29 de agosto de 2010
Año XII
No. 708

El Seminario está de plácemes Ordenaciones Sacerdotales y Diaconales

Publicado en web el 2 de Enero, 2010

30Diác. Adrián Ramos Ruelas, 4o. de Teología
Diác. José Guadalupe Rodríguez Acevedo, 4o. de Teología

Desde el 19 de junio del año pasado y hasta el 10 de junio del presente año, la Iglesia Católica ha puesto su mirada en los sacerdotes de todo el mundo, proponiendo como modelo a San Juan Bautista María Vianey, mejor conocido como el Santo Cura de Ars, y ha puesto también a consideración el ejercicio del sacerdocio común de los fieles adquirido en el Sacramento del Bautismo.

 

Nuestra Diócesis de Guadalajara ha vivido, en días recientes, el gran obsequio que el Padre Celestial ha concedido a nuestra Iglesia: una pléyade de 39 diáconos y 7 sacerdotes, que han de perpetuar el Sacramento del Orden con la fuerza del Espíritu Santo, a través de la imposición de manos del Obispo y con la oración consecratoria. De ese modo, embellecen a la Iglesia Diocesana con su testimonio y nutren con su servicio y su ministerio las múltiples necesidades espirituales del Pueblo de Dios, sediento de sacerdotes y de vocaciones consagradas, según el corazón de Cristo, en el contexto de la Misión Continental puesta en marcha desde hace casi siete meses.

 

El Orden Sacerdotal

La Iglesia entera es un pueblo sacerdotal. Por el Bautismo, todos los fieles participan del Sacerdocio de Cristo. Esta participación se llama “sacerdocio común de los fieles”. A partir de este sacerdocio, y al servicio del mismo, existe otra participación en la misión de Cristo: la del ministerio conferido por el Sacramento del Orden, cuya tarea es servir en el nombre y en la representación de Cristo-Cabeza, en medio de la comunidad.

El sacerdocio ministerial difiere esencialmente del sacerdocio común de los fieles porque confiere un poder sagrado para el servicio de los fieles. Los ministros ordenados ejercen su servicio en el Pueblo de Dios mediante la enseñanza (munus docendi), el culto divino (munus liturgicum) y por el gobierno pastoral (munus regendi).

Desde los orígenes, el ministerio ordenado fue conferido y ejercido en tres grados: el de los Obispos, el de los Presbíteros y el de los Diáconos.

 

El Orden Del Diaconado

Los Diáconos son ministros ordenados para las tareas de servicio de la Iglesia; no reciben el sacerdocio ministerial, pero la ordenación les confiere funciones importantes en el ministerio de la palabra, del culto divino, del gobierno pastoral y del servicio de la caridad, tareas que deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su Obispo.

El Sacramento del Orden es conferido por la imposición de las manos, seguida de una oración consecratoria solemne que pide a Dios, para el ordenando, las gracias del Espíritu Santo requeridas para su ministerio. La ordenación imprime un carácter sacramental indeleble.

La Iglesia confiere el sacramento del Orden únicamente a varones bautizados, cuyas aptitudes para el ejercicio del ministerio han sido debidamente reconocidas. A la autoridad de la Iglesia corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a uno a recibir la ordenación.

En la Iglesia Latina, el Sacramento del Orden sólo es conferido ordinariamente a candidatos que están dispuestos a abrazar libremente el celibato y que manifiestan públicamente su voluntad de guardarlo por amor del Reino de Dios y el servicio de los hombres.
Corresponde únicamente a los Obispos conferir el Sacramento del Orden en cualesquiera de los tres grados.

 

El Celibato Sacerdotal

La promesa de celibato constituye la primera acción ritual de la ordenación del Diácono. El candidato expresa el consentimiento de permanecer continente (sin vínculo conyugal marital) de manera pública, ante el Obispo.

La perfecta continencia por el Reino de los Cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo (LG 42).

Por la virginidad o celibato guardado por amor del Reino de los Cielos, se consagran los Presbíteros de nueva y excelente manera a Cristo, se unen más fácilmente a Él con corazón indiviso, se entregan más libremente, en Él y por Él, al servicio de Dios y de los hombres, sirven más expeditamente a su Reino y a la obra de regeneración sobrenatural y se hacen más aptos para recibir más dilatada paternidad en Cristo. (Decreto sobre el Ministerio y Vida de los Presbíteros, 16).

En la Encíclica Sacerdotalis coelibatus, el Papa Paulo VI aduce el ejemplo de Cristo, que “permaneció toda la vida en el estado de virginidad”. Y recuerda que es el mismo Jesús quien propone este ideal de vida para los que quieren seguirle más de cerca (Nn 22-23).

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