5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

Un texto que levantó los ánimos (II)

Publicado en web el 2 de Enero, 2010

29Comisión Editorial para el Bicentenario

ontinuando con la publicación de las grandes conclusiones a que llegaba Francisco I. Madero González en su obra “La sucesión presidencial”, ofrecemos aquí otras cinco, en que se destaca la confianza que él ponía, por esos años, en la formación de nuevos partidos políticos, especialmente el que el propio Madero conducía. Cien años después, advertimos, desde luego, que ya no es esa la solución, puesto que en nuestra época ha fracasado lo mismo la reforma que la fundación de nuevos partidos, rápidamente arrasados por la corrupción.

Destaca, también, la búsqueda que Madero propone, de acuerdos y equilibrios con el afán de rescatar la democracia y evitar la violencia de las guerras civiles:

7ª Que buscar un cambio por medio de las armas, sería agravar nuestra situación interior, prolongar la era del militarismo, y atraernos graves complicaciones internacionales.

8ª Que el único medio de evitar que la República vaya a ese abismo, es hacer un esfuerzo entre todos los buenos mexicanos para organizarnos en partidos políticos, a fin de que la voluntad nacional esté debidamente representada y pueda hacerse respetar en la próxima contienda electoral.

9ª Que el partido que mejor interpreta las tendencias actuales de la Nación será el que proponemos: “El Partido Nacional Democrático”, proclamando sus dos principios fundamentales: LIBERTAD DE SUFRAGIO Y NO-REELECCIÓN.

10 ª Que si el General Díaz no pone obstáculos ni permite que los pongan los miembros de su administración para la libre manifestación de la voluntad nacional, y se constituye en el severo guardián de la Ley, se habrá asegurado la transformación de México sin bruscas sacudidas; el porvenir de la República estará asegurado, y el General Díaz, reelecto libremente o retirado a la vida privada, será uno de nuestros más grandes hombres.

11ª Que cuando el Partido Nacional Democrático esté vigorosamente organizado, será muy conveniente que procure una transacción con el General Díaz para hacer una fusión de las candidaturas, según la cual el General Díaz podría seguir de Presidente, pero el Vice-Presidente y parte de las Cámaras y de los Gobernadores de los Estados serían del Partido Nacional Democrático. Sobre todo, se estipulará que en lo sucesivo haya Libertad de Sufragio y, si es posible, desde luego, se podrá convenir en reformar la Constitución en el sentido de no-reelección.

 

A fuego cruzado

El 30 de enero de 1915, al cabo de unas horas de arresto, el Teniente carrancista Enrique Vera, contra todo orden y legalidad, dispuso la ejecución del joven Presbítero tapatío David Galván Bermúdez. (*1881). Tenía él resentimientos personales en contra del eclesiástico, del que un tiempo fue condiscípulo, pero el pretexto fue el intento del Padre Galván, de auxiliar espiritualmente a los heridos del albazo protagonizado durante las primeras horas de ese día, en la Capital de Jalisco, escenario de un encontronazo entre villistas al mando de Julián Medina, deseosos de recuperar el control de la ciudad, y los carrancistas, bajo la jefatura del General Manuel Macario Diéguez.

David Galván fue uno entre cientos de víctimas del militarismo que engulló las reivindicaciones legítimas que se debatieron en diversos foros a raíz de la caída del régimen porfirista, pero también uno de los más activos militantes del catolicismo social de los primeros años del Siglo XX en Jalisco.

Su trayectoria, prematuramente tronchada, comenzó desde su estancia en el Seminario Conciliar, cuando se hizo cargo de la publicación ‘Voz de Aliento’. La continuó ya ordenado Presbítero (1909), ejerciendo su apostolado entre los obreros, a favor de los cuales promovió gremios y sindicatos.

Fue Capellán del Hospital de San José y del Orfanato de La Luz, y muy elogiado Maestro en el Seminario.

Considerando en peligro su integridad, los Superiores lo enviaron a la Vicaría de Amatitán en mayo de 1914. A fines de ese año, Enrique Vera lo hizo prisionero, y le hubiera aplicado con gusto la ‘ley fuga’, pero las circunstancias no se lo permitieron, limitándose a confinarlo en la Penitenciaría del Estado, de la que salió por falta de elementos.

Sin embargo, no mucho después, su valor le colocó de nuevo ante la mira de su enemigo, que en esta ocasión sí pudo consumar su fechoría.

La muerte cruenta del Padre Galván se grabó en la memoria de los tapatíos, que al día siguiente de su martirio -así lo consideró la autoridad de Juan Pablo II en el año de 1992-, formaron un tumultuoso e incontable cortejo del velatorio al Panteón de Mezquitán para manifestar no sólo su duelo por la muerte de un inocente, sino también su repudio al abuso del poder, del que hicieron gala las facciones militarizadas que esquilmaron los anhelos de un auténtico cambio social.

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