5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Palabra del Pastor | Edición:

Grande Obra de Misericordia: Dar trabajo al que no tiene

Publicado en web el 31 de Enero, 2010

Muy estimados lectores:
Casi no hay día que no dé una o más recomendaciones de trabajo para solicitantes que, por no tenerlo, acuden a mí con caras tristes, angustiadas, al borde de la desesperación, pero con la esperanza de que pueda apoyarlos ante instancias del Gobierno o de la Iniciativa Privada.
Me resulta doloroso ver a tantos jefes de familia que, teniendo mujer e hijos qué mantener, carecen, desde hace mucho tiempo, de un trabajo remunerado.
Esto me lleva a pensar que, en estos tiempos, el abrir fuentes de trabajo o darle trabajo a un prójimo desocupado en las ya establecidas, ha venido a constituirse en una verdadera obra de misericordia y en un acto fraterno de caridad cristiana.
Por desgracia, el desempleo y la desocupación en México siguen avanzando, y esto se debe, a mi parecer, a varios motivos: primero, porque somos un pueblo subdesarrollado y mal organizado; segundo, porque la gran industria continúa tecnificándose y disminuyendo; por tanto, sin necesidad de mano de obra. Les pongo, por ejemplo, el uso de un tractor que hace las labores de diez, quince o más agricultores; o el de una fábrica de hilados y tejidos, que hace medio siglo requería de un trabajador por cada máquina, y ahora esas máquinas están robotizadas y programadas por computadoras manejadas por un técnico especializado. He ahí algunas causas de tan creciente desocupación.
Otra causa de esta crisis de empleo en nuestro país se encuentra en el crimen organizado, pues los constantes secuestros de hombres de empresa han hecho huír a otros, quienes ante la constante amenaza de los delincuentes, prefieren cerrar sus negocios, sacar su dinero y familia de México y ponerse a salvo en otro lugar.
Yo creo que quienes están al frente del crimen organizado tendrían que caer en la cuenta de que están destruyendo a la Patria, que están causando la miseria de un número cada vez más elevado de personas que se quedan sin trabajo, por su culpa. Sin embargo, también el propio Gobierno es causante de la falta de trabajo; ese mal Gobierno que tenemos, que en vez de alentar las actividades productivas, se ocupa de ponerles mil trabas mediante trámites, permisos y requisitos que tardan meses y hasta años en aprobarse; a menos, claro está, de que se cumpla la exigencia de repartir jugosas “mordidas”; mas, cuando por fin logra una empresa o negocio establecerse, ese mismo Gobierno lo agobia con impuestos y contribuciones tales, que desalientan cualquier inversión.
A todo esto podría añadirse una causa que, esperamos, sea transitoria: la crisis y depresión económica mundial, que ha restringido las transacciones comerciales en todos los órdenes, y que, desde luego, ha incidido en la pérdida de empleos. Esta falta de trabajo y de ingresos ha producido un sufrimiento social de efectos realmente desastrosos, pues en primer lugar engendra conflictos familiares, ya que un desempleado no puede llevar comida a su familia; vienen el hambre, la tensión, la desesperación, los pleitos y hasta las separaciones y disolución del núcleo familiar. También, la falta de empleo y de dinero produce retracción social, pues los carentes de ingresos tienen que renunciar a hacer invitaciones a sus familiares y amigos a reuniones y festejos acostumbrados; ya no hay más diversiones ni paseos, y como están pobres y apartados de toda actividad social, terminan repudiados por sus semejantes, generándoles angustias, resentimientos y desesperación tales, que no pocos terminan en el suicidio. De ahí, pues, mi insistencia en que, en estos tiempos, el dar trabajo a quien se encuentra sumido en el desempleo y miseria, constituye una obra de misericordia que podría ser añadida a las consideradas tradicionalmente como tales en la Doctrina de nuestra Iglesia Católica.
Urge, por tanto, que ante esta terrible situación, los Gobiernos, en cualquiera de sus niveles, ejerzan sus enormes presupuestos en obras de infraestructura, que impulsen, sobre todo, a la industria de la construcción, donde se puedan emplear muchos trabajadores que devenguen al menos un salario con el cual puedan comer ellos y su familia, siquiera mientras se supera esta crisis.
Y también, que los empresarios que tengan posibilidad de cumplir con esta obra de caridad, lo hagan, abriendo fuentes de empleo o manteniendo abiertas las ya existentes, como lo han hecho muchos, por fortuna, los cuales, a pesar de la depresión, aunque hayan tenido qué rebajar salarios o restringido horarios de labores en sus plantas productivas, se han abstenido de despedir Personal.
Hay que cumplir, cada quien de acuerdo a sus posibilidades y circunstancias, con esta grande obra de misericordia, pues al dar empleo a quien no lo tiene, se estará también cumpliendo con otra: dar de comer al hambriento.
Dios los ha de bendecir

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