5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

Camino a la Revolución

Publicado en web el 28 de Febrero, 2010

29Comisión Editorial para el Bicentenario

Alentado Francisco I. Madero González por la posibilidad de una campaña electoral respetada por el Gobierno, funda, el 21 de mayo de 1909, el Centro Antirreeleccionista de México, que acuñó el inmortal lema “Sufragio efectivo: no reelección”. El 15 de abril de 1910, el propio Madero fue elegido por este Centro como candidato para contender en la justa electoral de ese año. Las simpatías que despertó por todos lados, trajeron como consecuencia su arresto por parte de las autoridades el 6 de junio y su confinamiento en el Penal de San Luis Potosí.

Con uno de los candidatos tras las rejas, las Elecciones se llevaron a cabo tal y como estaban programadas, el 10 de Julio de 1910. Desde luego, los resultados fueron los mismos de los últimos treinta años, mayoría indiscutible a favor del candidato oficial, Porfirio Díaz Mori; es decir, 196 votos para Madero y 18,625 para el señor General.

Hay triunfos que traen aparejadas derrotas, y eso fue la última victoria de Porfirio Díaz, porque la Sociedad, sobre todo las clases medias, ya no se tragaban el cuento de la democracia orquestada desde Chapultepec. Debemos considerar que el interés y aun el fervor por la democracia se venía incrementando desde diversos frentes. Uno de ellos era la propia Doctrina Social Cristiana lanzada por el Papa León XIII, y divulgada en México en todas las Diócesis por medios muy diversos e impactantes. De igual manera, el esfuerzo de innumerables pensadores de la época les hacía coincidir en el triunfo de una auténtica democracia como condición sin la cual no sería posible elevar las condiciones sociales, económicas y políticas de la población.

Desde luego, el régimen porfirista se había cerrado a toda posibilidad de renovación o de cambio, cegado como estaba por la llamada gerontocracia del Gabinete, que hacía ver a don Porfirio un México feliz, donde todo problema tenía solución; razón por la cual el pueblo seguía votando por él.

Por cierto, a cien años de estos hechos, nuevamente se advierte el deterioro de la democracia desde diversos ángulos, así como la necesidad de una verdadera y profunda reforma, sólo que ahora no es la gerontocracia del Gabinete la que impide los cambios, sino la corrupción y decadencia de los partidos políticos y el modo en que se adueñan de la Nación a través de los Congresos.

Ramón López Velarde, maderista

Con justa razón -aunque Octavio Paz no está de acuerdo- se le adjudica al abogado, político, periodista y por encima de todo, poeta eximio, Ramón López Velarde (Jerez, 1888 – Ciudad de México, 1921) el título de primer poeta de la Revolución Mexicana, pues no obstante su juventud, desde marzo de 1910, al inicio del Movimiento, fue, como él mismo lo confiesa, adicto al maderismo y a sus postulados de reforma política.

Tal vez el reproche de Paz surja de la inequívoca cepa católica que nunca negó López Velarde, absorbida tanto en la vida familiar como en la instrucción que recibió en los Seminarios Conciliares de Aguascalientes, donde tuvo por condiscípulos a dos hombres de letras: el publicista y político Eduardo J. Correa y el presbítero Amando J. de Alba, uno y otro muy importantes para entender la obra del jerezano en los años venideros. Pero su ‘falta’ más grave, si se insiste en llamarla así, fue su activa participación en el Partido Católico Nacional, organismo político al que en 1916 sus adversarios, no contentos con hacerlo añicos en términos jurídicos -un párrafo del Artículo 130º de la flamante Constitución de Querétaro-, se empeñaron en desprestigiar, pese a tener la primicia, en la incipiente democracia surgida al calor de la intrepidez de Madero, de haber sido el primer partido político en adherirse a la candidatura del Caudillo de Coahuila.

Del sambenito de reaccionario que pudo recaer sobre López Velarde lo salvó su juventud y talento literario y el haberse establecido en 1914 en la Capital de la República, luego de un corto ejercicio como Juez en el Partido Judicial de El Venado, San Luis Potosí.

Si bien la militancia revolucionaria del poeta jerezano no alcanza el radicalismo que le dio al término la filosofía marxista, tampoco se reduce al mero reformismo que con tanto denuedo critica esta misma escuela del pensamiento. Entre la mera reforma que se reduce a maquillar el estado de la cuestión sin modificarla en su base, y la Revolución, que recurre a la violencia, existe una forma intermedia: la transformación parcial, que aspira a transmutar radicalmente un sistema político como respuesta a las interpelaciones de los excluidos, y ésta fue la fórmula elegida por López Velarde: anteponer la razón y la argumentación al fuego de fusilería y a los baños de sangre.

El desencanto que sufrió después del fracaso de la Convención de Aguascalientes lo llenó de escepticismo. Debió ganarse la vida a duras penas desempeñando ínfimos puestos burocráticos y docentes, pero produjo, hasta su temprana muerte, a la edad de 33 años, centenares de colaboraciones publicadas en periódicos y revistas: ensayo, periodismo político y crónica, que le servirían de palestra para expresar de forma libre y diáfana, exquisita y sensible, su pensamiento.

Sin embargo, el monumento imperecedero que legó a la posteridad es su obra poética, siendo ‘La suave patria’ el mosaico de indescriptible belleza que dibuja, como ninguna otra pieza literaria hasta la fecha, el alma de México.A

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