5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

José María Morelos, hacia la Toma de Acapulco

Publicado en web el 10 de Enero, 2010

29Gral. Cléver Alfonso Chávez
Presidente de la Academia Internacional de Historia Militar

Este acontecimiento hizo que la moral de los insurgentes se elevara bastante, que tuvieran mayor confianza en sí mismos y, de hecho, iniciaron ataques a otros puntos para tener rodeado el Puerto de Acapulco: Las Cruces, el Marqués, San Marcos y Aguacatillo. Morelos ordena organizar el campo, haciendo obras de defensa, trincheras, trampas y parapetos. Son atacados en constantes combates por los realistas, y son rechazados. Iba acercándose el Comandante Paris al frente de la Brigada de Oaxaca con mil quinientos hombres que se unen a los que ya existían; hacen un ataque de un día y se retiran; después de cinco días, y ya con dos mil hombres, se va a la carga en tres columnas, protegidas en las alas y con la caballería de retaguardia, pero llevando dos cañones al frente.

Con mucho brío atacan en El Veladero, trepan por las escabrosidades y cuando, al parecer, ya no había obstáculos, se encuentran enfrente del “Niño”, cañón servido por Morelos. Espantosas son las escenas, caen realistas por los obuses, pero además incurren en las trampas y son golpeados por las piedras de las hondas; truena la fusilería y en los lugares planos ataca la caballería, todo lo cual produce mortal efecto en los atacantes, que se retiran a Tres Palos, dejando cadáveres y prisioneros.

Estas acciones provocaron consternación a los realistas y, en cambio, más adhesiones de simpatizantes de la Independencia. No obstante, para las fuerzas insurgentes hubo angustia porque casi se les acaba el parque y, con tropas llegadas de Acapulco, estaban prácticamente rodeados.

Entonces Morelos entabla comunicación con un Capitán realista resentido, Mariano Tabares, y éste colabora en el plan. En la noche del cuatro de enero de 1811, pudo llevar el Coronel insurgente Julián de Ávila a 600 hombres al campo enemigo para atacarlo por sorpresa de manera impetuosa y decidida; fue un “sálvese el que pueda”, y el mismo Paris huyó, aprovechando la oscuridad.

Esta acción intempestiva dio como fruto el capturar a ochocientos prisioneros, setecientos fusiles, cinco cañones y 52 cajones de parque, gran cantidad de víveres y otros pertrechos. Los prisioneros fueron conducidos a Tecpan.
Con las principales alturas que dominan Acapulco en su poder,

entonces ya se sintió Morelos con gran fortaleza para intentar tomar el puerto y la Fortaleza de San Diego.

El señor cura José Ignacio Couto

Comisión Editorial para el Bicentenario

Muchas páginas podrían redactarse con las peripecias de uno de los caudillos más aguerridos de la insurgencia en México, el señor Cura don José Ignacio Couto. Presbítero del Clero de Puebla, oriundo de Ori¬zaba y Doctor en Teología, su simpatía por la Independencia comenzó a primera hora, en 1810, siendo Párroco de San Martín Texmelucan. Sus expresiones a favor del Movimiento le valieron, de las autoridades civiles, la suspensión de su oficio, mas no su empeño en gritar a los cuatro vientos el rumbo que él consideraba debían asumir los habitantes de los dominios hispanos en América.
Su amistad con Guadalupe Victoria le granjeó el destierro en 1813, decretado por el Gobernador de Puebla, sólo que mientras era conducido a Veracruz, a fines de ese año, pudo fugarse, y desde Tehuacán entró en contacto con el también Cura y General José María Morelos y Pavón.

Ya en las filas insurgentes, desempeñó algunos oficios de arbitraje, y desde noviembre de 1814, la Comandancia Militar de Huatusco. Siendo miembro del Congreso de Tehuacán, a su disolución, Guadalupe Victoria lo ascendió a Teniente Coronel. Su carrera militar fue azarosa.

Para 1817 dominaba la Comarca de Maltrata, haciendo mancuerna con un hermano suyo, hasta que el Teniente realista Fernando Cubas derrotó a su gente en Coatepec. El Padre Couto pudo escapar, atrincherándose en el Fuerte de Palmillas, el cual fue sitiado y vencido, pese a su heroica resistencia, el 28 de junio de este último año. Entre los prisioneros cayó el Doctor Couto, que declinó acogerse al indulto.

Reo de muerte, salvó la vida gracias a la intervención del Párroco de Córdoba. Se le recluyó entonces en la cárcel episcopal de Puebla. Sometido a Consejo de Guerra, el Obispo Antonio Pérez, su Prelado, demoró cuanto pudo su degradación y favoreció la fuga del reo en la víspera de su ejecución.

Oculto en una bóveda del Templo del Espíritu Santo, no tuvo más remedio que acogerse al indulto, que le fue concedido en junio de 1820, bajo la pena de residir en Atlixco. Aún vivió lo suficiente como para ver consumados sus anhelos libertarios, muriendo poco después de la Consumación de la Independencia.

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