Después del triste Combate de Calderón
Publicado en web el 7 de Febrero, 2010
Comisión Editorial para el Bicentenario
La del Puente de Calderón, cerca de Zapotlanejo, fue la batalla que puso fin a las ansias de independencia de cada vez más habitantes de la Nueva España, pero también fue la derrota que profundizó la crisis que venía gestándose desde el principio entre los líderes insurgentes, particularmente entre el Cura Miguel Hidalgo e Ignacio Allende.
Estas disensiones se debían a un punto fundamental: la mayor parte de los adalides insurrectos no estaba de acuerdo con las estrategias de don Miguel Hidalgo, y la misma derrota de Puente de Calderón les daba la razón, pues si bien la batalla había estado más al mando de Allende que del ex Párroco de Dolores, se había realizado con el ejército de Hidalgo; es decir, con el cúmulo de seguidores indisciplinados con que contaba, incapaces de sujetarse a un régimen militar.
Ante el tremendo revés que sufrieron, decidieron escapar cada cual por su cuenta, y con mutuas desconfianzas. Allende, especialmente, pensaba que Hidalgo huía con las cuantiosas sumas que llevaba en metálico, buscando ponerse a salvo por el Puerto de San Blas, o tal vez refugiándose en Estados Unidos, a donde ambos habían enviado ya delegados. Del modo que hubiere sido, los líderes en huída coincidieron en su paso por Aguascalientes, pues habiendo tenido noticias de que la Causa prosperaba en el Norte del Virreinato, creyeron tener franco el escape hacia la vecina nación.
Fue en ese encuentro difícil y casi violento donde Hidalgo fue despojado de sus cargos, y aunque algunos autores afirman que en delante viajaría en calidad de preso, lo cierto es que el pionero de la lucha siguió el derrotero insurgente en condiciones de libertad y como líder moral del Movimiento, con rumbo a Saltillo.
El canónigo José María Alcalá
Sin haber tomado las armas, este intelectual novohispano, uno de los más brillantes y reconocidos de su tiempo, además de osado, nunca negó sus convicciones libertarias, y por ellas sufrió acoso y destierro.
Nativo de Acámbaro, donde nació en 1757, estudió Retórica y Filosofía en el Seminario de Valladolid y alcanzó, en mayo de 1775, el Título de Bachiller en Artes por la Universidad de México, y ocho años más tarde el Doctorado en Teología, dedicando muchos años de su vida a la enseñanza en tan prestigiosa alma mater.
Siendo Canónigo Magistral de la Iglesia Metropolitana michoacana, su simpatía por la Causa de la Insurgencia, y ciertos actos de hostilidad al Gobierno, le granjearon de su Prelado, don Antonio Bergosa y Jordán, un proceso canónico que comenzó en abril de 1813, merced al cual podemos tomarle el pulso a una de las posturas que menudeaban entre el Clero de estas latitudes.
Los cargos en contra de Alcalá son un prontuario de la aguerrida y extrema oposición que se granjeó el trono español de sus súbditos de allende los mares. Helos aquí: Haber mostrado su desdén a los militares realistas atendidos en el Hospital de San Andrés, del que Alcalá era Intendente; expresar en público su desagrado por el Bando del 25-06-1812 en contra de los eclesiásticos alzados en armas; haberse declarado a favor de la excomunión del Virrey y de los oidores; mantener una actitud benévola a la insurrección y cartearse con José María Morelos; también, que siendo Diputado por la Parroquia de El Sagrario, se opuso tenazmente a que los representantes a las Cortes de Cádiz por la Ciudad de México y los miembros de su Ayuntamiento, fueran europeos.
Fue, asimismo, uno de los conjurados de la conspiración de Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín, la cual maquinó, sin éxito, aprehender al Virrey Francisco Javier Venegas de Saavedra y apoderarse del Gobierno General para constituir una Junta Suprema Nacional del Reino.
Al desenhebrar dicha conspiración, las autoridades virreinales, en especial el Fiscal de la Causa, el Coronel Vicente Ruiz, consideraron prudente sobreseer el juicio, debido a la participación de “un sinnúmero de personas de las principales clases del Estado”.
Electo Diputado a las Cortes de España, el Virrey Félix María Calleja se aseguró de remitir a sus superiores pésimas referencias del Canónigo Alcalá, al que calificó de ‘faccioso’ y ‘pernicioso’, diciendo de él, además, que pretendía, desde su representación, “usar de la soberanía en la Metrópoli para preparar y acelerar la ruina de Las Américas”.
La animadversión de Calleja fue la ruina del Canónigo Alcalá, quien, casi sexagenario, ya no pudo regresar a México, viéndose obligado a residir en Madrid, donde las penas consumieron su vida en pocos meses. Murió a fines de 1819.
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