Niños juguete (toy children)
Publicado en web el 31 de Enero, 2010La adopción de niños por parte de parejas homosexuales es una cuestión que se ha convertido en un tema recurrente de quienes se dicen abanderados del liberalismo, que señalan que si ya se está dando, de hecho, que parejas homosexuales tengan bajo su mismo techo a niños, habrá que legalizarlo. Es un asunto que, primero, hay que dirimir ampliamente, para ver si esto es real.
Es verdad que algunos pequeños están creciendo bajo el techo de parejas homosexuales. Y, en base a que el hecho está teniendo lugar entre nosotros, algunos argumentan que la legislación debe ofrecer un marco legal a lo que está ocurriendo. El razonamiento, obviamente, carece de sentido. ¿Por el hecho de que una cosa ocurra, ha de ser reconocida legalmente, sin más consideraciones?
En tal sentido, entonces, deberíamos legalizar todos los asesinatos, el narcotráfico o cualquier otra actividad que ya se hizo común para muchos. Luego, ¿para qué están las leyes, para tutelar el orden o para ponerse al servicio de lo que sucede en la calle? El caso es que este principio suele ser mantenido según conveniencia, ya que a nadie se le ocurre decir que la Ley deba despenalizar el robo, por ejemplo, basándose en el hecho incuestionable de la existencia de los carteristas y asaltantes.
Argumenta, este principio, que la Ley no debe estar basada en lo que ellos denuncian como filosofías pseudocristianas, sino que debe ser dócil para aceptar la realidad actual. Es un espejismo la motivación, ya que la experiencia nos dice que los niños arrastran graves complejos al ser adoptados por parejas homosexuales, en contraste con sus compañeros que tienen padre y madre.
Y no es que los homosexuales, por naturaleza, sean malos o menos buenos que los heterosexuales, o más malos que otros; no. Sólo aplica el sentido común: se necesita lo femenino y lo masculino delante del niño. El ejemplo lo tenemos, además, en los hijos de padres (papá o mamá) solteros. Y no es que tampoco ésta sea la condición que los hace buenos o malos, sino que, simplemente, lo requieren para su vida, como cada uno hubiera deseado tener su papá y su mamá bien diferenciados y creciendo juntos. Lo demás es elección propia.
Como de ordinario, cuando no se tienen argumentos de fondo, se culpa de tal discriminación a la mentalidad social retrógrada. La solución que se propone es clara: hay que resistir, aunque los niños sufran, para conseguir así que aquella mentalidad cambie.
Al margen de falacias, lo que debemos denunciar es que se utiliza a los menores como instrumento de presión ideológica. No se puede aceptar que los más inocentes se conviertan en herramienta reivindicativa en pro de emancipaciones que no pueden fungir bajo la tutela femenina y masculina bien definida.
Al dictar cualquier Ley, a quien debe protegerse prioritariamente es al niño como objetivo, no como medio, porque se trata de una persona, no de un objeto, no de un juguete o de un artículo de uso. En la adopción de niños, incluso cuando se trate de parejas heterosexuales, habría que preguntarse si responde a una necesidad integral de familia o es por ‘el gusto’ de tener un hijo. En todos los casos, no debe corresponder sólo al deseo de ser consolados respecto a la imposibilidad biológica de ser padres, y que no satisface ninguna necesidad de la infancia abandonada. O se busca lo mejor, aunque no se llegue a conseguir, pero que no disminuya la intención, o mejor no ‘jugar’ con los infantes.
En la más reciente celebración de la Sagrada Familia, Benedicto XVI afirmó que “Dios, habiendo venido al mundo en el seno de una familia, manifiesta que esta institución es camino seguro… De ahí que uno de los mayores servicios que los cristianos podemos prestar a nuestros semejantes es ofrecerles nuestro testimonio sereno y firme de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, cuidándola y promoviéndola, pues ella es de suma importancia para el presente y el futuro de la Humanidad”. Con esto nos quedamos.
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