5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Palabra del Pastor | Edición:

La Voluntad de Dios y su Providencia

Publicado en web el 24 de Enero, 2010

Muy estimados lectores:
Estamos impresionados ante la magnitud de la tragedia que produjo el terremoto de Haití, que arrasó sobre todo a su Capital, Puerto Príncipe; una desgracia no vista en muchos años, pues al menos en los de nuestra vida no había habido un terremoto tan destructor y que generara tan elevado número de muertos, heridos y desaparecidos.
¿Cuál ha sido el mensaje de la Providencia Divina? Nos resulta difícil interpretar los designios del Señor. Ya decía el Profeta Isaías: Mis caminos no son vuestros caminos, y mis vías no son vuestras vías.
Desde un punto de vista meramente humano, a algunos, quizás, les parecería lógico que a pueblos explotadores, que maltratan y esclavizan a sus semejantes, que arman sangrientas guerras, les pudiese caer un castigo divino; pero que sobrevenga tamaña desgracia y dolor a un país tan pobre, desarrapado, caótico, desprovisto de tantas cosas, ¿por qué? Sería temerario conjeturar que se trata de un castigo de Dios, porque sería pretender que Dios castiga a los más pobres, humildes y desheredados; y eso no es de pensarse, pero tampoco, como digo, cabe la explicación y entendimiento de su Providencia y voluntad divina.
Acaso, con esta catástrofe, Dios quiso que los ojos del mundo se volviesen hacia ese país, que desde hace muchas décadas ha venido padeciendo marginación, insalubridad, hambre, enfermedades, desorganización, falta de buenos gobiernos, de tal manera que ha sido considerado siempre el más pobre y atrasado de América Latina y tal vez del mundo. A lo mejor la Providencia de Dios se ha valido del terremoto para hacer que los pueblos más ricos o en mejores condiciones de Haití, se centren en él y le tiendan la mano, mas no sólo en esta coyuntura angustiosa y dramática, sino que busquen la manera de apoyarlo de modo constante, a mediano y largo plazos, para rescatarlo de su ancestral y crónica miseria.
Por ahora, ante esta terrible desgracia, muchas voluntades se han movido y unido para ayudar, y nuestra ciudad no ha sido la excepción, mostrando la generosidad de su gente, que de manera individual o a través de organismos e instituciones ha venido aportando y enviando ayuda urgente para los damnificados, pese a las dificultades que para su distribución se ha encontrado en ese país devastado e incomunicado.
La Iglesia de Guadalajara está recabando también ayuda, aunque hemos pensado que lo mejor no es apresurarse a enviarla ahora mismo, cuando está llegando tanta y de tantas partes. Lo más seguro es que dentro de un mes o dos, cuando para los Medios Haití deje ya de ser la noticia, comenzarán también a olvidarse de sus necesidades, como sucedió, por ejemplo, con las inundaciones de Tabasco, cuando después de dos meses, el Obispo envió este mensaje: “Ahora sí, mándenme ayuda, porque ya nadie se acuerda de nosotros”.
De ahí que hayamos decidido que dentro de un mes, dos, o tres, cuando ya casi nadie recuerde la tragedia, se enviará el apoyo, y a la vez se exhortará a la comunidad para que continúe auxiliando a los hermanos haitianos.
Nuestra tierra, aparentemente tan sólida, es muy frágil, y la vida sobre ella es un permanente milagro de equilibrio, que está constantemente expuesto a inesperadas e impredecibles hecatombes, como terremotos, maremotos, erupciones volcánicas, calentamiento global y otros fenómenos semejantes. No estamos, pues, seguros aquí ni podemos afirmar que dominamos las fuerzas de la Naturaleza, que es obra de Dios, y cuyo comportamiento está en manos de su Providencia.
Por lo tanto, debemos invocarla y pedir al Señor que nos libre de esos peligros y no tengamos qué sufrir también nosotros una calamidad semejante a la que acaba de asolar a esa isla. Y, a este propósito, debemos también orar por el eterno descanso de los miles y miles que ahí fallecieron, y para que aquéllos que quedaron heridos, huérfanos, sin techo, sumidos más aún en su hambre y miseria, no dejen de recibir ayuda y muestras de solidaridad humana y caridad cristiana, tanto ahora como en el futuro.
Que Dios los bendiga.

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