Desgastado en el servicio al prójimo
Publicado en web el 28 de Febrero, 2010Con 48 años de servicio a la comunidad parroquial en Huentitán el Alto, y 58 desde su Ordenación Sacerdotal, el “Padre Pelayo”, como le conocen sus parroquianos, es un ejemplo de sacerdote fiel y entregado
Mónica Livier Alcalá Gómez
“Con la juventud a cuestas, la sotana negra al hombro y la vestidura que marcaba entonces la ortodoxia: pantalón negro, camisa blanca, zapatos negros y boleados, pero con un espíritu libre y limpio, descendía el Padre Pelayo al fondo de la Barranca. Mas, a mitad del camino, tanto para llegar más rápido o por experimentar la emoción de la aventura, elige una piedra laja adecuada, la coloca sobre uno de los rieles del “malacate” o furgón de cable que bajaba la empinada pendiente, cubre la roca con un montón de hierbas que sirven de asiento, y así se lanza a gran velocidad, tal como solían hacerlo los más osados “barranqueños”, equilibrando su cuerpo con los brazos extendidos y tratando de frenar la mortal caída, con la suela de los zapatos. Así fue captado por la lente de la cámara del entonces seminarista Jesús Guerrero Santos, en uno de sus tantos viajes, “El Padre de Huentitán”.
Cuentan que, a pesar de la aparente serenidad del imponente lugar, entre los habitantes de Huentitán existían, de tiempo atrás, problemas por tierras y una irreconciliable enemistad entre los moradores de Huentitán el Bajo y Huentitán el Alto. A ese lugar fue destinado el Padre Pelayo como Capellán en el año de 1962.
Algo de sí mismo…
Fausto René Pelayo Valera nació en San Miguel Ayutla, Jalisco, en la casa ubicada por la calle Zaragoza, el 17 de febrero de 1928. Fue hijo de don Gregorio (a quien, por cierto, bautizó el señor Cura, y ahora Santo, Román Adame, Mártir de Cristo), y doña Lupe, quienes lo llevaron a cristianizar el 23 de junio de ese mismo año.
Sería el tercero de 12 hijos; niño robusto e inquieto, al que le gustaba trepar árboles, sacar las lechuzas del templo y bañarse con sus amigos en el Río Chiquito y en el Charco del Ahogado. Esto, claro está, en sus ratos libres, pues la mayor parte del tiempo la dedicaba a los deberes de todo hogar campesino: sembrar y pastorear animales, sin descuidar su instrucción en la pequeña escuela del pueblo.
La familia vivía con limitaciones económicas, pero en un ambiente de mucha piedad y fervor; tanto así, que de allí surgieron tres vocaciones al sacerdocio. La vocación del pequeño Fausto la moldeó el Párroco del lugar, el Padre Manuel Miranda Rodríguez, quien seleccionó a un grupo de ocho muchachos para enviarlos a estudiar al Seminario de Guadalajara.
El Seminario, tiempo de retos
Al grupo de chiquillos ayutlenses los recibió en el Seminario el Padre Jesús Medina; era un grupo inseparable, que se distinguía por acudir juntos prácticamente a todos lados; unidad que, sin duda, sirvió para consolidar y apoyarse en el camino al sacerdocio.
“Con amor y temblor, el Padre Fausto recuerda la figura de Monseñor José Ruiz Medrano, de quien recibió severas reprimendas por no ser muy dotado parav las rimas y la métrica de la poesía, pasión de este cultísimo hombre”. Sin embargo, logró salir avante de ese reto y, no sin obstáculos, llegó a la Facultad de Teología bajo la custodia del Padre José Salazar López, Maestro, Rector, y después Arzobispo de Guadalajara y Cardenal de la Santa Iglesia.
En aquellos tiempos, a pesar de su fracaso con las letras, con los números parecía llevarse mucho mejor, por lo cual fue llamado a apoyar las labores del Padre Antonio Chávez Carvajal en la Economía del Seminario: “El Padre Rector, José Salazar, le preguntó: ¿No le tienes miedo a las mujeres? –No, señor, ¿por qué?, -Porque quiero que ayudes en la cocina, y que apoyes a José Luis Razo”.
Así comenzó el joven seminarista una labor que continuaría hasta después de su ordenación, ya que fue precisamente el Seminario su primer destino.
Sacerdote para siempre
“Con impecable ornamento, el alba tejida a mano por doña Lupe, los nervios de punta y el corazón rebosante, entró a la Catedral el 1º de noviembre de 1952, junto con otros 36 compañeros”. Y con la imposición de las manos del Arzobispo tapatío y primer Cardenal mexicano, Don José Garibi Rivera, salió del recinto sacro convertido en sacerdote.
Su Cantamisa fue el 4 de noviembre en su pueblo natal, y poco después recibió con sorpresa y humildad su primer nombramiento como Ecónomo, además de la atención espiritual a las Siervas de Jesús Sacramentado. Allí permaneció hasta 1972, con el recuerdo gratísimo de muchas generaciones de seminaristas porque se las ingeniaba para conseguir alimento adicional y mejor, así como fruta y golosinas.
Un hombre de trabajo
Ahora, han sido abundantes los testimonios positivos que ha dejado en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Huentitán el Alto, donde no sólo edificó templos y edificios, sino que formó comunidades.
Su ministerio ahí se ha caracterizado por el impulso a la devoción a la Virgen María en su advocación de Nuestra Señora del Refugio. También fruto de su fervor mariano fue la coronación que el Cardenal José Salazar López realizara a Nuestra Señora de Guadalupe el 7 de diciembre de 1986.
La caridad con los más desvalidos ha sido otra constante de su vida sacerdotal, organizando desde el inicio de su ministerio en Huentitán diversas acciones, como el Día de la Caridad, así como Posadas y otros acontecimientos en favor de los más desposeídos. En 1994 concluyó la construcción de un comedor parroquial, que hoy en día atiende a alrededor de 100 personas. Además, fundó una funcional Guardería para beneficio de tantas mamás que salen diariamente a trabajar, y que atiende, con alimentación, educación y catequesis, a más de 100 pequeñines.
“Hablar del Padre Pelayo es hablar de la historia de nuestra vida… Es una persona que no sabe de lo mundano, porque Dios lo escogió para ser guía y padre de un pueblo marginado, de gente que lo queremos porque conoció a nuestros abuelos, a nuestros padres, a nosotros, a nuestros hijos, y porque ha sido partícipe de todos los acontecimientos importante de nuestra vida y porque… es el Padre Pelayo” (Sra. Norma Angélica Ruiz Olmedo).
Fuente:”De la Barranca al Cielo. Vida del Padre Pelayo”, por el Pbro. Sergio Reyes Chiquito.
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