12 de septiembre de 2010
Año XII
No. 710
| Palabra del Pastor | Edición:

Derecho Natural y mandato divino

Publicado en web el 7 de Febrero, 2010

Muy estimados lectores: Se ha recrudecido últimamente una agria polémica entre políticos, comunicadores y ciudadanos en general, no sólo en el Distrito Federal, sino también en otras partes de la República, en torno a asuntos referentes a la familia y el respeto a la vida, y de esa discusión muchos han querido excluir a la Iglesia, aduciendo que no tiene derecho a opinar, puesto que defender la familia, defender la vida, oponerse al aborto, al divorcio, a las uniones de personas del mismo sexo, etc., son asuntos legales del Estado, y no de índole religiosa.
Yo creo que en el único terreno donde podemos entendernos la Iglesia y el Estado es en el terreno de la Ley Natural; esa Ley que está inscrita en las cosas mismas.
Sabemos que todo lo creado lleva en su estructura una finalidad, un para qué; y así como las branquias de los peces son para poder respirar bajo el agua, los pulmones del ser humano lo son para respirar en el aire, de la misma manera que las diferentes estructuras anatómicas del hombre y de la mujer están hechas para cumplir funciones específicas.
Esa Ley Natural que rige el orden del Universo es un reflejo de la ley eterna, que está en la mente de Dios, del Creador, que pensó las cosas, las hizo hermosas, asombrosamente complicadas, pero a la vez aptas para cumplir con exactitud pasmosa su finalidad y función. Por ende, acatar esa Ley Natural es, de alguna manera, unirse a la voluntad del Creador.
Desde el tiempo de los romanos, el Derecho se fundó en esas leyes naturales, que como tales, obligan a todo ser humano a cumplirlas, y en particular obligan al Estado, cuyas disposiciones emitidas al arbitrio del individuo, no pueden contradecir la Ley Natural. De igual manera, obliga a la Iglesia y a sus miembros; de ahí que la defendamos, porque forma parte esencial de todo ser humano llamado a la salvación eterna.
Desgraciadamente, en estos tiempos modernos, por influencia sobre todo de los filósofos ingleses, se ha alentado el positivismo y sus consecuencias, que llevan a afirmar que las leyes deben aplicarse mediante un consenso de la mayoría, sin reflexionar que muchas veces esa mayoría puede estar equivocada.
Ese positivismo, si se asume de manera absolutista, puede conducir a las naciones a hechos muy lamentables, pues implica romper cualquier freno impuesto por la Ley Natural. Y así, un buen día, por ejemplo, los ciudadanos pueden ponerse de acuerdo en que hay que dar muerte a los ancianos por ser una carga social improductiva; y, como esto es fruto del consenso de una mayoría, pues hay que aplicarla y se les extermina.
También puede aprobarse, por mayoría, en un país como el nuestro, donde abunda la mentira, que ésta es una virtud; o que calumniar al prójimo, incluso a través de los Medios de Comunicación, tal como decretaron los legisladores capitalinos, no constituye delito alguno.
De seguir así, un día se aprobará, por mayoría, que robar no es crimen ni pecado; que es lícito fornicar, cometer adulterio, etc.
Por eso, insisto en que el acatamiento de la Ley Natural es y será siempre el único campo de encuentro para que establezcamos cualquier diálogo; si una de las partes niega esa Ley Natural, entonces seguirán las disputas, oposiciones y agresiones entre lo que se considera la irreductible separación entre el Estado laico y la Iglesia, a la cual se le quiere impedir el ejercicio de la libertad de expresión porque algunos consideran que se inmiscuye en asuntos de Estado, cuando en realidad lo que la Iglesia defiende es a la familia constituida y fundada en el amor de una pareja: hombre y mujer, así como también defiende la vida, que aun en el seno de una madre es sagrada; todo eso en apego a las leyes naturales, que son ciertamente de origen divino, aunque no de Revelación.
Porque, en efecto, la Iglesia, aparte de acatar la Ley Natural, tiene sus propios preceptos revelados, que se llaman positivos; por ejemplo, el que para entrar al Cielo sea necesario el Bautismo; si la Iglesia exigiera al Estado implantar la obligación de bautizar a todo ciudadano, entonces sí estaría mezclando religiosidad y laicismo.
Mas no está haciendo eso, sino defendiendo las leyes de la Creación, aquellas que atañen a la Naturaleza misma del ser humano; aquellas que los legisladores deberían tener en consideración antes de emitir sus decretos apoyados en un positivismo que obtiene su consenso mayoritario de una masa de individuos manipulados, o guiada por intereses, corrompida por los vicios, y a la cual le otorgan el derecho de opinar sobre cualquier cosa que se le ocurra, y después imponer esa opinión como una ley generalizada y cuya aplicación puede significar un peligro y sufrimiento para todos.
Que Dios nos ayude y nos bendiga.

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