Debemos educar la conciencia
Publicado en web el 28 de Febrero, 2010Muy estimados lectores:
Hemos entrado a la primera semana de la Cuaresma y la Iglesia nos exhorta constantemente a la penitencia, una palabra que debe sonar extraña para muchos; rara e inadmisible a los oídos actuales.
Primero, porque la Sociedad es, en su mayoría, hedonista; esto es, todo está orientado hacia el placer y el gozo. Muchos creen que la finalidad de la vida consiste en disfrutar de todos los placeres, y que no hay que dejar ninguno, lícito o ilícito, sin apurar.
La segunda razón es que se ha perdido mucho el sentido del pecado; abunda cualquier género de transgresiones contra todos los Mandamientos de la Ley de Dios: Hay quienes mienten, roban, fornican, cometen adulterio, se embriagan, persiguen inocentes, calumnian, y no tienen conciencia de culpa, pues preguntan: ¿Culpable yo?, ¿de qué?
Y cuando alguno, de esos que tienen muchos años alejados de Dios y de la Iglesia, recibe el consejo de que se confiese, afirma: ¿Para qué?, si yo soy bueno, nunca he robado ni matado a nadie. Mas yo pienso que quizá no haya matado a alguien con una arma, pero sí habrá matado a muchos de hambre, de dolor, de injusticia, de sufrimiento con sus malos tratos, inclusive a los miembros de su propia familia. Tampoco ha robado, pues no ha asaltado un banco, un comercio, una casa o a un transeúnte, pero, ¿a cuántos habrá engañado en sus negocios?; y si es funcionario público, ¿cuánto dinero del pueblo se habrá echado a la bolsa? Y así por el estilo.
Pero, volviendo al tema de la penitencia, quiero decirles que, aunque Cristo Nuestro Señor pasó 40 días haciendo penitencia en el desierto, ayunando a pan y agua, Él no nos mandó que hiciéramos algo semejante, pues no le dio mucha importancia a la penitencia corporal, como lo hace también hoy la Iglesia, ya que apenas si tiene como preceptos cuaresmales dos ayunos y la abstinencia de carnes el Miércoles de Ceniza y los viernes de este tiempo, nada más, si bien hay quienes, teniendo conciencia de sus pecados, mortifican su cuerpo con otras penitencias voluntarias.
Lo esencial que pide el Señor a sus seguidores ya estaba escrito por el Profeta Isaías, al afirmar: De parte de Dios, el ayuno que yo quiero que hagas es que no maltrates a tu hermano, que no lo calumnies, que no lo explotes, que no lo robes, que hagas caridad con el huérfano y la viuda (dos categorías empleadas para significar a los más pobres de los pobres); esa es la penitencia que yo quiero.
Y, por su parte, Jesucristo Nuestro Señor, al hablar de los alimentos que el pueblo de Israel tenía clasificados como puros e impuros, señalaría categórico: No es lo que entra por la boca lo que puede dañar al hombre, sino lo que sale de su corazón es lo que lo mancha. Y, en efecto, es del interior de donde proceden los perjurios, blasfemias y maldiciones, la lujuria, el homicidio, el odio, la calumnias, la injusticia y todos los demás pecados que manchan el alma humana.
Por eso el Señor exige una pureza de corazón, una pureza interior grande, que no sólo prohibe matar, sino también albergar sentimientos de odio; no sólo exige no fornicar o adulterar, sino tampoco mirar con ojos de deseo a una mujer; son éstas palabras de Dios, citadas en el Evangelio de San Mateo.
Ahora bien, esa penitencia interior que quiere Dios Nuestro Señor, tiene dos direcciones fundamentales: una, es el cumplimiento cabal del deber, cualquiera que sea nuestro estado; un cumplimiento que exige dominio propio y mucho esfuerzo, y que por eso mismo significa una penitencia mayor que cualquier otra mortificación corporal. La otra, es la penitencia que conduce al dominio de las pasiones y sometimiento de los bajos instintos; éstos son los tipos de penitencia que sí agradan a Dios y que, además, poseen un valor y resonancia muy amplia en el ámbito de la Sociedad, porque con ello se evita causar dolor, perjuicio o cometer injusticias con nuestros hermanos. Les reitero, pues, que ahora que estamos en plena Cuaresma, cada quien entienda y tome su parte que le corresponde en cuanto al verdadero valor y trascendencia de la penitencia, y que vea, delante de Dios, qué es lo que Él le pide, y sepa aprovechar la oportunidad que le ofrece para reconciliarse, enderezar sus pasos y encaminarse hacia su bien y salvación.
Que Dios los bendiga.
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