del sacerdocio.
Incluso varias personas de Juanacatlán vinieron a acompañarla, impulsadas por la gratitud que se supo ganar…
El que ayuda a un profeta, a un apóstol, obtendrá, sin duda, el galardón de profeta, de apóstol…
Acepta, Señor, en tu celestial morada a “Chahuita”, como le decíamos de cariño.
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