Francisco Orozco y Jiménez, ínclito Pastor
Publicado en web el 14 de Febrero, 2010Numerosos historiadores, cronistas y hagiógrafos han dedicado libros y reseñas biográficas a quien fuera el quinto Arzobispo de Guadalajara, michoacano de origen, y de una gran obra pastoral en tierras chiapanecas y jaliscienses. Aunque con algunas dilaciones, su Causa de Beatificación sigue en Proceso Diocesano
José de Jesús Parada Tovar
Damos paso a algunos apuntes del Periodista Liberato Rosales Barreto, consignados en su Libro “Historias del Santoral”:
“Agotada su vida por la tarea ingente que realizó en defensa de la Iglesia tapatía, murió santamente, en esta Ciudad de Guadalajara, el gran Arzobispo, Doctor y Maestro, Don Francisco Orozco y Jiménez, el 18 de febrero de 1936. Nació en Zamora el 19 de noviembre de 1864. A los nueve años fue enviado a Jacona, al cargo educacional del Padre Antonio Plancarte Labasida (con el tiempo, Abad de la Basílica Nacional de Santa María de Guadalupe), y fue mandado luego a Roma, donde estudió Latín, Filosofía, Letras, Teología, Derecho Canónico y, en 1887, a los 23 años de edad, fue ordenado sacerdote”.
Tras numerosos cargos desempeñados en la porción zamorana y en el Distrito Federal con ejemplar celo sacerdotal y apostólico, el 15 de agosto de 1902, en la Insigne Basílica de Guadalupe fue consagrado Obispo por el Arzobispo de México, Don Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera, y se le destinó a la Diócesis de Chiapas, con sede en San Cristóbal Las Casas.
Tiempos harto difíciles
El Periodista Luis Sandoval Godoy, también Escritor y Cronista, refiere que, si con innegables merecimientos se habla de la vida y la obra de Fray Bartolomé de Las Casas en esa intrincada región en favor de los indios de su tiempo, ciertamente se le adeuda un amplio reconocimiento a la labor de Monseñor Orozco entre 1902 y 1912 en aquellos lugares. Y no únicamente en el primordial campo de la evangelización, el culto, la promoción y formación de las vocaciones consagradas, sino en la ardua tarea social, asistencial y de desarrollo de muy relegadas comunidades, por la vía de la educación, la salud, la construcción de caminos y la introducción de servicios entonces desconocidos allá como la luz, el agua y el drenaje.
Precisamente por avalar el progreso integral de las etnias asentadas en su jurisdicción, y tomando en cuenta aquellos tiempos de agrias relaciones con el Estado, de manera despectiva, el Gobierno le endilgó el mote de “El Obispo Chamula”. En cambio, la Santa Sede, con el beneplácito del Episcopado Mexicano, lo premió transfiriéndolo como Residencial de la Arquidiócesis de Guadalajara, en reemplazo de su difunto antecesor y paisano michoacano, Mons. José de Jesús Ortiz y Rodríguez.
No obstante la época azarosa nacional post-revolucionaria, el egregio Prelado hizo triunfal entrada a la Capital de Jalisco el 9 de febrero de 1913… Le aguardaban ardorosas pruebas. Entre las más punzantes: calumnias y descréditos; cinco destierros que le dolieron en el alma por tener qué abandonar a su grey (si bien casi siempre se las ingenió para reingresar a hurtadillas); y, sobre todo, la incomprensión y desacuerdo de algunos de sus hermanos Obispos mexicanos en cuanto a la interpretación y resolución del conflicto cristero.
Abnegado e incansable en su misión
Pese a las continuas adversidades de los tiempos aciagos, el Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez nunca descuidó la atención y formación de los seminaristas, a muchos de los cuales envió a cursar estudios superiores a España e Italia. A los de aquí, los visitaba y alentaba en domicilios anónimos. Fomentó grandemente la devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe y también a la advocación de Nuestra Señora de Zapopan. Al primer Santo mexicano canonizado, Felipe de Jesús, le mandó construir un templo en su sitio de martirio: Nagasaki, Japón, y otro en el Sector Libertad de Guadalajara.
Un hecho particularmente honorífico e inédito ocurrió el 12 de diciembre de 1933 en Roma. El Papa Pío XI asistió a la Solemne Misa, en la Basílica de San Pedro, acompañado de Cardenales, Arzobispos y Obispos (no había entonces Concelebraciones), que presidía el Arzobispo de Guadalajara en honor de Santa María de Guadalupe, declarada Patrona de América Latina y las Islas Filipinas.
Durante el Movimiento Cristero, no dejó de recorrer su territorio, escondiéndose de sus enemigos, pero haciéndose presente entre sus fieles y los sacerdotes que habían permanecido con su rebaño. Escribió y difundió numerosas Cartas Pastorales llenas de doctrina y también de valentía. En el campo de la Acción Social, organizó Congresos de Trabajadores para el estudio y aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia. Según lo permitieron las circunstancias, erigió varias decenas de Parroquias.
Elogio póstumo
Después de las honras fúnebres en la Catedral Metropolitana, encabezadas por el Arzobispo Coadjutor José Garibi Rivera, el cadáver de Mons. Orozco fue sepultado en el Panteón de Santa Paula o de Belén, en la cripta de la Familia Garibi. Sin embargo, según asienta también el historiador José Ignacio Dávila Garibi, fue reinhumado en la Capilla del Santísimo Sacramento, de la Catedral tapatía, el 18 de febrero de 1942, en cuyo sitio se le erigió un bello monumento, obra de arte del escultor italiano Ponzanelli, y que representa a un león herido de muerte.
El célebre Canónigo y Monseñor José Ruiz Medrano le dedicó estas letras póstumas:
Al pie de la encina paternal
“Bajo las ramas de la encina se congregó el pueblo heroico y sufrido; y a su sombra se sintió más fuerte, inconmovible. Sobre las bocas doloridas los costados de la encina, como la encina virgiliana, virtieron mieles como gotas de rocío; y si las fauces del malvado alguna vez quisieron hozarla, percibieron la amargura de las bellotas.
Las tormentas no hicieron sino lavar su ramaje. De los vendavales, el árbol venerando sólo conservó la fuerza luchadora, sus raíces más hincadas y el corazón más henchido de savia.
Cinco veces las hachas de Satán hendieron sus costados, y cinco veces manaron misericordiosamente la sangre del amor y el agua del perdón.
La encina septenaria, cicatrizada de amor y de suplicio, cayó sobre la tierra estremecida… El pueblo Macabeo en vano riega con sus lágrimas el árbol bendecido. Al llevarlo a enterrar, la grey ha sentido sobre sus hombros el dulce y formidable peso de la encina protectora.
Todos pensaban que de ella, mejor que ‘desgajar lanzas’, habría que forjar una cruz enhiesta y amplia para clavarla en la roca más alta de la Patria; y allí, que sus brazos sostuvieran el Reino de los Cielos y su sombra bendijera a las generaciones venideras de los buenos, y estigmatizara el eterno fango de los malos.
Al pie de la santa encina paternal depositamos esta Corona que tejieron las manos ensangrentadas de los hijos”.
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