De Hidalgo a Morelos
Publicado en web el 21 de Febrero, 2010
Comisión Editorial para el Bicentenario
Mientras que Miguel Hidalgo huía con Ignacio Allende y sus huestes hacia el Norte del Virreinato, se levantaba en el horizonte el liderazgo de José María Morelos y Pavón, Párroco de Carácuaro, del Obispado de Valladolid. Conocedor de los caminos del Sur por haber dedicado toda su juventud a la arriería, demostró éste muy pronto sus capacidades en un campo tan lejano como extraño a un arriero y después a un Párroco: el de la estrategia militar. Ya hemos visto que parte de esa estrategia exigió en Morelos una visión político-geográfica. En efecto, este líder advirtió con gran acierto que las plazas fuertes, manejables, y esenciales para asegurar la insurrección del Sur del Virreinato, exigían la toma de Oaxaca, de Acapulco, de Cuautla y de la misma Valladolid, con lo cual la Zona Sur del Pacífico quedaba asegurada para la Causa.
El descalabro de Hidalgo en el Puente de Calderón hacía perder de momento la plaza de Guadalajara y su acceso al Pacífico Norte, pero también toda la Zona del Bajío volvía a manos de los realistas, se consolidaba la situación de la Ciudad de México y se mantenía franco el paso Puebla-Veracruz, si bien de momento parecía que la ruta Aguascalientes-Texas se mantenía bajo poder insurgente. Contando con esos elementos, Morelos proseguía su proyecto, pese a los altibajos que le supuso la toma del Puerto de Acapulco.
En tanto, la percepción social de los habitantes del Virreinato no se había modificado masivamente en favor de la causa insurgente, ni entre los criollos ni mucho menos entre los peninsulares o las mismas comunidades indígenas o mestizas. Pervivía en algunos sectores de la población la idea de que este Movimiento se hacía a favor del Rey de España, cautivo de los franceses, pues así lo habían dado a entender tanto Hidalgo como Morelos; pero ya los grupos peninsulares de la capital virreinal, principalmente, habían advertido que en el fondo lo que se buscaba era la Independencia, asunto que de ningún modo aprobaban, fuera por su origen español o por sus intereses económicos.
Juan Gallaga, Fraile Juanino
Aunque las crónicas abundan en datos sobre un religioso lego de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, que fue de los primeros en tomar las armas en pro de la Independencia de la Nueva Galicia, muy contados son los que lo recuerdan.
No será ajeno a eso el carácter entre pintoresco y excéntrico del personaje, pero sus méritos en campaña no se le pueden negar; el primero de todos, haber tomado, en 1811, al frente de tres mil alzados, casi todos de caballería, la importante plaza de Zapotlán el Grande.
Dicen que en ese lugar se hizo llamar ‘Príncipe, y lo era, pues qué tal serían sus huestes, que para desmantelarlas fue necesaria la intervención del mismísimo Brigadier Pedro Celestino Negrete, al cual, por esas ironías de la vida, le correspondió proclamar la Independencia del Occidente de lo que hoy es México, el 13 de junio de 1821, justamente en San Pedro Tlaquepaque.
El enfrentamiento con Gallaga tuvo lugar el 6 de mayo de 1811 en Los Cerritos, páramo situado en las goteras de Zapotlán, donde inflingió al cabecilla una cruel derrota, disolvió a su gente e incautaron sus armas. Gallaga salvó la vida, gracias a su brioso corcel y a su destreza como jinete, huyendo a La Barca, donde se puso al amparo del señor Cura y también caudillo insurgente don José María Ramos. A la vuelta de dos semanas, el día 29, Negrete los enfrentó, causándoles daños irreversibles.
En los meses siguientes, la suerte volvió a sonreírle a Fray Juan, quien al lado del cabecilla Ignacio Sandoval y una tropa de cinco mil guerrilleros, tomaron Colima, ocupando las fortificaciones construidas nada menos que por los defensores de la hegemonía hispana.
El 21 de agosto los enfrentaron los oficiales Manuel del Río y Ángel Linares. Aplastados cruelmente, Gallaga pudo aún llegar a Tomatlán con cincuenta de los suyos, famélicos y peor armados; a poco, llegaron al poblado Sandoval y setenta sobrevivientes con mejores pertrechos. Con ínfulas que no venían al caso, Sandoval exigió a Gallaga evacuar Tomatlán, pero el lego, indignado, lo desafió.
Esa fue la causa para que, al cabo de pocas horas, luego de un incidente penoso, el más fuerte dispusiera del más débil. A pesar de encontrarse mal herido, dispuso que Gallaga fuera pasado por las armas en un acto público, en la plaza, frente a la iglesia parroquial. La inminencia del fin no menguó su valor y su fe, recibiendo la muerte con el nombre de Dios en los labios. En atención a sus hábitos, los lugareños le dieron cristiana sepultura en el interior del templo.
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